La verdad revelada

La Iglesia católica en nuestro ámbito, aunque es extensible a las demás iglesias cristianas, es una institución que conserva una notable influencia en nuestra sociedad —a pesar de que la mayoría de sus templos suelen estar muy vacíos y de que casi nadie, ni aun sus fieles, sigue las directrices oficiales en materia de moral— y sus actuaciones repercuten tanto entre los creyentes católicos, o de cualquier otra religión, como entre los ciudadanos manifiestamente ateos

Lo que es, dice o hace la Iglesia católica, por tanto, nos incumbe en alguna medida a todos, ya que resulta imposible sustraerse a su influjo cultural tras casi dos milenios de predominio absoluto de su espíritu y sus dogmas en el proceso de conformación de mentes, conciencias, costumbres, valores y hasta legislaciones.

Si nos detenemos a pensar, nos daremos cuenta de que no sólo tenemos una estructura mental cristiana o católica para ser creyentes, sino que también la tenemos para practicar otra religión no judeocristiana, y sólo podemos hacerlo desde la plataforma que nos lo hizo conocer, por eso el neopaganismo de nuestro entorno cultural está, básicamente, influenciado por el monoteísmo. Nuestro vocabulario cotidiano, así como nuestro refranero, supura cristianismo y catolicismo por todas partes. La forma de juzgar lo correcto y lo incorrecto parte inevitablemente de postulados cristianos o católicos. Los mecanismos básicos de nuestra culpabilidad existencial son un dramático fruto de la (de)formación católica (heredera, en este aspecto, de la dinámica psicológica judeocristiana).

La certidumbre en la que los cristianos dan un voluntario salto al vacío de la fe, asume la hipótesis creyente de que las Escrituras son «la palabra inspirada de Dios»; pero, desde este contexto, las conclusiones son aún más graves puesto que si la Biblia es palabra divina, tal como afirman los creyentes, resulta obvio que la Iglesia católica, al falsearla y contradecirla, traiciona tanto la voluntad del Dios Padre como la del Dios Hijo —a quienes dice seguir fielmente—, al tiempo que mantiene un engaño colosal que pervierte y desvía la fe y las obras de sus fieles.

Cuando se considera que los textos sagrados de una religión son verdades reveladas y no el resultado de la experiencia humana, se llega siempre a la misma encrucijada. Llega un momento en el que se encuentra una mancha en el texto: una falsedad, una incongruencia, un desatino. Algo que no se corresponde con la realidad auténtica. Y cuando llega ese momento, si el texto es una verdad revelada, entonces todo él queda en sí mismo invalidado.

Si fuese obra de la experiencia humana, podrías rescatar algunas cosas y condenar otras porque 𝘦𝘳𝘳𝘢𝘳𝘦 𝘩𝘶𝘮𝘢𝘯𝘶𝘮 𝘦𝘴𝘵, la equivocación de los hombres resulta natural y aceptable. Pero si el texto es una revelación divina, tienes que aceptarlo o rechazarlo de forma íntegra porque el dios Judeocristiano es infalible y no comete error alguno.

El creyente de una tradición revelada que ha llegado a esta encrucijada puede tratar de realizar malabares intelectuales para intentar justificar el error. Aludir a que el error está en la tergiversación humana del mensaje original o atribuir la equivocación a una cuestión de hermenéutica; lo que falla es la intermediación entre la revelación y los hombres. Pero si el error está en la tergiversación del mensaje original, ¿cómo distingues qué parte está tergiversada y cuál no? Y si el error reside en la interpretación del texto, ¿cómo sabes qué interpretación es la correcta y cuál no? ¿Quién tiene el criterio para decidir? Entrando así en el bucle infinito del error, la interpretación y la autoridad.

Por eso cuando un seguidor de una tradición revelada encuentra una mancha en la revelación, una mancha que poco a poco se va haciendo más grande, suele tomar tres caminos:

  1. se tapa los ojos y se enroca en la revelación volviéndose un fanático,
  2. cae en un profundo ateísmo.
  3. se decide por seguir una religión natural, pagana-politeista

Para los puntos 1 y 2 quizá sea esta la razón por la que los monoteísmos revelados han sido las religiones que irónicamente más fanáticos y ateos han producido en la historia. Ambos, hijos los dos del mismo padre, están encontrando en el mundo moderno el campo de batalla en el que combatirse el uno el otro hasta la aniquilación. Fanatismo y ateísmo, dos formas de ignorancia equidistantes del mismo centro, pero coincidentes en una cosa: ambas se llevan por delante aquel espíritu que en su búsqueda genuina de sabiduría y trascendencia nunca comulga ni con unos ni con otros.

La salida a la tercera vía es complicada, pues vivimos un mundo donde los valores tradicionales están radicalmente transmutados e invertidos. Es un continuo nadar contra corriente en este mundo decadente en descomposición, pero es la única vía donde el hombre actual puede volver a recuperar su esencia más íntima, para encontrar el verdadero sentido de la vida, pues esa es la gran pregunta a la que tenemos que contestar.

El Odinismo-Ásatrú no tiene ningún libro sagrado ni ninguna verdad revelada, solo pretende mostrar como es el mundo donde ha nacido el hombre. Odín y los demás Dioses siempre han estado presentes en la naturaleza, solo hay que volver a observarla con cariño para encontrarlos.

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