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	<title>Comunidad Odinista de España-Ásatrú</title>
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	<description>Odinismo-Ásatrú para el mundo actual</description>
	<lastBuildDate>Mon, 20 Jul 2026 15:46:34 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Comunidad Odinista de España-Ásatrú</title>
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		<title>Aceptar la muerte para vivir plenamente en Odín</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2026 15:36:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>I.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La muerte en la tradición germánica</p>



<p>Para comprender la concepción germánica de la muerte es necesario situarse en el contexto de una sociedad profundamente distinta de la actual. Los antiguos pueblos germánicos vivían en un mundo marcado por la guerra, las incursiones, las enfermedades y una elevada mortalidad. La supervivencia de la familia y del clan dependía, en gran medida, del valor de sus guerreros. En ese entorno, el coraje no era una virtud excepcional, sino una necesidad para la propia continuidad de la comunidad.</p>



<p>La muerte formaba parte de la experiencia cotidiana y era aceptada como una realidad inevitable. Lo verdaderamente importante no era evitarla, sino la manera en que se afrontaba. Morir con valentía significaba haber permanecido fiel al honor, al deber y al compromiso con los propios. La cobardía, en cambio, suponía una deshonra que trascendía la propia vida.</p>



<p>Dentro de esta cosmovisión, la guerra adquiría también un significado religioso. La muerte heroica representaba la culminación de una existencia dedicada al honor y convertía al guerrero en digno de ser conducido por las valquirias al Valhǫll, mientras que quienes morían de muerte natural eran destinados a Hel, el reino de los muertos. Más allá de la interpretación literal de estos destinos, ambos reflejan la enorme importancia que la cultura germánica otorgaba a la forma de vivir y de afrontar la muerte.</p>



<p>Así, el ideal del guerrero no consistía en buscar la muerte, sino en no permitir que el miedo a morir condicionara su conducta. La valentía era entendida como la capacidad de cumplir con el propio deber incluso cuando el desenlace podía ser fatal. Esa actitud constituye uno de los rasgos más característicos de la ética germánica y explica por qué la muerte heroica ocupó un lugar central en su imaginario religioso.</p>



<p>II.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La muerte en el mundo moderno</p>



<p>Nos encontramos ante una sociedad que, siendo inevitablemente mortal, vive de espaldas a la muerte. La cultura de la felicidad permanente exige apartar toda referencia a la finitud, hasta el punto de que la muerte ha dejado de asumirse como un fenómeno natural inherente a la existencia para convertirse en una realidad que se percibe como un fracaso. Esta visión no solo se manifiesta en el ámbito sanitario, al que se ha delegado el cuidado de los moribundos, sino también en el conjunto de la sociedad.</p>



<p>Hablar de la muerte se ha convertido en un tabú. Con frecuencia, cualquier referencia a ella provoca incomodidad, cambia el rumbo de la conversación o incluso suscita una reacción de rechazo. Paralelamente, el proceso de morir ha experimentado una profunda transformación. Allí donde antes el enfermo era acompañado en su hogar por la familia y el médico de cabecera, hoy el final de la vida suele desarrollarse en hospitales altamente tecnificados, atendido por equipos multidisciplinares. Hemos pasado de morir en el entorno doméstico a hacerlo, con frecuencia, en unidades de cuidados intensivos, conectados a dispositivos capaces de prolongar las funciones biológicas más allá de donde, en ocasiones, el propio enfermo y su dignidad habrían considerado aceptable.</p>



<p>En el fondo, esta evolución parece responder a una profunda transformación del sistema de valores. La sociedad contemporánea exalta la competitividad, el consumo, el culto al cuerpo y el éxito personal, mientras relega al ámbito de lo indeseable el envejecimiento, la enfermedad, el fracaso y la muerte. El rechazo alcanza incluso a las manifestaciones naturales del duelo, como si el sufrimiento por la pérdida recordara una realidad que la sociedad prefiere mantener fuera de su horizonte.</p>



<p>Esta transformación no solo ha modificado la manera de afrontar el final de la vida, sino también la relación del ser humano con su propia finitud. Al desaparecer de la experiencia cotidiana, la muerte se ha convertido en un tema del que apenas se habla y sobre el que rara vez se reflexiona. Sin embargo, el silencio no disminuye la angustia; por el contrario, la intensifica. Aquello que se excluye de la conciencia no desaparece, sino que termina reapareciendo como una amenaza cuya presencia resulta cada vez más difícil de comprender e integrar.</p>



<p>Sin embargo, la angustia ante la muerte no nace del simple conocimiento de que toda vida termina. Si así fuera, el ser humano viviría permanentemente paralizado por el temor. La experiencia demuestra lo contrario. La muerte suele permanecer relegada al fondo de la conciencia mientras se percibe como una posibilidad remota. La existencia cotidiana continúa organizada alrededor de proyectos, deseos y preocupaciones inmediatas. Solo cuando la muerte deja de ser una posibilidad abstracta y adquiere el carácter de una realidad cercana, la conciencia experimenta una profunda transformación.</p>



<p>La inminencia de la muerte modifica radicalmente la perspectiva desde la que el individuo contempla su propia vida. Lo que hasta entonces parecía importante pierde buena parte de su significado, mientras que cuestiones antes relegadas adquieren una relevancia inesperada. La proximidad del final obliga a preguntarse si la vida ha sido auténtica, si las decisiones adoptadas respondían realmente a los propios valores o si la existencia se ha consumido persiguiendo objetivos cuya importancia desaparece cuando el tiempo se revela limitado.</p>



<p>En este sentido, la muerte actúa como un criterio filosófico de autenticidad. Al confrontar al individuo con el límite absoluto de su existencia, revela aquello que posee un valor permanente y aquello que únicamente ocupaba el espacio de la rutina. No transforma la realidad exterior, sino la jerarquía de aquello que el ser humano considera digno de ser vivido. La conciencia de la finitud obliga a distinguir entre lo esencial y lo accesorio.</p>



<p>III.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La muerte como culminación de la existencia</p>



<p>Antes de abordar las diferentes concepciones religiosas sobre la muerte, conviene detenerse en una cuestión previa: ¿por qué el ser humano necesita creer que existe algo más allá del final de la vida? Esta pregunta trasciende el ámbito de la religión y se adentra en la propia naturaleza de la conciencia humana.</p>



<p>A diferencia del resto de los seres vivos, el ser humano no solo lucha por sobrevivir, sino que es plenamente consciente de que su existencia tiene un final inevitable. Esa certeza lo enfrenta a una paradoja difícil de asumir: mientras el instinto le impulsa a conservar la vida, la razón le recuerda constantemente que ningún esfuerzo podrá evitar la muerte. De esa tensión nace una de las inquietudes más profundas de la condición humana.</p>



<p>Desde la psicología, el ser humano posee una capacidad singular para anticipar el futuro y representarse mentalmente su propia muerte. No solo quiere seguir viviendo, sino que sabe que algún día dejará de existir. Esa conciencia genera una tensión que otros animales, hasta donde sabemos, no experimentan del mismo modo.</p>



<p>Desde la antropología, la conciencia de la muerte habría impulsado la aparición de rituales funerarios, mitos y religiones. Al enfrentarse a la pérdida y a la propia finitud, las sociedades construyeron narrativas que otorgaban continuidad y sentido a la existencia.</p>



<p>Desde la filosofía, autores como Schopenhauer, Heidegger o Unamuno sostuvieron que la conciencia de la muerte es una de las características fundamentales de la condición humana. Para Unamuno, el deseo de no morir constituye una de las fuerzas más profundas del espíritu humano.</p>



<p>Desde la psicología existencial, autores como Ernest Becker defendieron que gran parte de la cultura, el arte, la moral e incluso la religión pueden entenderse como intentos de trascender la muerte simbólica o literal. Su tesis es que el ser humano necesita sentir que algo de sí permanecerá cuando él desaparezca.</p>



<p>Y existe una explicación aún más sencilla: el ser humano no solo quiere vivir; quiere que su vida haya tenido significado. La muerte no inquieta únicamente porque pone fin a la existencia biológica, sino porque parece amenazar con convertir en efímero todo lo amado, aprendido y construido. La idea de que todo pueda desaparecer sin dejar huella resulta difícil de aceptar.</p>



<p>Precisamente por eso, en nuestra Ontología Odínica, el problema no se resuelve prometiendo una inmortalidad personal e inmutable, sino afirmando que la experiencia nunca se pierde. El Wyrd permanece integrado en Hel y Valhalla y continúa enriqueciendo el Ser. De este modo, la trascendencia no consiste en prolongar indefinidamente el «yo», sino en que la vida vivida conserve un valor ontológico permanente.</p>



<p>A lo largo de la historia, las distintas religiones han ofrecido respuestas diversas a esta inquietud fundamental, proponiendo que la muerte no constituye el final absoluto, sino el comienzo de una nueva forma de existencia. Es precisamente sobre esta necesidad humana de trascendencia donde se fundamentan las concepciones religiosas acerca del destino del ser humano tras la muerte.</p>



<p>Llegados a este punto analicemos como los sistemas religiosos se enfrentan al problema de la muerte. Mientras la vida permanece abierta, resulta posible formular innumerables teorías sobre el hombre, la libertad o el destino. Sin embargo, es el final de la existencia el que pone a prueba la coherencia de cualquier sistema filosófico. La manera de comprender la muerte determina inevitablemente la manera de comprender la vida.</p>



<p>Algunos teóricos y teólogos sugieren que esperar otra vida después de la muerte es lo único que hace manejable el miedo a morir; es decir, la creencia religiosa reduciría ese temor en quienes esperan alcanzar la vida eterna.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>«No existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal de que les ofrezca la esperanza de una forma de eternidad para su existencia<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a>»</p>
</blockquote>



<p>Desde esta perspectiva, las creencias religiosas parecen constituir una respuesta humana a la angustia provocada por la idea de la desaparición definitiva, al ofrecer una garantía de trascendencia.</p>



<p>En efecto, todas las religiones han interpretado la muerte humana como un hecho natural que inaugura otra forma de existencia, de modo que la muerte orgánica no constituye sino la transición hacia una vida eterna<a href="#_ftn2" id="_ftnref2">[2]</a>. Las grandes tradiciones religiosas han elaborado dos caminos principales. Unas identificaron la conciencia con el organismo biológico y concluyeron que la muerte supone la desaparición definitiva del individuo. Otras afirmaron la existencia de un alma inmortal destinada a sobrevivir al cuerpo en un mundo trascendente o por sucesivas reencarnaciones. Aunque ambas posiciones parecen opuestas, comparten un mismo presupuesto: consideran que la cuestión fundamental consiste en averiguar qué sucede con el individuo después de morir.</p>



<p>IV.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La muerte desde la cosmovisión odínica</p>



<p>La Ontología Odínica propone una perspectiva diferente.</p>



<p>La cuestión decisiva no es qué ocurre con el individuo al morir, sino qué significado ontológico posee una existencia que ha llegado a realizarse. En definitiva ¿Para qué ha servido vivir una vida entera?</p>



<p>Morir constituye el último acto de la existencia. No representa únicamente el cese de las funciones biológicas, sino el momento en que una vida queda definitivamente concluida y adquiere su forma completa. Mientras vivimos, nuestra historia permanece abierta; cada decisión puede modificar el sentido de las anteriores y orientar el curso de la existencia hacia nuevas posibilidades. La muerte pone fin a esa apertura. No añade nada a la vida, pero tampoco le arrebata lo que ha llegado a ser. Sencillamente, fija de manera definitiva el significado de una existencia irrepetible.</p>



<p>Cada ser humano es una manifestación única del Ser.</p>



<p>Su singularidad no procede de un alma individual preexistente. Nace de una sincronización irrepetible entre una estructura biológica viva y la presencia del propio Ser. De esa sincronización surge el Hugr, la expresión consciente que permite al Ser experimentar el universo manifestado.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>La existencia humana comienza, por tanto, con una sincronización.</li>



<li>Y concluye cuando esa sincronización cesa.</li>
</ul>



<p>Esta afirmación modifica profundamente la comprensión tradicional de la muerte.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>No muere el Ser.</li>



<li>No desaparece una supuesta sustancia espiritual.</li>



<li>Muere el Lík.</li>
</ul>



<p>Y al cesar la sincronización se diluye el Hugr como sujeto activo de la experiencia. Vuelve a confluir a la Hamingja, de donde partió en su nacimiento. Ya nunca mas saldrá desde la Hamingja otro Hugr idéntico.</p>



<p>Esta desaparición no es una derrota del Ser ni una pérdida para el universo. Al contrario. La finalidad de la existencia consistía precisamente en producir una experiencia irrepetible. Los descubrimientos, sufrimientos, actos de amor y cada creación del ser humano han ido transformando simultáneamente el Hugr y el Wyrd durante toda la vida.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>La muerte no interrumpe ese proceso.</li>



<li>Lo culmina.</li>
</ul>



<p>El error de muchas concepciones religiosas consiste en imaginar la muerte como el comienzo de una segunda vida. La tradición odínica no necesita recurrir a esa idea. La finalidad de la existencia nunca fue preparar otro mundo; encuentra su sentido en enriquecer éste por la experiencia. Por ello, el valor de una vida no depende de su duración, de su éxito o de su reconocimiento. Depende únicamente de aquello que ha llegado verdaderamente a incorporar al despliegue del Ser.</p>



<p>Cada existencia es una perspectiva absolutamente irrepetible.</p>



<p>Jamás volverá a repetirse la misma combinación de cuerpo, linaje, circunstancias históricas, relaciones y decisiones. Cuando una sincronización concluye, desaparece una posibilidad única del universo. Precisamente por eso toda vida posee una dignidad absoluta.</p>



<p>La muerte no destruye esa dignidad.</p>



<p>Simplemente pone fin a la posibilidad de seguir ampliándola desde aquella sincronización concreta. Comprender la muerte exige abandonar definitivamente la imagen de un alma encerrada dentro del cuerpo.</p>



<p>El Hugr nunca fue un habitante del Lík. Nunca constituyó una sustancia separada esperando el momento de liberarse. Fue siempre la presencia dinámica del Ser manifestándose mediante una sincronización viva. Mientras la sincronización permanece activa existe conciencia. Cuando cesa, cesa también el Hugr como sujeto presente. La existencia no concluye en el vacío. Porque aquello que el Hugr ha llegado a ser por la experiencia no desaparece con él. Éste se convierte en el verdadero punto de partida para comprender Hel, Muninsbrunna, la Hamingja y el Wyrd.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>La muerte no inaugura un nuevo mundo.</li>



<li>Revela la verdadera naturaleza de la existencia que acaba de concluir.</li>
</ul>



<p>La inmortalidad, por tanto, no consiste en la supervivencia de un individuo inmutable, sino en la permanencia de la experiencia incorporada a esa memoria viva. Cada existencia aporta algo irrepetible a la totalidad y, precisamente por ello, vivir adquiere un profundo significado ético. Nada de lo que hacemos resulta indiferente, porque todo contribuye a modelar el devenir de la realidad.</p>



<p>Nos encontramos ante una sociedad que, siendo inevitablemente mortal, vive de espaldas a la muerte. La cultura de la felicidad permanente exige apartar toda referencia a la finitud, hasta el punto de que la muerte ha dejado de asumirse como un fenómeno natural inherente a la existencia para convertirse en una realidad que se percibe como un fracaso.</p>



<p>Las consecuencias de la inversión del sistema de valores en nuestra sociedad tecnológica es el siguiente:</p>



<p>1. La angustia</p>



<p>Es la más inmediata.</p>



<p>Al negar la muerte, el ser humano no elimina la angustia que esta suscita; simplemente la desplaza hacia el inconsciente. Aquello que no se comprende ni se integra reaparece como un temor difuso, difícil de identificar y aún más difícil de afrontar.</p>



<p>2. La pérdida de sentido</p>



<p>Si la muerte desaparece del horizonte, también desaparece el límite que da valor al tiempo.</p>



<p>Cuando la finitud deja de formar parte de la comprensión de la existencia, el tiempo pierde parte de su significado. Las decisiones parecen siempre aplazables y la vida corre el riesgo de convertirse en una sucesión indefinida de experiencias de corto alcance sin una orientación profunda.</p>



<p>3. La ilusión de omnipotencia</p>



<p>Muy propia de la modernidad.</p>



<p>El rechazo de la muerte favorece la ilusión de que toda limitación puede ser vencida mediante el progreso técnico. Sin embargo, cuanto mayor es esa expectativa, más profunda resulta la frustración cuando la realidad recuerda que existen límites que ninguna tecnología puede abolir.</p>



<p>4. La deshumanización</p>



<p>Esta es la consecuencia más potente.</p>



<p>Una sociedad que deja de integrar la muerte termina alterando también su comprensión de la vida. Si la existencia solo posee valor mientras conserva la juventud, la salud, la productividad o la autonomía, todo aquello que manifiesta la vulnerabilidad humana comienza a percibirse como una carga. La negación de la muerte conduce así, lentamente, a una negación de la propia condición humana.</p>



<p>5. La desconexión</p>



<p>Define la sociedad virtual</p>



<p>Una cultura que niega la muerte corre el riesgo de sustituir la realidad por una simulación. Cuanto más incómoda resulta la finitud, mayor es la tendencia a refugiarse en mundos donde todo parece ilimitado, reversible y controlable. La vida acaba desarrollándose entre imágenes, identidades digitales y experiencias virtuales que proporcionan la sensación de escapar de la realidad, cuando en realidad solo la ocultan.</p>



<p>La Ontología Odínica comparte esta necesidad de reconciliar al ser humano con la muerte, pero propone una interpretación distinta de su significado y de las consecuencias que tiene para la continuidad de la existencia.</p>



<p>Nuestros retos son los siguientes:</p>



<p>1. La angustia</p>



<p>La aceptación de la muerte permite integrar una realidad inevitable en lugar de vivir bajo su amenaza constante. Cuando el ser humano reconoce su finitud, el temor deja de actuar como una ansiedad difusa y puede afrontarse de forma consciente. Comprender la muerte no elimina el dolor de la pérdida, pero reduce la incertidumbre que nace de ignorarla.</p>



<p>2. La pérdida de sentido</p>



<p>La conciencia de que la vida es limitada hace que el tiempo adquiera valor. Saber que la existencia no es infinita invita a aprovechar cada etapa, asumir responsabilidades y orientar las decisiones hacia aquello que realmente importa. La finitud convierte el tiempo en un bien precioso.</p>



<p>3. La ilusión de omnipotencia</p>



<p>Aceptar que existen límites favorece una relación más realista con la existencia. La ciencia y la técnica amplían enormemente las posibilidades humanas, pero no pueden suprimir todas las limitaciones. Reconocer este hecho no implica renunciar al progreso, sino comprender cuál es su verdadero alcance. A veces un baño de humildad es la mejor cura para muchos males.</p>



<p>4. La deshumanización</p>



<p>Integrar la muerte ayuda a situar al ser humano en su verdadera dimensión. La enfermedad, el envejecimiento y la vulnerabilidad dejan de percibirse como fracasos y pasan a entenderse como expresiones naturales de la existencia. La conciencia de la propia finitud debilita la ilusión de que el individuo constituye el centro de la realidad y favorece una actitud más humilde ante la vida.</p>



<p>5. La reconciliación con la realidad</p>



<p>La salida no consiste en construir mundos cada vez más perfectos para olvidar la muerte, sino en recuperar el valor de la realidad. Aceptar la finitud libera al ser humano de la necesidad de vivir permanentemente distraído y le permite volver a experimentar la existencia con autenticidad. Ninguna realidad virtual puede sustituir la intensidad de una vida consciente de su propio límite.</p>



<p>El verdadero conocimiento no conduce al alejamiento del mundo, sino al reencuentro con él. Después de aceptar la muerte, el ser humano puede volver a contemplar la vida con una mirada distinta. El tiempo recupera su valor, la naturaleza vuelve a percibirse como el hogar del que formamos parte y cada encuentro, cada decisión y cada experiencia adquieren una profundidad que solo posee aquello que sabemos finito. Comprender nuestra condición no reduce el deseo de vivir; lo intensifica. Solo quien acepta plenamente la realidad puede reconciliarse con la vida.</p>



<p>Heidegger sostuvo que el ser humano vive habitualmente como si la muerte perteneciera siempre a los demás. Solo cuando comprende que su propia muerte es inevitable adquiere conciencia de la finitud de su existencia y puede vivir de forma auténtica. La muerte deja entonces de ser un acontecimiento futuro para convertirse en una realidad que acompaña toda la vida, otorgando valor y responsabilidad a cada decisión.</p>



<p>La Comunidad Odinista de España-Ásatrú comparte la idea de que la conciencia de la muerte constituye un elemento esencial para comprender la existencia humana, aunque alcanza una conclusión diferente. La muerte no debe contemplarse únicamente como el límite de la vida, sino como el momento en que la experiencia desarrollada durante la existencia alcanza su plenitud ontológica. Desde esta perspectiva, el temor a la muerte no se supera mediante la esperanza de una inmortalidad individual desligada del modo en que se ha vivido, sino comprendiendo que ninguna acción realizada con honor, conocimiento y responsabilidad desaparece definitivamente. Todo cuanto el individuo ha incorporado a través de su experiencia permanece integrado en el Wyrd y continúa enriqueciendo la continuidad del Ser.</p>



<p>No es la muerte la que da sentido a la vida, sino la conciencia de la muerte la que nos obliga a vivir de forma auténtica.</p>



<p>Así, la muerte deja de ser la negación de la existencia para convertirse en la culminación natural de una vida plenamente vivida. Lo decisivo no es prolongar indefinidamente la existencia, sino vivir de tal modo que, cuando llegue el final, pueda afirmarse que la propia vida ha contribuido a fortalecer el legado ontológico que permanece más allá del individuo. En ese sentido, vencer el miedo a la muerte no significa dejar de reconocer su inevitabilidad, sino comprender que aquello que realmente somos no se mide por la duración de la vida, sino por la huella que nuestra existencia deja en el devenir del Ser.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Elias, N. (1987 p. 12). La soledad de los moribundos. Madrid: Fondo de Cultura Económica.</p>



<p><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> Poveda de Agustín, J. (1992). Información al paciente terminal: Un reto antropológico. Jano, XVIII,1189-1202.</p>



<p></p>
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		<title>Yggdrasil: el Árbol de la Existencia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jul 2026 08:11:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pocas imágenes han alcanzado en la historia de las religiones la profundidad simbólica de Yggdrasil, el gran fresno cósmico de la tradición nórdica. No es únicamente un árbol sagrado ni un elemento del paisaje mitológico: es la representación del universo como un organismo vivo. En él convergen el tiempo, la vida, la muerte, la memoria, &#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Pocas imágenes han alcanzado en la historia de las religiones la profundidad simbólica de <strong>Yggdrasil</strong>, el gran fresno cósmico de la tradición nórdica. No es únicamente un árbol sagrado ni un elemento del paisaje mitológico: es la representación del universo como un organismo vivo. En él convergen el tiempo, la vida, la muerte, la memoria, el destino y la acción. Todo cuanto existe encuentra su lugar en sus raíces, su tronco o sus ramas.</p>



<p>Yggdrasil hunde sus raíces en las regiones más profundas de la existencia y eleva su copa hasta las alturas del cielo, abrazando los Nueve Mundos. En sus raíces se encuentra el reino de los muertos, donde las Nornas —Urðr, Verðandi y Skuld— riegan incesantemente el árbol con las aguas del pozo sagrado. Ellas no fabrican el destino; preservan la continuidad del orden del universo alimentando aquello que sostiene toda existencia.</p>



<p>El árbol permanece siempre vivo. Sus raíces son mordidas por Níðhöggr y otras serpientes; los ciervos ramonean sus hojas; la ardilla Ratatöskr recorre sin descanso su tronco llevando mensajes entre el águila que corona su copa y las fuerzas que habitan en las profundidades. Sin embargo, Yggdrasil nunca sucumbe. Soporta el desgaste constante de la existencia y continúa floreciendo. La vida no consiste en la ausencia de conflicto, sino en la capacidad de mantenerse en pie a pesar de él.</p>



<p>Cada uno de sus elementos expresa una dimensión del cosmos. Cada hoja puede entenderse como una vida; cada rama, como la historia de un pueblo; cada fibra, como una acción realizada; cada brote nuevo, como una experiencia que se incorpora al inmenso tejido del universo. Nada permanece aislado. Todo participa de una inmensa red de relaciones donde cada acontecimiento influye sobre los demás.</p>



<p>El viento que mueve sus ramas simboliza el devenir incesante del mundo. Sus hojas susurran la memoria de las generaciones pasadas y anuncian el nacimiento de las futuras. El árbol contiene simultáneamente el pasado, el presente y el futuro; no como tiempos separados, sino como una única corriente continua de existencia.</p>



<p>Su nombre posee también un profundo significado. <strong>Yggdrasil</strong> procede de <strong>Yggr</strong>, uno de los nombres de Odín, «el Terrible» o «el Profundo», y <strong>drasill</strong>, «caballo» o «portador». El árbol es, por tanto, el <strong>Caballo de Odín</strong>, el soporte sobre el que el dios realizó el mayor sacrificio de la mitología germánica.</p>



<p>El <em>Hávamál</em> lo expresa con palabras inmortales:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>Sé que pendí del árbol azotado por el viento</em><br><em>durante nueve largas noches,</em><br><em>herido por la lanza,</em><br><em>consagrado a Odín,</em><br><em>yo mismo ofrecido a mí mismo,</em><br><em>en aquel árbol del que nadie sabe</em><br><em>de qué raíces nace.</em></p>
</blockquote>



<p>El sacrificio de Odín convierte a Yggdrasil en el árbol del conocimiento. No es únicamente el eje del cosmos; es también el camino iniciático mediante el cual la conciencia alcanza la sabiduría. Las runas no son un regalo recibido, sino una conquista obtenida mediante el sacrificio, la introspección y la transformación interior.</p>



<p>Todas las formas de vida encuentran en él su lugar. El águila domina la copa; el halcón se posa entre sus ramas; Ratatöskr enlaza los distintos niveles del árbol; los ciervos consumen su follaje; Níðhöggr roe sus raíces; los cisnes habitan las aguas de sus fuentes. Ningún ser es ajeno al orden cósmico. Cada uno ocupa una función dentro del equilibrio universal.</p>



<p>Yggdrasil une también todos los ámbitos de la realidad espiritual. Bajo sus ramas los dioses celebran consejo; Heimdall custodia el puente del Bifröst; Mímir guarda la fuente de la sabiduría; Hel recibe a quienes han concluido su existencia terrenal; los elfos y los demás vættir participan igualmente del gran orden del árbol. Dioses, hombres, animales y fuerzas invisibles forman parte de una misma totalidad.</p>



<p>La grandeza del símbolo reside precisamente en esa unidad. Nada permanece inmóvil; todo cambia continuamente, pero el conjunto conserva su equilibrio. El árbol representa un universo dinámico, donde la estabilidad no nace de la inmovilidad, sino del permanente intercambio entre creación, transformación y renovación.</p>



<p>Desde la perspectiva de la religión<strong> Odínica</strong>, Yggdrasil expresa con extraordinaria belleza la arquitectura del Ser. No representa simplemente el cosmos físico, sino el entramado ontológico donde toda experiencia queda integrada y participa en la continuidad de la existencia. Cada vida incorpora nuevas experiencias; cada acción modifica el tejido del Wyrd; cada generación prolonga la memoria viva del Ser.</p>



<p>Por ello, Yggdrasil puede entenderse como el gran símbolo de la continuidad. Nada desaparece completamente. Todo cuanto acontece encuentra finalmente su lugar dentro del inmenso árbol de la existencia, cuya savia es la memoria, cuyo crecimiento es la experiencia y cuya permanencia constituye el fundamento mismo del universo.</p>



<p>Yggdrasil no es únicamente el árbol de los dioses. Es el árbol de la vida, de la conciencia y de la historia. Es la imagen más perfecta que la tradición nórdica nos legó para comprender que toda existencia forma parte de una única realidad viva, donde cada ser, cada pueblo y cada experiencia contribuyen al crecimiento eterno del gran Árbol del Ser.</p>
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		<title>FRIÐR</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jul 2026 06:23:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Odinismo]]></category>
		<category><![CDATA[Paganismo histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Religión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La Paz Sagrada en la Tradición Odinista En la tradición germánica, el concepto de Friðr (ᚠᚱᛁᚦᚱ) posee un significado mucho más profundo que la simple ausencia de guerra o conflicto. No representa una paz pasiva, fruto únicamente del afecto entre las personas, sino un estado de armonía sagrada que hace posible la existencia de la &#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong><em>La Paz Sagrada en la Tradición Odinista</em></strong><strong></strong></p>



<p>En la tradición germánica, el concepto de <strong>Friðr</strong> (ᚠᚱᛁᚦᚱ) posee un significado mucho más profundo que la simple ausencia de guerra o conflicto. No representa una paz pasiva, fruto únicamente del afecto entre las personas, sino un <strong>estado de armonía sagrada</strong> que hace posible la existencia de la comunidad.</p>



<p>Mientras que la paz dentro de una familia nace de los vínculos de sangre, el <strong>Friðr</strong> constituye el fundamento de la convivencia entre todos los hombres y mujeres libres de un pueblo. Se sostiene sobre el respeto mutuo, el honor, la justicia y el cumplimiento de las obligaciones compartidas. Es el orden que permite que una comunidad viva unida sin recurrir a la violencia.</p>



<p>El gran historiador alemán <strong>Walter Baetke</strong> definió el Friðr como:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«El conjunto de aquellos órdenes jurídico-morales que garantizan una convivencia pacífica y fructífera en la comunidad política.»</em></p>
</blockquote>



<p>Sin embargo, reducir el Friðr a un simple orden jurídico sería insuficiente. En la cosmovisión germánica, la ley humana no podía separarse del orden sagrado del universo. La paz era, ante todo, un <strong>don de los dioses</strong>.</p>



<p>Esta concepción queda reflejada en la antigua fórmula ritual:</p>



<p><strong><em>blóta til árs ok friðar</em></strong></p>



<p><em>«Ofrecer sacrificios para obtener buenas cosechas y paz.»</em></p>



<p>La expresión resume los dos grandes pilares de la vida germánica:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li><strong>Ár</strong>, la fertilidad, la abundancia y la prosperidad.</li>



<li><strong>Friðr</strong>, el orden, la estabilidad y la armonía de la comunidad.</li>
</ul>



<p>Ambos eran considerados manifestaciones de la gracia divina. La prosperidad de la tierra y la paz entre los hombres no podían separarse, porque ambas nacían del mismo orden cósmico establecido por los dioses.</p>



<p>Por ello, el <strong>Friðr</strong> no describe únicamente la relación entre los miembros de una comunidad humana. Expresa también la <strong>comunión jurídica, moral y cultual entre el pueblo y las divinidades</strong>. Una no puede existir sin la otra.</p>



<p>Mientras un pueblo mantenga correctamente sus ritos y honre a los dioses mediante el culto, permanece bajo su protección. De esa relación nacen la abundancia de las cosechas, la prosperidad de los hogares y la paz entre los habitantes.</p>



<p>Este principio aparece claramente en el poema <strong>Vellekla</strong>, compuesto hacia el año 890 por el escaldo <strong>Einarr Skálaglamm</strong>, donde se alaba al Jarl Håkon por restaurar los templos destruidos por sus predecesores:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«Ahora los hombres pueden volver con alegría a los templos. Los dioses reciben nuevamente los sacrificios; esto beneficia al poderoso Jarl y la tierra vuelve a dar fruto como antes.»</em></p>
</blockquote>



<p>Walter Baetke concluye a partir de este pasaje:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«El sentido más profundo del culto consiste en renovar y asegurar la paz con la divinidad. De esa paz procede toda prosperidad para el pueblo y para la tierra; el abandono del culto conduce inevitablemente al infortunio.»</em></p>
</blockquote>



<p>El <strong>Friðr</strong> constituye así la esencia misma de toda comunidad legítima. No basta con compartir un territorio o unas leyes; es necesario compartir también un mismo vínculo espiritual con las fuerzas divinas que sostienen el orden del mundo.</p>



<p>Por esta razón, el Friðr ofrece mucho más que una obligación de no hacerse daño mutuamente. Confiere a la comunidad un carácter <strong>sagrado</strong>, irradiado por los dioses.</p>



<p>Quien participa plenamente de esa paz recibe el nombre de <strong>fríðheilagr</strong>, literalmente <em>«consagrado por la paz»</em> o <em>«santificado por el Friðr»</em>. Como expresa nuevamente Baetke:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«La sacralidad del hombre procede de la paz sagrada, establecida y protegida por la divinidad, en la cual participa todo hombre libre por pertenecer a la comunidad de culto.»</em></p>
</blockquote>



<p>Esta concepción explica igualmente la gravedad de ciertos delitos en la antigua sociedad germánica. Quien cometía un homicidio u otra falta especialmente grave no solo quebrantaba la ley humana: <strong>rompía el Friðr</strong>.</p>



<p>Al situarse fuera de la paz sagrada, perdía también la protección de la comunidad y dejaba de participar del orden mantenido por los dioses. Se convertía en alguien excluido tanto de la comunidad humana como del equilibrio cósmico. De ahí la importancia de los ritos de reconciliación y de la función religiosa del sacerdote, cuya misión consistía en restaurar, cuando era posible, la armonía quebrantada.</p>



<h3 class="wp-block-heading">El significado del Friðr para la Comunidad Odinista de España–Ásatrú</h3>



<p>Para la <strong>Comunidad Odinista de España–Ásatrú</strong>, el <strong>Friðr</strong> continúa siendo uno de los principios fundamentales de la vida religiosa.</p>



<p>No significa pasividad ni resignación ante la injusticia. Significa construir una comunidad basada en el <strong>honor, la palabra dada, la responsabilidad, la justicia, el respeto mutuo y la cooperación</strong>. Significa comprender que la verdadera paz nace cuando el ser humano vive en armonía consigo mismo, con su comunidad, con la naturaleza y con los dioses.</p>



<p>Mantener el <strong>Friðr</strong> es preservar el equilibrio que hace posible la continuidad del pueblo, de la tradición y del culto. Es reconocer que la prosperidad material y el bienestar espiritual forman parte de un mismo orden sagrado.</p>



<p>Así como los antiguos germanos ofrecían sus blóts <em>til árs ok friðar</em>, también hoy el odinista procura vivir de manera que sus actos fortalezcan la armonía de la comunidad y honren el orden establecido por los dioses.</p>



<p>Porque donde existe <strong>Friðr</strong>, florecen la confianza, la libertad responsable, la prosperidad y la dignidad de un pueblo. Allí donde el <strong>Friðr</strong> se rompe, comienza la desintegración del orden humano y espiritual. El deber del odinista consiste, por tanto, en preservar esa paz sagrada mediante una vida honorable y un compromiso constante con su comunidad y con los dioses.</p>
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		<title>La vida como energía vital germánica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2026 19:19:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La confrontación de la vida profana y la vida religiosa, que es familiar para el hombre moderno, no la conocen los germanos paganos. Para ellos, la vida nunca es un mero acontecimiento, una cadena de hechos y acciones que solo deben su existencia al capricho del azar. Porque la vida siempre se refiere a algo &#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>La confrontación de la vida profana y la vida religiosa, que es familiar para el hombre moderno, no la conocen los germanos paganos. Para ellos, la vida nunca es un mero acontecimiento, una cadena de hechos y acciones que solo deben su existencia al capricho del azar.</p>



<p>Porque la vida siempre se refiere a algo más; obtiene su valor precisamente a través de esta relación con una esfera supraindividual. Los grandes y decisivos momentos de la vida humana, nacimiento y muerte, son probablemente, incluso en la época actual, para la mayoría de las personas, no meras manifestaciones biológicas; sino un misterio, que está inextricablemente ligado a estos puntos de inflexión, y atraviesa a todas las personas que no se han entregado completamente al culto de la razón.</p>



<p>Para los germanos, al menos en los tiempos más antiguos, no se trata de la incorporación a una esfera superior y divina, es decir, no de la elevación de lo temporal e individual a un nivel de vida absolutamente divina; pues, aunque en el último periodo del paganismo, especialmente en el mundo de las ideas de la veneración de Odín, surgen los primeros indicios de tal concepción, en nuestras fuentes predomina consistentemente otro tipo de relación.</p>



<p><strong>Eso se debe a que la vida no se consideraba como una energía que se manifestaba en cada persona a partir de una fuente divina de poder, sino más bien como una fuerza única para cada persona, que por eso también tenía su limitación en la esfera vital propia de cada individuo<a href="#_ftn1" id="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a></strong></p>



<p>Ese fragmento está hablando de una forma antigua —muy común en muchas culturas tradicionales— de entender la vida y la energía vital.</p>



<p>La energía vital, también conocida como fuerza vital, es la esencia que da vida a todos los seres vivos. Es la energía que fluye a través de nuestro cuerpo, alimentando nuestras células y manteniendo nuestro cuerpo y mente en equilibrio. Esta energía es fundamental para nuestra salud y bienestar, ya que regula todas las funciones corporales y nos ayuda a adaptarnos a los cambios en nuestro entorno.</p>



<p>&nbsp;Vamos por partes:</p>



<p>1. “La vida no se considera como una energía que se manifiesta en cada persona a partir de una fuente divina de poder”. &nbsp;La vida no es entendida como algo universal y compartido que viene de un único dios o principio divino común para todos.</p>



<p>Rechazamos, por supuesto, una idea “universal” o “unitaria” de la vida. Significa que negamos la idea de que exista:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>una única esencia común para toda la humanidad,</li>



<li>una misma naturaleza espiritual compartida por todos,</li>



<li>una sola fuerza vital idéntica en todos los seres. y cada ser humano sería una manifestación parcial de esa fuente.</li>
</ul>



<p>Las culturas y las sociedades son eminentemente distintas y diferentes entre sí, como lo son todas las cosas vivas de la naturaleza. Un Dios único y todopoderoso otorgaría la misma calidad de energía para todos sus seres. Si los hiciera a “imagen y semejanza” serían exactamente como él.&nbsp; Pero la Naturaleza nos enseña que todos los seres divergen, se especializan y cambian, cada persona es portadora de una fuerza única que lo hace característico y singular.</p>



<p>Nuestra cosmovisión Odínica no posee esta visión de la cultura universal que representan los monoteísmos judeocristianos, así como el hinduismo y el budismo.</p>



<p><strong>2. “Sino más bien como una fuerza única para cada persona”</strong></p>



<p>Que expresa una concepción de la vida en la que cada ser humano posee una vitalidad propia, singular e irrepetible. No existe una única “energía universal” compartida idénticamente por todos, sino una fuerza vital individual, ligada al propio ser, al carácter, al destino y a la existencia concreta de cada persona.</p>



<p><strong>Cada individuo posee pues, su propia fuerza vital personal.</strong></p>



<p>No es algo “prestado” por una divinidad universal, sino propia, individual, ligada a la sangre, al carácter, al destino, al linaje y a la capacidad personal” que describe una concepción orgánica y diferenciada del ser humano. La persona no sería entendida como un individuo abstracto e intercambiable, sino como un ser concreto, formado por una combinación única de herencia, temperamento, historia y voluntad.</p>



<p>a.) “Propio”: la vida como posesión interior</p>



<p>Decir que la fuerza vital es “propia” significa que pertenece íntimamente al individuo. No es algo externo ni una energía uniforme distribuida por igual. Cada persona posee:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>una presencia singular,</li>



<li>una intensidad particular,</li>



<li>una manera irrepetible de existir.</li>
</ul>



<p>la vida no se “recibe” pasivamente; &nbsp;sino que se encarna de forma única en cada ser. Por eso algunas personas parecen transmitir:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>fuerza,</li>



<li>nobleza,</li>



<li>serenidad,</li>



<li>magnetismo,</li>



<li>autoridad,</li>
</ul>



<p>o, por el contrario:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>agotamiento,</li>



<li>debilidad,</li>



<li>fragmentación interior.</li>
</ul>



<p>b.) “Individual”: cada ser como realidad única. Aquí la individualidad no es solo una diferencia superficial, sino algo esencial. Cada persona es:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>un centro autónomo de voluntad,</li>



<li>una combinación irrepetible de impulsos,</li>



<li>una forma singular de afrontar el mundo.</li>
</ul>



<p>Esto implica que:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>no todos sienten igual,</li>



<li>no todos reaccionan igual,</li>



<li>no todos poseen la misma resistencia,</li>



<li>ni la misma profundidad espiritual.</li>
</ul>



<p>La individualidad es una realidad profunda, no una simple apariencia social. Por eso en las tradiciones germánicas valorabamos el temperamento, la firmeza, el honor personal, la reputación conquistada mediante actos. La persona tiene que convertirse en alguien definido y reconocible.</p>



<p>c.) “Ligado a la sangre”</p>



<p>Históricamente, “la sangre” simboliza:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>herencia,</li>



<li>continuidad,</li>



<li>transmisión de cualidades,</li>



<li>pertenencia familiar y ancestral.</li>
</ul>



<p>No se refiere únicamente a biología en sentido moderno, sino a la idea de que ciertas disposiciones:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>físicas,</li>



<li>temperamentales,</li>



<li>espirituales,</li>



<li>culturales,</li>
</ul>



<p>Se transmiten entre generaciones.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>el valor,</li>



<li>el carácter,</li>



<li>la fuerza interior,</li>



<li>la capacidad de liderazgo,</li>



<li>incluso ciertas inclinaciones espirituales,</li>
</ul>



<p>pueden heredarse genéticamente.</p>



<p>La sangre representa la continuidad de un pueblo o una familia a través del tiempo. Por eso el linaje tiene tanta importancia. El individuo es considerado como parte de una cadena ancestral; lleva dentro la memoria y la fuerza acumulada de generaciones anteriores.</p>



<p>d.) “Ligado al carácter”</p>



<p>El carácter es considerado una manifestación visible de la fuerza interior. No basta únicamente con existir:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>hay que demostrar firmeza,</li>



<li>disciplina,</li>



<li>coraje,</li>



<li>autocontrol,</li>



<li>capacidad de soportar dolor y adversidad.</li>
</ul>



<p>El carácter diferencia a quien:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>domina sus impulsos,</li>



<li>sostiene su palabra,</li>



<li>permanece firme bajo presión,</li>
</ul>



<p>de quien:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>se descompone,</li>



<li>se deja arrastrar,</li>



<li>pierde la dirección.</li>
</ul>



<p>el carácter no es algo secundario: forma el núcleo del valor humano. La fuerza vital se revela precisamente en la conducta.</p>



<p>e.) “Ligado al destino”</p>



<p>La vida individual también se entiende como algo unido a un destino particular. Cada persona posee:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>un camino que seguir,</li>



<li>unas pruebas que superar,</li>



<li>unas posibilidades que elegir,</li>



<li>y unos límites propios.</li>
</ul>



<p>No todos nacen para lo mismo. En las tradiciones indoeuropeas, el destino no es simplemente fatalismo. Es la estructura profunda de la existencia:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>aquello que uno tiene que afrontar,</li>



<li>un objetivo que cumplir</li>



<li>algo que debe soportar con dignidad.</li>
</ul>



<p><strong>La grandeza de nuestra tradición NO es como resulta nuestro final, cómo acaban las cosas; radica en cómo cada uno responde al destino, cómo lo afrontamos y nos comportamos respecto a él.</strong></p>



<p>Por eso el héroe tradicional no vence siempre:</p>



<p><strong>a veces su nobleza consiste en mantenerse firme incluso ante una derrota inevitable.</strong></p>



<p>f.) “Ligado al linaje”</p>



<p>El linaje amplía la idea de sangre hacia una dimensión histórica y espiritual. El individuo no es un ser aislado, sino parte de:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>una familia,</li>



<li>una tradición,</li>



<li>una memoria colectiva,</li>



<li>una continuidad cultural y ancestral.</li>
</ul>



<p>El linaje proporciona:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>identidad,</li>



<li>deberes,</li>



<li>nombre,</li>



<li>prestigio,</li>



<li>y responsabilidad.</li>
</ul>



<p><strong>Las acciones de una persona afectan al honor del conjunto.</strong></p>



<p>Históricamente, las sociedades germánicas han desarrollado conceptos como honrar a los antepasados, continuar una obra, mantener la dignidad familiar, pues eran deberes fundamentales. La persona se entendía como heredera y transmisora.</p>



<p>g.) “Ligado a la capacidad personal”</p>



<p>Aunque existe la herencia y el destino, esta visión no elimina la importancia del esfuerzo individual. La capacidad personal sigue siendo decisiva:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>disciplina,</li>



<li>valentía,</li>



<li>inteligencia práctica,</li>



<li>voluntad,</li>



<li>resistencia,</li>



<li>capacidad de actuar.</li>
</ul>



<p>Dos personas con el mismo origen pueden terminar siendo completamente distintas según:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>sus elecciones,</li>



<li>su fortaleza,</li>



<li>su capacidad de dominarse,</li>



<li>y su forma de afrontar la vida.</li>
</ul>



<p>Si la fuerza vital es individual, entonces también es limitada. cada persona tiene una cantidad concreta de energía vital, un destino concreto, unas capacidades concretas, una duración limitada. La fuerza no es infinita ni universal. El individuo es una realidad fuerte y diferenciada. la fuerza vital se asociaba al honor, la valentía aumentaba el prestigio espiritual, el linaje importaba mucho, la fama daba una forma de “continuidad” tras la muerte. Por eso la muerte heroica tiene tanto valor: porque la vida es limitada y debe usarse con dignidad. “Cada hombre es considerado una fuente singular de vida y destino.”</p>



<p><strong>Por eso la dignidad no depende solo del nacimiento, sino también de la realización personal. La fuerza interior debe cultivarse.</strong></p>



<p><strong>Visión global del concepto</strong></p>



<p>En conjunto, esta concepción entiende al ser humano como una realidad orgánica y diferenciada, no una pieza idéntica dentro de una humanidad abstracta; sino un ser singular formado por herencia, voluntad, experiencia y destino. La vida se transforma en algo concreto, donde se encarna nuestro poder vital, es personal y única pero limitada y profundamente vinculada a la historia propia de cada individuo y cada comunidad. No existe una igualdad absoluta de naturaleza o potencia vital, sino múltiples formas humanas con distintas capacidades, intensidades y trayectorias.</p>



<p>En culturas germánicas, nórdicas o indoeuropeas la persona no es vista como un recipiente vacío lleno por Dios, sino como un ser que posee una potencia propia.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Altgermanische Religionsgeschichte, Jan de Vries.</p>
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		<title>La verdad revelada</title>
		<link>https://asatru.es/la-verdad-revelada/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 15 Mar 2026 21:14:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Religión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La Iglesia católica en nuestro ámbito, aunque es extensible a las demás iglesias cristianas, es una institución que conserva una notable influencia en nuestra sociedad —a pesar de que la mayoría de sus templos suelen estar muy vacíos y de que casi nadie, ni aun sus fieles, sigue las directrices oficiales en materia de moral— &#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>La Iglesia católica en nuestro ámbito, aunque es extensible a las demás iglesias cristianas, es una institución que conserva una notable influencia en nuestra sociedad —a pesar de que la mayoría de sus templos suelen estar muy vacíos y de que casi nadie, ni aun sus fieles, sigue las directrices oficiales en materia de moral— y sus actuaciones repercuten tanto entre los creyentes católicos, o de cualquier otra religión, como entre los ciudadanos manifiestamente ateos</p>



<p>Lo que es, dice o hace la Iglesia católica, por tanto, nos incumbe en alguna medida a todos, ya que resulta imposible sustraerse a su influjo cultural tras casi dos milenios de predominio absoluto de su espíritu y sus dogmas en el proceso de conformación de mentes, conciencias, costumbres, valores y hasta legislaciones.</p>



<p>Si nos detenemos a pensar, nos daremos cuenta de que no sólo tenemos una estructura mental cristiana o católica para ser creyentes, sino que también la tenemos para practicar otra religión no judeocristiana, y sólo podemos hacerlo desde la plataforma que nos lo hizo conocer, por eso el neopaganismo de nuestro entorno cultural está, básicamente, influenciado por el monoteísmo. Nuestro vocabulario cotidiano, así como nuestro refranero, supura cristianismo y catolicismo por todas partes. La forma de juzgar lo correcto y lo incorrecto parte inevitablemente de postulados cristianos o católicos. Los mecanismos básicos de nuestra culpabilidad existencial son un dramático fruto de la (de)formación católica (heredera, en este aspecto, de la dinámica psicológica judeocristiana).</p>



<p>La certidumbre en la que los cristianos dan un voluntario salto al vacío de la fe, asume la hipótesis creyente de que las Escrituras son «la palabra inspirada de Dios»; pero, desde este contexto, las conclusiones son aún más graves puesto que si la Biblia es palabra divina, tal como afirman los creyentes, resulta obvio que la Iglesia católica, al falsearla y contradecirla, traiciona tanto la voluntad del Dios Padre como la del Dios Hijo —a quienes dice seguir fielmente—, al tiempo que mantiene un engaño colosal que pervierte y desvía la fe y las obras de sus fieles.</p>



<p>Cuando se considera que los textos sagrados de una religión son verdades reveladas y no el resultado de la experiencia humana, se llega siempre a la misma encrucijada. Llega un momento en el que se encuentra una mancha en el texto: una falsedad, una incongruencia, un desatino. Algo que no se corresponde con la realidad auténtica. Y cuando llega ese momento, si el texto es una verdad revelada, entonces todo él queda en sí mismo invalidado.</p>



<p>Si fuese obra de la experiencia humana, podrías rescatar algunas cosas y condenar otras porque 𝘦𝘳𝘳𝘢𝘳𝘦 𝘩𝘶𝘮𝘢𝘯𝘶𝘮 𝘦𝘴𝘵, la equivocación de los hombres resulta natural y aceptable. Pero si el texto es una revelación divina, tienes que aceptarlo o rechazarlo de forma íntegra porque el dios Judeocristiano es infalible y no comete error alguno.</p>



<p>El creyente de una tradición revelada que ha llegado a esta encrucijada puede tratar de realizar malabares intelectuales para intentar justificar el error. Aludir a que el error está en la tergiversación humana del mensaje original o atribuir la equivocación a una cuestión de hermenéutica; lo que falla es la intermediación entre la revelación y los hombres. Pero si el error está en la tergiversación del mensaje original, ¿cómo distingues qué parte está tergiversada y cuál no? Y si el error reside en la interpretación del texto, ¿cómo sabes qué interpretación es la correcta y cuál no? ¿Quién tiene el criterio para decidir? Entrando así en el bucle infinito del error, la interpretación y la autoridad.</p>



<p>Por eso cuando un seguidor de una tradición revelada encuentra una mancha en la revelación, una mancha que poco a poco se va haciendo más grande, suele tomar tres caminos:</p>



<ol class="wp-block-list">
<li>se tapa los ojos y se enroca en la revelación volviéndose un fanático,</li>



<li>cae en un profundo ateísmo.</li>



<li>se decide por seguir una religión natural, pagana-politeista</li>
</ol>



<p>Para los puntos 1 y 2 quizá sea esta la razón por la que los monoteísmos revelados han sido las religiones que irónicamente más fanáticos y ateos han producido en la historia. Ambos, hijos los dos del mismo padre, están encontrando en el mundo moderno el campo de batalla en el que combatirse el uno el otro hasta la aniquilación. Fanatismo y ateísmo, dos formas de ignorancia equidistantes del mismo centro, pero coincidentes en una cosa: ambas se llevan por delante aquel espíritu que en su búsqueda genuina de sabiduría y trascendencia nunca comulga ni con unos ni con otros.</p>



<p>La salida a la tercera vía es complicada, pues vivimos un mundo donde los valores tradicionales están radicalmente transmutados e invertidos. Es un continuo nadar contra corriente en este mundo decadente en descomposición, pero es la única vía donde el hombre actual puede volver a recuperar su esencia más íntima, para encontrar el verdadero sentido de la vida, pues esa es la gran pregunta a la que tenemos que contestar.</p>



<p>El Odinismo-Ásatrú no tiene ningún libro sagrado ni ninguna verdad revelada, solo pretende mostrar como es el mundo donde ha nacido el hombre. Odín y los demás Dioses siempre han estado presentes en la naturaleza, solo hay que volver a observarla con cariño para encontrarlos.</p>
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		<title>La mujer, la tierra y la muerte</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Jun 2025 17:22:37 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>La mujer sagrada en la tradición germánica: tierra, memoria y destino Entre los pueblos germánicos de la Antigüedad, la mujer ocupó una posición que difícilmente puede comprenderse desde las categorías heredadas de épocas posteriores. Las fuentes clásicas, los testimonios arqueológicos y las tradiciones conservadas en las sagas escandinavas permiten entrever una realidad compleja en la &#8230;</p>
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<h4 data-start="75" data-end="620">La mujer sagrada en la tradición germánica: tierra, memoria y destino</h4>
<p data-start="75" data-end="620">Entre los pueblos germánicos de la Antigüedad, la mujer ocupó una posición que difícilmente puede comprenderse desde las categorías heredadas de épocas posteriores. Las fuentes clásicas, los testimonios arqueológicos y las tradiciones conservadas en las sagas escandinavas permiten entrever una realidad compleja en la que la figura femenina aparecía estrechamente vinculada a la fertilidad, la memoria ancestral, la adivinación, la transmisión del linaje y la relación entre la comunidad humana y las fuerzas invisibles que gobernaban el mundo.</p>
<p data-start="622" data-end="1194">Comprender esta concepción exige abandonar ciertos prejuicios modernos. No se trata de idealizar el pasado ni de presentar a las sociedades germánicas como paraísos de igualdad inexistentes en la realidad histórica. Como todas las sociedades tradicionales, estaban estructuradas según funciones diferenciadas y poseían una visión del mundo profundamente distinta a la nuestra. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que numerosos testimonios antiguos atribuyen a las mujeres un prestigio espiritual y una autoridad moral que sorprendieron incluso a los observadores romanos. En el fondo de esta visión se encuentra una intuición muy antigua: la identificación simbólica entre</p>
<h4 data-start="622" data-end="1194">la mujer y la tierra.</h4>
<p data-start="1320" data-end="1749">La tierra representa la fertilidad, pero también constituye la fuente originaria de toda riqueza. De ella brotan los bosques, los cereales, los frutos y el alimento que sostiene la existencia humana. Todo procede de ella y todo retorna finalmente a su seno. La semilla germina gracias a la tierra, crece alimentándose de ella y solo alcanza su plenitud mediante una relación constante con ese principio generador que la sostiene. Esta percepción no era simplemente agrícola. Encerraba una profunda dimensión espiritual. La tierra aparecía como una madre cósmica, origen de la vida visible y fundamento invisible de toda prosperidad. No resulta extraño, por tanto, que la figura femenina participara de ese mismo simbolismo. Así como las raíces ocultas sostienen la fuerza y la altura de un árbol, la mujer era contemplada como un principio de continuidad sobre el que descansaba la permanencia del linaje y de la comunidad.</p>
<p data-start="2246" data-end="2726">La palabra «madre» posee una resonancia que trasciende la biología. Evoca protección, transmisión, origen y permanencia. En numerosas culturas indoeuropeas, la maternidad se entendía no solo como la capacidad de dar vida, sino también como la facultad de preservar y transmitir aquello que permite a un pueblo seguir existiendo. En este sentido, la mujer era percibida como una fuerza estructuradora de la sociedad, una presencia que garantizaba la continuidad entre generaciones. Las fuentes antiguas muestran que las mujeres germánicas participaban activamente en la vida colectiva. Lejos de constituir figuras marginales, desempeñaban funciones esenciales dentro de la familia extensa y del grupo de parentesco. Su papel no se limitaba al ámbito doméstico, sino que alcanzaba dimensiones sociales, religiosas y culturales de gran importancia.</p>
<p data-start="3094" data-end="3524">Algunos investigadores han sugerido incluso que determinadas costumbres conservaban vestigios de estructuras más antiguas donde la influencia femenina había sido aún mayor. Aunque estas hipótesis deben manejarse con cautela, lo cierto es que la documentación disponible revela una valoración de la mujer que contrasta con ciertos modelos posteriores desarrollados en Europa bajo la influencia de tradiciones religiosas diferentes.</p>
<p data-start="3526" data-end="3869">Tácito, en su obra <em data-start="3545" data-end="3555">Germania</em>, señala expresamente el respeto que los germanos sentían hacia las mujeres y la importancia que atribuían a sus opiniones. Lejos de considerarlas inferiores o incapaces de intervenir en asuntos relevantes, las percibían como poseedoras de una sensibilidad especial para comprender aspectos ocultos de la realidad.Esta idea aparece repetidamente en las fuentes. Los germanos atribuían a determinadas mujeres una capacidad singular para acceder al conocimiento de los dioses, interpretar presagios y comprender los designios del destino. En consecuencia, su consejo era buscado y escuchado con atención.La figura de Veleda, célebre profetisa de los brúcteros en el siglo I d.C., constituye uno de los ejemplos más conocidos. Su prestigio fue tan grande que ejerció una influencia política considerable y llegó a ser consultada por tribus enteras. Los romanos contemplaron con asombro la autoridad de esta mujer, cuya palabra era considerada inspirada por poderes superiores.</p>
<p data-start="4534" data-end="4809">Veleda no fue una excepción aislada. Las fuentes mencionan otras mujeres dotadas de funciones semejantes, lo que sugiere la existencia de una tradición religiosa donde determinadas figuras femeninas actuaban como intermediarias entre el mundo humano y las fuerzas invisibles. Estas sacerdotisas desempeñaban tareas adivinatorias y rituales. Algunas eran ancianas cuya experiencia y sabiduría les conferían autoridad; otras eran jóvenes vírgenes asociadas a estados de pureza ritual. Las descripciones antiguas destacan frecuentemente elementos simbólicos como las vestiduras blancas, los pies descalzos o determinados adornos metálicos, rasgos que parecen formar parte de un lenguaje religioso común a diversas culturas indoeuropeas.</p>
<p data-start="5270" data-end="5448">Sin embargo, reducir la importancia de estas mujeres a la adivinación sería insuficiente. Su función principal consistía en custodiar la relación entre la comunidad y lo sagrado. En las sociedades tradicionales, la religión no constituía una esfera separada de la existencia cotidiana. Lo sagrado impregnaba todos los aspectos de la vida: la guerra, la agricultura, el matrimonio, el nacimiento y la muerte. Quienes poseían la capacidad de interpretar los signos divinos ejercían por ello una influencia que trascendía ampliamente el ámbito estrictamente ritual. La mujer aparecía así vinculada a una forma de conocimiento distinta de la fuerza física o del poder militar. Su autoridad nacía de su capacidad para preservar la armonía entre el mundo visible y el invisible. Pero existe otro aspecto igualmente importante:</p>
<h4 data-start="5270" data-end="5448">la mujer como guardiana de la memoria.</h4>
<p data-start="6144" data-end="6475">Antes de la generalización de la escritura, la identidad de un pueblo dependía en gran medida de la transmisión oral. Las hazañas de los héroes, las genealogías familiares, los relatos míticos y las tradiciones ancestrales sobrevivían gracias a la memoria colectiva. En este contexto, las mujeres desempeñaban un papel fundamental.</p>
<p data-start="6477" data-end="6758">Las fuentes antiguas y los paralelos etnográficos sugieren que las madres transmitían a sus hijos relatos, cantos y tradiciones que mantenían vivo el recuerdo de los antepasados. La historia de la comunidad no se conservaba en libros, sino en la palabra viva de quienes recordaban. Esta función tenía una importancia enorme. La memoria constituía el fundamento de la identidad. Un pueblo que olvidaba sus orígenes corría el riesgo de perder aquello que le daba cohesión y sentido. Por ello, la mujer aparecía como un puente entre generaciones. A través de ella se transmitían no solo la vida biológica y el linaje, sino también los valores, las creencias y la memoria colectiva.</p>
<p data-start="7159" data-end="7252">Esta relación entre memoria y maternidad se hace especialmente visible en el ámbito guerrero. A primera vista podría parecer extraño asociar a la mujer con la guerra. Sin embargo, en la mentalidad germánica ambos ámbitos se encontraban profundamente conectados. La guerra no era entendida únicamente como un enfrentamiento militar. Constituía una cuestión que afectaba a toda la comunidad, vivos y muertos incluidos. En ella estaba en juego la supervivencia del grupo, la continuidad del linaje y la preservación de las tradiciones heredadas.</p>
<p data-start="7705" data-end="7942">Por ello, las mujeres desempeñaban un papel esencial como guardianas del recuerdo de los héroes y de las gestas pasadas. Los guerreros combatían sabiendo que representaban a una larga cadena de antepasados cuya memoria debía ser honrada. Tácito describe una costumbre particularmente reveladora: antes del combate, los germanos entonaban un canto ritual denominado <em data-start="8071" data-end="8081">barritus</em>. Este canto no era simplemente una arenga militar destinada a elevar la moral de las tropas. Su función era mucho más profunda.</p>
<p data-start="8211" data-end="8526">El <em data-start="8214" data-end="8224">barritus</em> constituía una forma de invocación colectiva. Los guerreros acercaban sus escudos a la boca para amplificar el sonido y producir un efecto sobrecogedor. El objetivo no consistía únicamente en intimidar al enemigo, sino en establecer un vínculo con las fuerzas ancestrales que protegían a la comunidad. La guerra era concebida como una empresa común de vivos y muertos. Los espíritus de los antepasados seguían formando parte de la estirpe y podían acudir en ayuda de sus descendientes. El canto ritual servía para convocar simbólicamente esa presencia. En este contexto, el escudo adquiría un significado que trascendía por completo su función militar. No era un simple objeto defensivo. Representaba la continuidad del linaje transmitido de generación en generación, el escudo constituía una prueba tangible de pertenencia a una comunidad de sangre y memoria. Cada marca, cada desgaste y cada herencia acumulada lo convertían en un símbolo vivo de la identidad familiar.</p>
<p data-start="9202" data-end="9462">Esta concepción ayuda a comprender ciertas costumbres matrimoniales descritas por Tácito. Según el autor romano, el marido entregaba a la esposa diversos presentes, entre ellos armas y equipo guerrero. La mujer, por su parte, ofrecía también armas a su esposo. Lejos de constituir un gesto puramente simbólico, este intercambio expresaba la integración de la mujer en la continuidad espiritual del linaje. Las armas transmitidas debían conservarse cuidadosamente y pasar posteriormente a los hijos, preservando intacta su dignidad y su significado.</p>
<p data-start="9753" data-end="10050">La mujer aparecía así como custodia de la herencia ancestral. Era ella quien garantizaba la transmisión de los objetos cargados de memoria y significado. Su función no consistía simplemente en conservar bienes materiales, sino en proteger la continuidad de la estirpe a través de las generaciones. Resulta significativo que muchas de estas tradiciones encuentren paralelos entre diversos pueblos célticos de Europa occidental. También allí aparecen mujeres con facultades proféticas, guardianas de la memoria colectiva y transmisoras de las hazañas de los antepasados mediante cantos y relatos. Estos paralelos sugieren la existencia de una antigua herencia cultural indoeuropea donde la figura femenina ocupaba una posición central en la preservación de la identidad colectiva.</p>
<p data-start="10535" data-end="10660"><span style="text-decoration: underline;">La mujer representaba la continuidad frente al cambio, la memoria frente al olvido y la permanencia frente a la desaparición.</span></p>
<p data-start="10662" data-end="10931">Por ello, cuando las fuentes germánicas hablan de profetisas, sacerdotisas, madres o guardianas del linaje, no se refieren simplemente a funciones sociales concretas. Hablan de una concepción del mundo en la que la mujer encarna una dimensión esencial de la existencia. Ella aparece vinculada a la tierra que nutre, a la memoria que preserva, al destino que orienta y a la comunidad que perdura. En última instancia, el respeto que los pueblos germánicos mostraron hacia determinadas figuras femeninas no puede entenderse únicamente en términos políticos o sociales. Se fundamentaba en una visión sagrada de la realidad. La mujer era contemplada como portadora de una fuerza que hacía posible la continuidad de la vida, de la memoria y del pueblo mismo.</p>
<p data-start="11420" data-end="11698">Como la tierra de la que brota la semilla, permanecía muchas veces en segundo plano, silenciosa e invisible. Pero era precisamente esa presencia discreta la que sostenía el crecimiento del árbol. Sin raíces profundas no hay tronco fuerte, ni ramas elevadas, ni frutos duraderos. Y quizá por eso, para los antiguos germanos, honrar a las mujeres significaba también honrar aquello que permite a una comunidad sobrevivir al paso del tiempo: la memoria de los antepasados, la transmisión del linaje y la permanencia de las tradiciones que dan sentido a la existencia colectiva.</p>
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		<title>España ha dejado de ser católica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 03 Jun 2025 16:15:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[asatru]]></category>
		<category><![CDATA[odinismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Solo el 55% de los españoles se reconoce como católico, frente al 90% de finales de los setenta El avance de la secularización de la sociedad es especialmente notable entre los jóvenes: en 2002, el 60% de la población de 18 a 29 años se identificaba como católica, mientras que en 2024 solo lo hacía &#8230;</p>
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<li><strong>Solo el 55% de los españoles se reconoce como católico, frente al 90% de finales de los setenta</strong></li>
<li><strong>El avance de la secularización de la sociedad es especialmente notable entre los jóvenes: en 2002, el 60% de la población de 18 a 29 años se identificaba como católica, mientras que en 2024 solo lo hacía el 32%</strong></li>
<li><strong>El porcentaje de indiferentes, agnósticos o ateos ha subido del 22% en 2002 al 42% en 2024</strong></li>
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									<p>Solo el 55 % de los españoles mayores de edad se identifica como católico, cifra que dista considerablemente del 90% registrado en la segunda mitad de los años setenta. La última de las Notas de Coyuntura Social, editada por Funcas, evidencia la secularización de la sociedad en España, un país que durante siglos fue considerado uno de los bastiones del catolicismo y motor de su difusión internacional.</p>								</div>
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									<p>Aunque la disminución en la proporción de católicos es sustantiva en todos los grupos de edad, es especialmente profunda entre los más jóvenes, según los datos de la Encuesta Social Europea analizados por Funcas. En 2002, el 60% de la población de 18 a 29 años se identificaba como católica, mientras que en 2024 solo lo hacía el 32%.</p>								</div>
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									<p>El avance de la secularización puede atribuirse en gran medida al reemplazo generacional, sin embargo, no es el único factor que explica la caída de la identificación católica de la población. Junto con la incorporación de generaciones menos religiosas, también se da una pérdida de religiosidad a lo largo de la vida. Por ejemplo, el 83% de los nacidos entre 1943 y 1952 se identificaban como católicos en 2002, cuando tenían entre 50 y 59 años, pero en 2024, ya con edades entre los 70 y 79 años, esa cifra había caído al 73%. Esta evolución es aún más marcada en las generaciones más jóvenes: entre 2002 y 2024, la proporción de católicos entre quienes nacieron entre 1973 y 1984 pasó del 60% al 42%.</p>								</div>
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									<p>En este caso la pérdida de la religiosidad católica es entre las personas que siendo católicas en un principio han perdido la fe, ya no creen en Cristo-Jesús.</p>								</div>
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									<p>Entre las personas nacidas entre los años 1973 y 1984, el abandono de la fe católica se desplomó.  </p>								</div>
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									<p>El espacio del catolicismo apenas ha sido ocupado por otras religiones, como podría esperarse, en parte, por la incorporación de población de origen extranjero a la sociedad española, sino que en su mayoría se corresponde con quienes se declaran indiferentes, agnósticos o ateos, es decir, con quienes no tienen una adscripción religiosa. Así, el porcentaje de quienes no se identifican con ninguna religión ha pasado del 22% en 2002 al 42% en 2024, lo que representa un cambio sustancial en el panorama religioso del país.<br />Según los datos de la Encuesta Social Europea, la práctica religiosa en España también se sitúa en niveles históricamente bajos. En 2024 solo un 17% de los residentes adultos se identificaba como católico y asistía a oficios religiosos con una frecuencia al menos mensual, cifra que, sin embargo, en 2002 todavía alcanzaba al 28%. Por edades, en 2024, solo el 8% de los residentes de 18 a 29 años se identificaba como católico y asistía a oficios con regularidad (al menos una vez al mes), frente al 33% en el grupo de 70 años o más.</p>
<p><br /><strong>Matrimonios religiosos y religión en la escuela</strong><br />La pérdida de influencia de la religión en la vida cotidiana se comprueba en dos indicadores que reflejan el menguante papel de la socialización de las generaciones venideras en el catolicismo y sugieren que el proceso de secularización todavía tiene recorrido: el desplome de los matrimonios católicos y la caída paulatina de la matrícula en la asignatura de religión católica. En cuanto al primero, en 2023, solo el 18% de los matrimonios entre personas de distinto sexo se celebró por el rito católico; en 1976 prácticamente todos los matrimonios eran religiosos e, incluso en el año 2000, aún representaban el 76% del total.<br />Respecto a la proporción de niños matriculados en la asignatura de religión católica en la escuela, en el último curso con datos disponibles, 2022-2023, el 56% del alumnado de Primaria lo estaba, frente al 85% del primer curso con datos, 1998-1999. En los centros públicos, la matrícula en esa asignatura bajó del 81% al 44%. En los privados, aunque también desciende, la enseñanza de la religión católica sigue siendo mayoritaria: pasó del 91% al 82%. Estas diferencias no necesariamente reflejan un mayor nivel de religiosidad de las familias de la escuela privada, sino que pueden estar relacionadas con la orientación confesional de la mayoría de estos centros en España y con que algunas familias prioricen aspectos como el proyecto educativo o el entorno social sobre la correspondencia de la enseñanza religiosa con la identificación y la práctica cotidiana de la familia.</p>								</div>
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									<p>Estos datos no hacen sino confirmar lo que es evidente en nuestra sociedad, el desplome del catolicismo en España es Colosal. Parece que los 1700 años de imposición religiosa por la fuerza, se han difuminado de un plumazo. No solamente no han dejado rastro en nuestro entorno, sino que el fenómeno no ha parado. Se va acentuando más rápidamente aún. Ahora los seminarios están vacíos, dentro de unos pocos años, serán las iglesias las que se vaciarán completamente.</p>
<p>Por delante tenemos un reto, tenemos una oportunidad para que Europa vuelva a recuperar sus raíces religiosas, para que el movimiento Odinista se implante de una manera generalizada. Porque el hombre no puede vivir sin espiritualidad. En la ética materialista el hombre no es sino un número. Un DNI con el que hacienda exprime nuestro esfuerzo cotidiano, y por el que vemos pasar una triste existencia. La vida es algo maravilloso que merece la pena ser vivida. Pero no se trata de acumular bienes materiales y no ser conscientes de que nuestro preciado tiempo se esfuma de entre los dedos de nuestras manos.<br /><br />Nuestros Dioses nunca se fueron. La iglesia no consiguió acabar con ellos. Y ahora están aquí junto a nosotros.<br /><br /><strong>¡Odín Vive!</strong></p>								</div>
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		<p>La entrada <a href="https://asatru.es/espana-ha-dejado-de-ser-catolica/">España ha dejado de ser católica</a> se publicó primero en <a href="https://asatru.es">Comunidad Odinista de España-Ásatrú</a>.</p>
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		<title>Moncayo, nuestra montaña sagrada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 25 May 2025 20:47:54 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Moncayo, nuestra montaña sagrada Se nos ha preguntado a menudo por qué dentro de nuestras principales actividades figura la de una ascensión anual a Moncayo. La respuesta es simple: Es nuestra montaña sagrada. En este trabajo desgranaremos los conceptos en los que se basa la concepción que impregna esta actividad. La montaña ha sido siempre &#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="10517" class="elementor elementor-10517">
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Moncayo, nuestra montaña sagrada</h2>				</div>
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									<p>Se nos ha preguntado a menudo por qué dentro de nuestras principales actividades figura la de una ascensión anual a Moncayo. La respuesta es simple: Es nuestra montaña sagrada.</p><p>En este trabajo desgranaremos los conceptos en los que se basa la concepción que impregna esta actividad.</p><p>La montaña ha sido siempre un elemento de gran simbolismo, ligado principalmente al sacrificio humano, físico y mental, en pos de elevarse por encima de las nubes y del propio ser. Partiendo de la base de que no es solamente alcanzar la cima lo que nos hace ser conscientes de la función sagrada de una montaña, deberemos analizar la multiplicidad de factores que inciden en ello: La subida como actitud mental. En medio de un silencio sobrecogedor como pocos y de una soledad inquietante, se yergue majestuosa, serena e imperturbable la montaña: santuario pétreo, centinela misterioso, gigante coronado de nieve —frecuentemente visitado por un ejército de celajes—, mansión de dioses, espíritus, genios y criaturas extrañas, morada de los muertos, «alma vieja», un eje que conecta el Cielo con la Tierra, lugar de inspiración y meditación, uno de los sitios preferidos para dar culto a las deidades y ofrecer sacrificios, enclave de pactos divinos, en resumen, un espacio sagrado por excelencia: «La montaña, por estar más cerca del cielo, es sagrada por dos conceptos:</p><ul><li> por un lado, participa del simbolismo espacial de la trascendencia («alto», «vertical», «supremo», etc.)</li><li> y por otro, es el dominio por excelencia de las hierofanías atmosféricas, y en su virtud, la morada de los dioses. Todas las mitologías tienen una montaña sagrada. Todos los dioses celestes tienen en sitios altos lugares dedicados a su culto. Los valores simbólicos y religiosos de las montañas son innumerables.</li></ul><p>La montaña posee un simbolismo muy especial ya que es el lugar de la tierra que está más cerca del cielo y también el primer punto donde el cielo puede unirse con la tierra. Es un lugar de encuentro, de reunión, de hierofanía . Es también la imagen de un cuerpo, un cuerpo sutil, pues su forma recuerda a la pirámide que desde la base se sutiliza hasta su cúspide. Se trata de una tierra pura donde la unión entre lo inferior y lo superior es posible y donde los hombres que la habitan disfrutan de la presencia de los dioses, tal como lo afirma un aforismo:” El sabio se glorifica únicamente en su unión con la divinidad, es decir, que reposa y calla lo más a menudo posible, ya que la unión de los hombres con la divinidad sólo puede realizarse sobre la montaña sagrada en la unidad del silencio reposante”.</p><p>Se llega a esta montaña después de haber pasado por la noche, el caos e, incluso, por el infierno. Dicho de otro modo, desde la oscuridad y lo inferior surge un cuerpo puro. Escalar la montaña es un verdadero rito de iniciación, un encuentro con uno mismo, una búsqueda de alimento espiritual, una gran oportunidad de entrar en la «vida adulta del alma».</p><p style="text-align: left;">La montaña es, simbólicamente, la escalera que se eleva desde el mundo de los hombres hasta el lugar donde residen los dioses. <img loading="lazy" decoding="async" class="alignright wp-image-10520" src="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/Moncayo-2-300x224.jpg" alt="" width="405" height="302" srcset="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/Moncayo-2-300x224.jpg 300w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/Moncayo-2-1024x765.jpg 1024w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/Moncayo-2-768x574.jpg 768w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/Moncayo-2-1536x1147.jpg 1536w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/Moncayo-2-2048x1530.jpg 2048w" sizes="(max-width: 405px) 100vw, 405px" />En este sentido es el centro del mundo, pues al ascender por la escalinata de un recinto sagrado, situado generalmente en el lugar geográfico más alto: la mente del peregrino se eleva desde su punto de partida terrenal hasta estados trascendentes. La búsqueda de la trascendencia es lo que da sentido al camino desde la base hasta la cumbre. En efecto, como el centro del mundo, enlazando la tierra y el cielo y sujetando las cuatro direcciones cardinales, la montaña representa un axis mundi (el centro del mundo). El lugar donde se une lo de arriba y lo de abajo, el cielo y la tierra. La falda de la montaña continúa las cualidades de la tierra y por ello es múltiple; por el contrario, la cima representa la sublimación de la materia y, en consecuencia, es el vínculo trascendente del hombre con los dioses.</p>								</div>
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									<p>En la tradición oriental predomina el sentido inmanente mientras que la occidental es más trascendente, pero en ambos casos el simbolismo es el mismo y la iluminación se produce por la unión de la luz y su sombra. Simbólicamente, la escalera, la montaña y la cima son lo mismo: el lugar de la manifestación de la luz corporificada.</p><h4>Lyfjaberg</h4><p>En nuestra mitología, tenemos una montaña sagrada: Lyfjaberg (del nórdico antiguo: montaña de la sanación) donde la gigante Menglöð se sienta en su cumbre acompañada de nueve doncellas, posiblemente nornas o valquirias. Menglöð está prisionera de un gigante llamado Fjölsvinnr y rescatada por el héroe Svipdagr según el poema Fjölsvinnsmál. En el castillo de Lyfjaberg habita un vigilante llamado Fjölsviðr, un nombre para Odín en Grímnismál, acompañado de sus lobos Geri y Gifr.</p><p style="text-align: center;"><em>La montaña es sanadora </em><br /><em>Te levanta el ánimo </em><br /><em>Te reduce el estrés </em><br /><em>Te nutre el alma </em><br /><em>Tiene algo tan adictivo </em><br /><em>Que nos hace querer </em><br /><em>Regresar siempre.</em></p><p>El término Valhalla es notorio en la religión escandinava, su significado es “el palacio de los caídos», en el cual Odín gobierna (aquí, como en las tradiciones helénicas, para los seres vulgares no hay, tras la muerte, más que la existencia oscura y mediocre en el Helheim), reservado a los nobles y esencialmente a los héroes caídos en el campo de batalla. Según el dicho según el cual «la sangre de los héroes está más cerca de los dioses que la tinta de los sabios y las plegarias de los devotos», involucra en estas antiguas tradiciones el culto y el sacrifico, que es más grato a la divinidad máxima Odín y más fecundo de frutos supramundanos. Los caídos por Odín quedaban así transformados en sus «hijos» e inmortalizados junto a los reyes divinizados, en el Valhalla, lugar que frecuentemente se asimila al Asgard, a la ciudad de los Ases, es decir, de las luminosas naturalezas divinas en perenne lucha contra los Elementales, contra las criaturas tenebrosas de la tierra.</p><figure id="attachment_10521" aria-describedby="caption-attachment-10521" style="width: 300px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-medium wp-image-10521" src="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/c-topaz-denoise-enhance-4x-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" srcset="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/c-topaz-denoise-enhance-4x-300x225.jpg 300w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/c-topaz-denoise-enhance-4x-1024x769.jpg 1024w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/c-topaz-denoise-enhance-4x-768x577.jpg 768w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/c-topaz-denoise-enhance-4x-1536x1153.jpg 1536w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/c-topaz-denoise-enhance-4x-2048x1537.jpg 2048w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /><figcaption id="caption-attachment-10521" class="wp-caption-text">II ascensión a Moncayo. Tiendas de COE en la cumbre</figcaption></figure><p>Valhalla aparece como nombre de cumbres suecas y escandinavas y en montes antiguos, como el Helgafell, el Krossholar y el Hlidskjalf fue concebida la sede de los héroes y de los príncipes divinizados. El Asgard aparece a menudo en Edda como el Glitmirbjorg, la «montaña resplandeciente» o el Himinbjorg, donde la idea de montaña y la de cielo luminoso, de calidad luminosa celeste, se confunden. Queda pues el tema central del Asgard como un monte altísimo, sobre cuya cumbre helada, por encima de las nubes y de las nieves, brilla una claridad eterna.</p><p>Así vemos que, la «montaña» como Valhalla es también el lugar donde prorrumpe tempestuosamente y sobre el cual vuelve a posarse el sedicente Wildes Heer. Aquí se trata de un antiguo concepto popular nórdico, expresado en la forma superior de un ejército mandado por Odín e integrado por los héroes caídos. Según esta tradición, el sacrificio heroico de la sangre (y por la cual el iniciado victorioso sobre la muerte venía asimilado a la figura de los héroes y de los vencedores) sirve también para acrecentar con nuevas fuerzas aquel ejército espiritual irresistible -el Wildes Heer- del cual Odín, dios de las batallas, tiene necesidad para alcanzar un objetivo último y trascendente: luchar en el Ragnarök contra las fuerzas del caos que provocan el acabamiento del mundo viejo y enfermo, que lideran el inexorable paso del tiempo y la caducidad de todo.</p><p>A través de estas tradiciones, unidas en su significado íntimo y no tanto en su forma exotérica, llegamos pues al concepto más elevado del ciclo de los mitos sobre la divinidad de la montaña; y afirmaremos encontrar personalmente, en nuestros recuerdos nostálgicos de la guerra en la alta montaña, casi un eco de esta lejana realidad. Sede del amanecer, del heroísmo, y, si es necesario, de la muerte heroica transfigurante, lugar de un «entusiasmo» que tiende hacia estadios trascendentes, de un ascenso desnudo y de una fuerza solar triunfal opuesta a las fuerzas paralizantes, que oscurecen y bestializan la vida&#8230; así resulta ser, pues, la sensación simbólica de la montaña entre los antiguos, cual resulta de un círculo de leyendas y de mitos provistos de grandes caracteres de uniformidad. Detrás del mito y detrás del símbolo condicionado por el tiempo existe un «espíritu», que puede siempre revivir y tomar expresión eficaz en nuevas formas y en nuevas acciones. Esto, precisamente, es lo que importa.</p><p>Moncayo</p><figure id="attachment_10522" aria-describedby="caption-attachment-10522" style="width: 800px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-10522 size-full" src="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/p1424230411.jpg" alt="" width="800" height="600" srcset="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/p1424230411.jpg 800w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/p1424230411-300x225.jpg 300w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/p1424230411-768x576.jpg 768w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /><figcaption id="caption-attachment-10522" class="wp-caption-text">I subida de COE a Moncayo 2011</figcaption></figure><p>Si bien, Lyfjaberg, es nuestra referencia mitológica, La Comunidad Odinista de España-Ásatrú necesita centros de poder tangibles para poder realizar nuestro culto de una manera cotidiana, pues nuestra religión no conoce de “creencias” teóricas, sino de practicas habituales, del día a día. Encontrar esos centros de poder no es difícil, pues nuestros antepasados ya nos marcaron un camino, en concreto los celtíberos, pueblo hermano de los germanos, que comparte su esencia, cultura y dioses. Estos veneraban a una montaña, especial, una montaña sagrada: El Moncayo.</p><p>“&#8230;llamaban a este pico los romanos, Monte Cauno, aludiendo a las nieves de que suele estar cubierto la mayor parte del año, y en él comenzaba la región propiamente llamada Celtiberia. En su falda está el pueblo pequeño de la Cueva, así llamado por una muy profunda, sobre la cual está fundado. Es tradición que en esta cueva habitaba el dios Caco, y cerca de ella tenía Hércules sus bueyes pastando libremente por las verdes praderas. Róbole aquél a éste algunos de sus bueyes y para no ser descubierto por las huellas, pues el suelo está en los sitos altos de ordinario tapizado de nieve, hízolos entrar hacia atrás en su vivienda. Los bueyes que quedaron fuera echaron, sin embargo, de menos a sus compañeros y comenzaron a dar bramidos digiriéndose a la cueva, con lo que el hijo de Júpiter y Alcmena sorprendió al malhechor e indignado le echó encima el monte Cauno sepultándolo debajo. Desde entonces el monte cambió el nombre por el que hoy tiene de Moncayo, que quiere decir tanto como monte de Caco. Esta invención tuvo origen, a no dudar, en la Edad Media, época de las leyendas, aplicando a este monte la fábula mitológica del monte Aventino, en Roma, por la semejanza de los sitios”</p>								</div>
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									<h4>La subida a la montaña</h4><figure id="attachment_10523" aria-describedby="caption-attachment-10523" style="width: 225px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-10523 size-medium" src="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/IMG-20240513-WA0107-225x300.jpg" alt="III subida de COE a Moncayo" width="225" height="300" srcset="https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/IMG-20240513-WA0107-225x300.jpg 225w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/IMG-20240513-WA0107-768x1024.jpg 768w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/IMG-20240513-WA0107-300x400.jpg 300w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/IMG-20240513-WA0107-1152x1536.jpg 1152w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2025/05/IMG-20240513-WA0107.jpg 1200w" sizes="(max-width: 225px) 100vw, 225px" /><figcaption id="caption-attachment-10523" class="wp-caption-text">III subida de COE a Moncayo</figcaption></figure><p>El grupo musical Wardruna ha compuesto una canción a Lyfjaberg, en el que expone como si se tratara de una verdadera iniciación, el viaje hasta la cumbre de alguien quien necesita una curación ya sea de índole física o espiritual, por su importancia y significación vamos a comentarlo en las siguientes líneas:</p><p>En los primeros párrafos se insta al neófito a prepararse para el viaje (espiritual). Como punto de partida importantes se remarca la ejecución de una determinada respiración, para llegar a un estado de relajación mental. Se anima a bloquear todos los sentidos y dejarse llevar por nuestro espíritu más profundo, por nuestra intuición, que llega a través de la piel:</p><p style="text-align: center;"><em>Ensilla tu alma y déjala cabalgar</em><br /><em>Con ojos ciegos, seguramente encontrarás el camino</em><br /><em>Respira hondo &#8211; deja volar tus pensamientos</em><br /><em>Déjalos salir lentamente &#8211; entre el viento &#8211;</em></p><p>Como hijas de la Noche, las Nornas gobiernan los destinos tenebrosos de la humanidad. La hebra de hilo dorada representa la vida de cada persona, así como su destino, y las Nornas la hilan en su rueca o torno de hilar- de ahí la apelación al eje que gira- Al llegar el término de la vida, las hermanas cortaban el hilo. Urd hilaba la hebra, Verdandi asignaba la duración del tiempo de vida y Skuld la cortaba cuando era el momento de que alguien muriera. Los mismos dioses no son capaces de interferir porque son las Nornas quienes deciden sobre el destino, lo que significa que ni siquiera los dioses son capaces de salvarse a sí mismos.</p><p>Se hace referencia a los Galdr que son encantamientos y hechizos en forma de canciones, y se usaban en combinación con ciertos ritos.</p><p style="text-align: center;"><em>El eje gira &#8211; los pensamientos entrelazan la mirada</em><br /><em>La hechizante canción atrae al alma desde su forma</em><br /><em>A través de la puerta, a través del velo de La telaraña</em></p><p>El recurso de la carga u opresión nos recuerda en la obra de Tolkien, cuando Frodo Bolsón lleva al anillo de poder al monte del destino, hacia su destrucción. Señalemos el doble simbolismo, el de la carga del anillo y la subida a la montaña del destino para su destrucción.</p><p style="text-align: center;"><em>Soportando una pesada carga con pies descalzos</em><br /><em>Un empinado camino que viene de lo más profundo de tu interior</em><br /><em>En lo alto de la montaña sanadora, 9 doncellas esperan</em></p><p>La primera parada es una alusión a nuestra entrada a la juventud, desde la niñez y adolescencia, donde empezamos a explorar la vida. Se anima a dejar lo superfluo en innecesario.</p><p style="text-align: center;"><em>En la primera parada donde se cruzan los caminos, haz una pausa</em><br /><em>Deja tu ropa y todo lo que tienes</em><br /><em>Hacia dónde te diriges, serán inútiles</em></p><p style="text-align: center;"><em>La carga se aligera, pero pesado es el camino por delante</em></p><p>La segunda parada responde al otro rito de paso, el de la madurez de nuestras vidas, donde ya hemos pasado por experiencias dolorosas y la frustración ha roto nuestros primitivos sueños, reduciéndolos a polvo en el recuerdo. Debemos parar. No podemos seguir con el vértigo que azota nuestras vidas.</p><p style="text-align: center;"><em>En la segunda parada donde se cruzan los caminos, haz una pausa</em><br /><em>Deja el tiempo atrás y los pesados pensamientos</em><br /><em>Hacia dónde te diriges, serán inútiles</em></p><p>La carga se aligera, pero pesado es el camino por delante</p><p>El tercer cruce de caminos es el momento donde nos hemos dado cuenta de que nuestra vida no es satisfactoria, donde miedos y mascaras reinan en la vida social de nuestro entorno. Si queremos volver a reencontrar nuestra esencia debemos abandonarlas.</p><p style="text-align: center;"><em>En la tercera parada donde se cruzan los caminos, haz una pausa</em><br /><em>Deja atrás los miedos, deja caer todas las máscaras</em><br /><em>Hacia dónde te diriges, serán inútiles</em></p><p style="text-align: center;"><em>Aunque la carga sea ligera, pesado es el camino por delante</em></p><p>Has llegado a la cumbre, ahora estás solo contigo mismo, con tu propio destino, te sientes dueño de tu ser.</p><p style="text-align: center;"><em>Desnudo en la cima, la montaña te conoce</em><br /><em>El norte agita el ala de un águila, arrastrada por el viento</em><br /><em>Las mujeres de la sombra bailan acerca de ti</em><br /><em>Cantan para ti, entonando poderosas runas</em></p><p>El proceso de curación ha comenzado, tus heridas, enfermades físicas o mentales serán curadas:</p><p style="text-align: center;"><em>Heridas y enfermedades</em><br /><em>De médula y sangre</em><br /><em>De carne y hueso</em><br /><em>De músculos y piel</em></p><p>Ahora llega el momento del conjuro, de la iniciación donde debes de morir a tu antigua vida para renacer en un hombre nuevo, donde la montaña obra el prodigio. Sin sol ni luna, intemporal, eterno en tu existencia:</p><p style="text-align: center;"><em>En el clima y el viento</em><br /><em>Te desvaneces</em><br /><em>Te convocó a la montaña azul</em><br /><em>Dónde ni el sol ni la luz de la luna pueden alcanzarte</em><br /><em>Te convocó al bosque donde nadie habita</em><br /><em>Y hacia el mar donde ningún hombre rema</em></p><p>El espíritu de la montaña está por doquier, todo lo impregna. Se introduce dentro de ti y ejerce ese poder sanador:</p><p style="text-align: center;"><em>Profundo debajo de la piedra de barro </em><br /><em>Corre a través de los ríos</em><br /><em>Y rueda con las mareas del océano</em><br /><em>Siempre se levanta de pie</em><br /><em>Consuela los enfermos y afligidos</em></p><p>Como colofón, la montaña decreta su poder sobre el peregrino:</p><p style="text-align: center;"><em>Todos y cada uno de los que escalan la roca</em><br /><em>Encontrarán su dolor sanado de por vida</em><br /><em>Sube a Lyfjaberg</em><br /><em>Donde los ríos y arroyos,</em><br /><em>Bailan hacia el norte y hacia abajo</em><br /><em>La montaña alivia la salud de todos los que suben</em></p><p>Para nosotros subir al Moncayo es toda una experiencia interna, donde aliviamos nuestras heridas, pues la montaña sagrada nos regala una segunda oportunidad, trascendemos un paso más allá y bajamos regenerados y dispuestos a seguir con la lucha. Es algo mágico que no se puede definir con palabras.</p><p><strong>Hay que subir la montaña.</strong></p>								</div>
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									<p>IV subida de COE a Moncayo. 2025</p>								</div>
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		<p>La entrada <a href="https://asatru.es/moncayo-nuestra-montana-sagrada/">Moncayo, nuestra montaña sagrada</a> se publicó primero en <a href="https://asatru.es">Comunidad Odinista de España-Ásatrú</a>.</p>
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		<title>El valor de la religiosidad, hoy.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ernesto Ginés García Mora]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 01 Feb 2025 23:11:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[Religión]]></category>
		<category><![CDATA[asatru]]></category>
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<p>Cada día, a nivel global y nacional, se proponen acciones para contener o solucionar los crecientes problemas que hoy caracterizan a toda la humanidad, alienada de sí misma y lanzada en busca de un paraíso terrenal efímero e inalcanzable. La vida entera del hombre está dedicada a esta quimera. La búsqueda del bienestar material, a cualquier precio y por cualquier medio, caracteriza toda su vida, pero los problemas aumentan y la sensación de inquietud y desesperación es cada vez más generalizada y sólo conduce a un resultado autodestructivo.<br>El hombre debe dedicarse a la recuperación de su estado religioso, buscando una conducta moral virtuosa rigurosa y una acción religiosa unívoca encaminada a la realización de la verdadera salud personal, privada y pública.<br>La cultura, la formación del hombre, ha sido siempre una práctica indispensable y hoy es más necesaria que nunca, pero formar al hombre significa reconducirlo a su naturaleza esencial, de carácter divino, y por tanto significa formar al hombre religioso. Si no procedemos a reconstituir al hombre religioso, todos los medios puestos en marcha para resolver los diversos problemas no podrán producir ningún resultado verdaderamente justo y benéfico.<br>La naturaleza religiosa del hombre<br>El hombre es una entidad cuya esencia es de naturaleza estrictamente religiosa, es un ser espiritual cuya función es hacer presente lo Divino, en su plenitud, en el plano de la Tierra. La naturaleza del hombre es teofánica, revela y manifiesta el Ser en su intelecto, en su alma y en su cuerpo, en su composición une y media la realidad eterna y trascendente, con el devenir, en su apariencia e inmanencia. Así el hombre reúne, relee y, por tanto, realiza religiosamente, la unión del Cielo y la Tierra. Como ser teofánico, el hombre tiene la función de completar la inmanencia gloriosa de la presencia divina en todo orden de la Existencia Universal, de modo que en él se encuentra al mismo tiempo la identidad con el Ser Divino Supremo y la síntesis de la Manifestación integral. En su estado normal original, el hombre constituye la gloriosa forma sensible de la Divinidad en la Tierra; revela su naturaleza en forma simbólica y expresa su sabiduría y virtud en su plano existencial específico. El bien del hombre coincide con su estado religioso integral, en el que están presentes la bienaventuranza y la felicidad perfectas, la paz completa y la conducta perfectamente justa y ejemplar.<br>El hombre moderno ya no es religioso<br>Debido a una envoltura específica, el estado original del hombre, que era perfectamente religioso, ahora se ha perdido completamente. Con la degradación del estado religioso plenario, el hombre ha perdido la sabiduría divina que poseía y las virtudes que de ella procedían, su alma ha sufrido progresivamente el ascenso de la corporeidad y se ha sometido a todas las pasiones y a todo tipo de vicios. Hoy el hombre ya no revela a los Dioses y ya no realiza su función teofánica, su alma está dominada por la figura humana mortal, por lo tanto, está sujeto a la infelicidad y a la inquietud. En este estado, el hombre ya no es capaz de establecer la paz en sí mismo y en el mundo, ni tiene fuerza para establecer la justicia en el orbe humano. Habiendo perdido su estado religioso fundamental, el hombre está ahora perdido y su conducta existencial está sujeta a una gran confusión, la sociedad en que vive ha perdido su orientación hacia su primigenio objetivo y en todos los ámbitos existen injusticias y violencias de todo tipo, así como degradación moral y enfermedades cada vez más graves. La pérdida del estado religioso ha sido la mayor degradación para el hombre.</p>
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		<title>Celebración de Yule en el templo de Gaut: los orígenes de la Navidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 16 Dec 2024 22:03:04 +0000</pubDate>
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<p>La gran festividad archiconocida en el mundo occidental, esa tradición que tenemos tan arraigada y que celebramos cada año con la llegada del invierno con gran ilusión, tanto por los mayores como por los más pequeños, la llamamos Navidad. El término Navidad procede, a su vez, de otro término: Natividad. Es decir, lo que en realidad se celebra con grandes fastos es un nacimiento; muy importante debe de ser ese nacimiento para celebrarlo con tal pompa. Es pues, el día 25 de diciembre, el día elegido para celebrar el nacimiento del niño Jesús en la tradición católica. Durante el transcurso del tiempo que dura esta festividad, se observan varios elementos muy típicos de la misma, como el Árbol de Navidad decorado, el anciano con barba blanca que viene del norte en un carro tirado por renos, al que llaman Papa Noel o Santa Claus, los regalos a los niños, las copiosas comidas y cenas en familias al calor del hogar, iluminación en las casas y en las calles, etcétera. Sin embargo, si nos remontáramos a épocas anteriores al “Año Cero” observaríamos con cierta sorpresa que tanto en regiones del sur de Europa como en regiones del centro y el norte, eran llevadas a cabo ciertas festividades, coincidientes tanto en fechas como en muchos otros aspectos, con la Navidad actual.</p>



<p><strong><em>El solsticio de invierno</em></strong></p>



<p>El hombre, desde sus inicios, siempre se ha sentido intrigado por todo lo que ocurre a su alrededor: el día, la noche, los cambios de estación, la posición y los movimientos del sol, de la luna y de las estrellas, pues de ellos dependía en gran medida su subsistencia, ha tomado consciencia del carácter cíclico del tiempo y ha reconocido la importancia de los grandes eventos astrológicos, como son los equinoccios y sobretodo los solsticios.</p>



<p>El día 20 de diciembre ocurre uno de estos eventos astrológicos: el día en el que hay menos horas de luz y más oscuridad: la noche más larga del año. A partir del día 21 de diciembre (al día siguiente) los días, poco a poco, comienzan a hacerse más largos: el sol renace, tal evento, era pues, celebrado con gran alegría y entusiasmo, pues era visto como una promesa de que el frío invierno no duraría para siempre, y acabaría dejando lugar a la primavera y al buen tiempo. Era entonces, una festividad tan evidente, que la nueva religión no pudo obviar, y de esa manera, esta festividad ancestral ha sobrevivido hasta nuestros días bajo el nombre de la navidad, y el renacimiento del sol es ahora el ahora, el nacimiento de del niño-dios. La realidad es apenas ha habído cambios en los usos y las costumbres de esta festividad después de varios milenios: la iluminación navideña que tanto nos gusta y que encontramos en las calles de los pueblos y ciudades no es sino, equivalentes al fuego de Yule en honor al nacimiento del sol.</p>



<p><strong><em>Las Saturnales y Yule</em></strong></p>



<p>Las <em>Saturnales</em> o <em>Saturnalia </em>era una festividad muy importante ya en la antigua Roma. Se celebraba el día de la consagración del templo de Saturno en el foro romano el 17 de diciembre, con sacrificios y banquete público festivo (<em>lectisternium</em>) y al grito multitudinario de “<em>Io Saturnalia”</em>. Esta fiesta era tan apreciada por el pueblo, que de forma no oficial, se festejaba a lo largo de siete días, del 17 al 23 de diciembre. En las fiestas Saturnales se decoraban las casas con plantas y se encendían velas para celebrar la nueva venida de la luz. Los amigos y familiares se hacían regalos (velas o figurillas de barro) como los que se hacen en la fiesta de navidad.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="706" height="518" src="https://asatru.es/wp-content/uploads/2024/12/Imagen2.jpg" alt="" class="wp-image-10057" srcset="https://asatru.es/wp-content/uploads/2024/12/Imagen2.jpg 706w, https://asatru.es/wp-content/uploads/2024/12/Imagen2-300x220.jpg 300w" sizes="(max-width: 706px) 100vw, 706px" /></figure>



<p>En las tierras centrales y norteñas de Europa, entre los pueblos germánicos, tampoco era obviado este evento astrológico, y es precisamente tras la celebración del mism, cuando daba comienzo una celebración que llamaban <em>Júl </em>o <em>Jöl</em>, la cual, en los tiempos modernos ha quedado como <em>Yule. </em>La época de Yule, tanto para los germanos continentales como para anglosajones y escandinavos, simbolizaba el tiempo de paréntesis entre la muerte y la nueva vida, activado por el renacimiento del sol (Balder, el dios de la luz vuelve del inframundo, renace y trae una nueva esperanza; como una llama minúscula que se prende en Yule, crecerá y crecerá hasta que alumbre el mundo de nuevo en primavera). Grandes banquetes eran llevados a cabo; árboles eran engalanados simbolizando a Yggdrasil, el Árbol de la vida; Thor, el dios del trueno montado en su carro, y Odin a caballo realiza la cacería salvaje con su hueste fantasmal; los espíritus del invierno campando a sus anchas por la fría tierra. Resguardados del gélido invierno y buen recaudo, las gentes se reunían al calor del fuego de sus hogares, contando historias, recordando a los antepasados y viviendo la vida lo mejor posible, pues es esta, un regalo efímero.</p>



<figure class="wp-block-image alignright size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="182" height="119" src="https://asatru.es/wp-content/uploads/2024/12/Imagen3.jpg" alt="" class="wp-image-10058" style="width:280px;height:auto"/></figure>



<p><strong><em>Conclusión</em></strong></p>



<p>Son todas estas tradiciones trasmitidas a través de los tiempos y, aunque ocultas, en parte, están todas ellas recogidas en la festividad actual de la Navidad, incluso son llevadas a cabo y practicadas por todos nosotros de manera inconsciente, sin ni siquiera saber que lo que estamos haciendo al celebrar la Navidad no es, ni más ni menos que mantener las costumbres ancestrales de nuestros antepasados. Por tanto, y como no puede ser de otra manera, la Comunidad Odinista de España-Ásatrú reconectamos con nuestros antepasados y volvemos al origen de la tradición. Este sábado 21 de diciembre del 2024 nos reuniremos una vez más en el templo de Odin, en Navas de Jorquera, para celebrar el renacimiento del sol, que abre las puertas a la época de Yule, tal y como lo hacían nuestros ancestros, en un evento de libre asistencia en el que estáis todos invitados.</p>
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