Dvergr y Álfar análisis
Introducción
Durante las últimas décadas, el interés por los denominados «poderes colectivos» (kollektive makter; Steinsland 2005, p. 248) ha adquirido una presencia cada vez mayor en los estudios sobre la religión escandinava precristiana. Entre estas entidades ocupan un lugar destacado los álfar y los dvergar, términos que habitualmente se traducen como «elfos» y «enanos», aunque tales equivalencias resultan engañosas. Las fuentes muestran que las fronteras entre ambos grupos distan de ser nítidas y que, en numerosos aspectos, sus características y funciones se superponen.
Esta falta de delimitación puede explicarse, en primer lugar, por la propia naturaleza de la documentación conservada. Los testimonios proceden de ámbitos geográficos diversos y abarcan un prolongado arco cronológico, por lo que no cabe esperar que todos respondan a una misma concepción ni reflejen idénticos sistemas de clasificación. A ello se añade que quienes transmitieron estas tradiciones probablemente no necesitaban establecer categorías rígidas para comprender el universo mítico, a diferencia del pensamiento analítico moderno, mucho más inclinado a ordenar la realidad mediante taxonomías precisas. La situación se complica todavía más por la existencia de testimonios tardíos y, en algunos casos, de origen extranjero, que reinterpretaron estas tradiciones desde marcos conceptuales ajenos a la cultura escandinava.
La transición desde una sociedad basada fundamentalmente en la transmisión oral del conocimiento hacia otra en la que la escritura comenzó a ocupar un lugar central entre los sectores cultos debió de influir profundamente en estos procesos de clasificación, como señaló Walter Ong (1982) en su estudio sobre la oralidad y la escritura. En Islandia, además, esta transformación coincidió con la cristianización, circunstancia de especial importancia, ya que todos los testimonios escritos sobre los álfar y los dvergar pertenecen ya al período cristiano. Cualquier intento de reconstruir la función religiosa que estas entidades desempeñaron en la tradición pagana debe entenderse, por ello, como una propuesta necesariamente provisional.
El propósito de este estudio consiste, en primer lugar, en determinar las semejanzas y diferencias existentes entre álfar y dvergar a partir de las fuentes conservadas y, en segundo término, en relacionar ambas categorías con las prácticas religiosas documentadas en la Escandinavia medieval. Este objetivo obliga a precisar previamente qué se entiende aquí por «religión», dado el amplio abanico de definiciones que ofrece la investigación.
En este trabajo se adopta una concepción de la religión estrechamente vinculada a la noción de lo sagrado[1]. Desde esta perspectiva, la religión comprende aquellos objetos, lugares y formas de actuación que son separados del ámbito cotidiano para adquirir un significado especial. Lo sagrado contribuye así a explicar el orden social y a reforzar los vínculos comunitarios[2] mediante el ritual y mediante las representaciones míticas que articulan la imagen del cosmos.
Los seres sobrenaturales desempeñan un papel esencial dentro de ese universo religioso. Aunque los dvergar y los álfar presenten con frecuencia rasgos antropomórficos, su función no se limita al ámbito de la narración mítica, sino que participa también en la práctica ritual. Comprender la relación entre ambos grupos exige, por tanto, afrontar una doble tarea: esclarecer la imagen que de ellos transmiten los relatos tradicionales y determinar el lugar que ocuparon dentro de la experiencia religiosa.
Esta forma de entender la religión ofrece, además, la ventaja de evitar una separación excesivamente rígida entre cristianismo y paganismo. La cristianización fue un proceso largo, que ni comenzó ni concluyó con la conversión oficial de Islandia hacia el año 1000, y resulta imposible determinar hasta qué punto aquella transformación institucional implicó un cambio inmediato de las creencias. Del mismo modo, las principales prácticas del cristianismo medieval —al margen de las elaboraciones doctrinales de la teología— presentan importantes analogías con las del período pagano, pues en ambos casos parecen sustentarse sobre el principio del do ut des («doy para que tú des»)⁴, normalmente mediado por entidades u objetos sobrenaturales⁵. No debe olvidarse, además, que algunos de los primeros conversos no percibieron incompatibilidad alguna entre aceptar el cristianismo y seguir creyendo, e incluso rindiendo culto, a otras entidades sobrenaturales⁶.
- Las fuentes
Las referencias a álfar y dvergar son relativamente abundantes dentro de la literatura nórdica medieval, aunque las noticias que proporcionan suelen ser breves, ambiguas y, con frecuencia, difíciles de interpretar. La mayor parte de los textos menciona únicamente a uno de estos grupos, mientras que son mucho menos numerosas las fuentes que los presentan conjuntamente. Por esta razón, el análisis de su relación exige combinar ambos tipos de testimonios y considerar de manera conjunta tanto los pasajes en los que aparecen asociados como aquellos en los que cada grupo es tratado de forma independiente.
Entre las fuentes fundamentales destaca la Edda en prosa, compuesta por Snorri Sturluson durante el siglo XIII. Esta obra ofrece la exposición más sistemática de la mitología nórdica conservada y reúne un abundante conjunto de tradiciones estrechamente relacionadas con la poesía éddica, transmitida principalmente por uno de los manuscritos conocidos como Codex Regius (GKS 2365 4to). Precisamente por ese carácter sistemático, la obra de Snorri constituye un punto de partida privilegiado para examinar la relación entre álfar y dvergar, aunque siempre deba tenerse presente que fue redactada en un contexto plenamente cristiano.
Las sagas representan igualmente una fuente de gran interés, si bien su utilización exige una considerable cautela. En particular, las fornaldarsögur o sagas legendarias y las riddarasögur o sagas caballerescas plantean importantes dificultades debido a la influencia ejercida por modelos literarios continentales, que pudieron modificar la representación tradicional de estos seres sobrenaturales. A ello se añade que muchas de estas obras fueron compuestas en fechas relativamente tardías, circunstancia que convierte cualquier intento de reconstruir, a partir de ellas, las antiguas creencias religiosas en una empresa especialmente problemática.
Las fuentes posteriores a la Edad Media incrementan todavía más estas dificultades. Su distancia cronológica respecto al período que se pretende estudiar hace muy difícil determinar hasta qué punto conservan elementos auténticamente antiguos. Un ejemplo significativo se encuentra en la tradición folclórica tardía, donde álfar y dvergar terminan integrándose bajo la categoría general de «pueblo oculto» (Steinsland 2005, p. 248), reflejo de una evolución muy alejada de las concepciones medievales. Por este motivo, el presente estudio prescinde deliberadamente de todos los testimonios posteriores a la Edad Media.
La etimología[3], y especialmente la onomástica y la toponimia, presentan un problema diferente. Su valor reside en que pueden conservar significados muy antiguos, pero precisamente esa antigüedad dificulta establecer si tales significados continuaban siendo comprendidos por quienes vivieron durante la Edad Media. El hecho de que un nombre posea un determinado origen etimológico no implica necesariamente que quienes lo utilizaban fueran conscientes de él.
Un ejemplo moderno puede ilustrar esta dificultad. Es improbable que una persona llamada Óscar piense hoy en sí misma como «la lanza de los dioses», pese a que ese sea el significado originario de su nombre. Del mismo modo, quien se llama Alfred difícilmente se considerará «protegido por los álfar», aunque tal sea la etimología de ese antropónimo. En la Escandinavia medieval, sin embargo, la situación probablemente no era uniforme. Un nombre como Björn conservaba una relación evidente con el oso, mientras que Ásgeirr debía seguir evocando con claridad su significado original. Ello sugiere que algunos nombres mantenían viva su carga semántica, mientras que otros habían pasado a funcionar simplemente como designaciones personales.
En consecuencia, tanto la etimología como la onomástica y la toponimia constituyen fuentes de indudable interés, aunque deban utilizarse con prudencia. Su interpretación plantea problemas cronológicos y distintos grados de inteligibilidad, de modo que solo pueden incorporarse al análisis teniendo siempre presentes las limitaciones que les son propias.
- La Edda en prosa
Resulta oportuno iniciar el análisis con la Edda en prosa de Snorri Sturluson, obra compuesta hacia 1220 que ofrece la exposición más sistemática de la mitología nórdica conservada. Aunque se trate de una fuente relativamente tardía, su valor reside precisamente en el esfuerzo por organizar y explicar un amplio conjunto de tradiciones míticas. A partir de ella es posible examinar cómo entendía Snorri la relación entre álfar y dvergar, para contrastar posteriormente esa interpretación con los testimonios de la poesía éddica, de la que el propio autor dependía en gran medida.
La Edda contiene varios pasajes en los que ambos grupos aparecen estrechamente relacionados. Uno de ellos se encuentra en el episodio en que Loki intenta reparar el daño causado a Sif prometiendo conseguirle una nueva cabellera. El relato afirma que juró encargar su fabricación a los svartálfar («álfar negros») y añade inmediatamente:
Eftir þat fór Loki til þeira dverga er heita Ívalda synir.
«Después de esto, Loki fue a ver a los dvergar llamados los hijos de Ívaldi.» (Edda, II, p. 41).
Una asociación semejante aparece al comienzo del ciclo de los Völsungos, cuando Odín envía a Loki al Svartálfaheimr:
Þá sendi Óðinn Loka í Svartálfaheim ok kom hann til dvergs þess er heitir Andvari.
«Entonces Odín envió a Loki al Svartálfaheimr (el mundo de los álfar negros), donde encontró al dvergr llamado Andvari.» (Edda, I, p. 45).
El mismo esquema se repite cuando los dioses buscan el material necesario para fabricar la cadena con la que pretenden sujetar a Fenrir:
Þá sendi Alfǫðr þann er Skírnir er nefndr, sendimaðr Freys, ofan í Svartálfaheim til dverga nokkurra.
«Entonces el Padre de Todos envió a Skírnir, mensajero de Freyr, al Svartálfaheimr, donde vivían ciertos dvergar.» (Edda, I, p. 28).
Estos tres pasajes muestran con claridad que Snorri establece una estrecha relación entre los svartálfar y los dvergar. Esta coincidencia puede interpretarse de dos maneras: o bien algunos dvergar habitaban el mundo de los álfar negros, o bien ambos términos designaban, en realidad, una misma categoría de seres. La segunda explicación parece la más plausible, ya que en ninguna otra parte de la tradición aparece un personaje identificado expresamente como svartálfr, mientras que el término dvergr es el utilizado de forma constante para referirse a los habitantes de ese mundo subterráneo.
La identificación se hace todavía más explícita en el conocido pasaje en el que Snorri distingue entre los distintos tipos de álfar:
Sá er einn staðr þar er kallaðr er Álfheimr. Þar byggvir fólk þat er ljósálfar heita, en døkkálfar búa niðri í jǫrðu… Ljósálfar eru fegri en sól sýnum, en døkkálfar eru svartari en bik.
«Existe un lugar llamado Álfheimr. Allí habita el pueblo conocido como los ljósálfar (álfar de la luz), mientras que los døkkálfar (álfar oscuros) viven bajo tierra. Se diferencian de los primeros tanto por su aspecto como, todavía más, por su naturaleza. Los álfar de la luz son más hermosos que el sol, mientras que los álfar oscuros son más negros que la pez.» (Edda, I, p. 19).
Claude Lecouteux (1988, pp. 129-131) interpreta este pasaje como la expresión de un sistema tripartito integrado por álfar de la luz, álfar oscuros y álfar negros. Según su propuesta, los primeros representarían una categoría positiva, los segundos ocuparían una posición intermedia y los terceros constituirían un grupo claramente negativo. El autor establece un paralelismo entre esta clasificación y la jerarquía medieval de los ángeles: aquellos que permanecieron fieles a Dios habitarían el cielo; los neutrales serían relegados a la tierra; y quienes siguieron a Lucifer terminarían convertidos en demonios.
Esta interpretación, sin embargo, presenta dificultades importantes. La relación que Lecouteux establece entre Loki y los dvergar, basada en tradiciones folclóricas suecas muy tardías que vinculan tanto a Loki como a los dvergar con las arañas, resulta poco sólida. A ello se añade que la propia Edda nunca distingue de manera explícita entre los døkkálfar («álfar oscuros») y los svartálfar («álfar negros»). Ambos términos nunca aparecen simultáneamente y siempre se oponen a los ljósálfar, lo que hace más verosímil considerarlos designaciones distintas de una misma categoría, tal como también sostiene Régis Boyer (1990, p. 48). En consecuencia, la oposición fundamental que presenta Snorri parece ser de carácter binario: por un lado los álfar de la luz y, por otro, los álfar oscuros o negros, identificados de hecho con los dvergar.
Con todo, la observación de Lecouteux acerca de la influencia del pensamiento cristiano sobre la clasificación de Snorri sigue siendo pertinente. Queda, sin embargo, una cuestión esencial por resolver: si la diferencia entre los ljósálfar y los dvergar responde originalmente a una distinción moral que Snorri expresó mediante rasgos físicos, o si, por el contrario, heredó una diferencia de apariencia a la que posteriormente atribuyó un significado ético. Tampoco puede descartarse que ambas características formen parte de una elaboración personal del propio autor. En cualquier caso, el problema de fondo permanece abierto: determinar si la oposición entre los ljósálfar y los dvergar se fundamenta principalmente en su aspecto exterior o, más bien, en la función que desempeñan y en la forma en que se relacionan con el resto del universo mítico.
- La poesía éddica
La poesía éddica constituye el siguiente gran conjunto de testimonios en el que álfar y dvergar aparecen relacionados. Uno de los pasajes más significativos se encuentra en la Völuspá, donde el extenso catálogo de nombres de los dvergar incluye personajes llamados Gandálfr y Vindálfr (Völuspá, 12), seguidos posteriormente por Álfr e Yngvi (Völuspá, 16). Snorri reproduce más tarde esta misma lista en la Edda, introduciendo únicamente una variante menor al sustituir Yngvi por Ingi, modificación que carece de consecuencias relevantes para la interpretación.
Los tres primeros nombres resultan especialmente reveladores, ya que identifican explícitamente a determinados dvergar mediante el elemento álfr. El prefijo gand- remite a la magia, mientras que vind- significa «viento». Más significativa aún es la presencia de Yngvi, uno de los nombres tradicionales de Freyr, divinidad estrechamente vinculada a los álfar como señor de Álfheimr. El Grímnismál afirma expresamente que este reino le fue concedido como regalo cuando aún era un niño:
Álfheim Frey gáfu í árdaga tívar at tannfé.
«Los dioses entregaron Álfheimr a Freyr como regalo por su primer diente.» (Grímnismál, 5).
A pesar de ello, otros pasajes de la Völuspá distinguen claramente entre álfar y dvergar, sin ofrecer explicación alguna acerca de por qué algunos de estos últimos reciben nombres formados con el elemento álfr. Esta ambigüedad reaparece en el Álvíssmál, único poema éddico cuyo protagonista es un dvergr. En él, álfar, dvergar, hombres, Vanir, Æsir y jötnar aparecen como grupos perfectamente diferenciados, cada uno con sus propias denominaciones para designar las distintas realidades del mundo.
Sin embargo, la mayor parte de los investigadores considera que el Álvíssmál es una composición relativamente tardía, fechable entre los siglos XII y XIII. La precisión con la que clasifica a los distintos seres sobrenaturales parece responder más a una mentalidad erudita que a la tradición oral más antigua. Si se compara con la Völuspá, generalmente situada en torno al año 1000, se advierte una clara evolución hacia sistemas de clasificación cada vez más ordenados y sistemáticos. Incluso la organización del universo sobrenatural resulta en el Álvíssmál más rigurosa que en la propia Edda de Snorri, aunque el poema nunca explique cuáles son las características que distinguen realmente a unas categorías de otras, limitándose a señalar que cada una emplea vocabularios diferentes para referirse a las mismas cosas.
La Völuspá, por el contrario, aporta información de mayor interés acerca de la naturaleza de estos seres. Los dvergar aparecen asociados a la tierra y a la piedra, y se afirma que fueron creados por los regin, «los Poderes», término que probablemente designa a los dioses. En consecuencia, su origen se presenta como paralelo al de los hombres. El poema añade además que poseen una construcción de oro situada en los niðavellir («las llanuras inferiores»), detalle que refuerza su tradicional relación con la riqueza. Cuando se aproxima el Ragnarök, los dvergar gimen tras las puertas de piedra de sus moradas, aunque no desempeñan ningún papel activo en los acontecimientos finales.
Los álfar, en cambio, aparecen profundamente preocupados por la destrucción inminente del cosmos, compartiendo esa inquietud con los Æsir (Völuspá, 49). El poema, sin embargo, guarda silencio acerca de su origen. Permanecen rodeados de un cierto misterio, aunque son presentados como seres antiquísimos y estrechamente vinculados a los dioses. Esa proximidad vuelve a manifestarse en la Lokasenna, donde participan junto a los Æsir en un banquete:
Ása ok álfa, er hér inni eru.
«Los Æsir y los álfar que aquí se encuentran reunidos.» (Lokasenna, 2).
La Völundarkviða, aun sin mencionar expresamente a los dvergar, introduce un nuevo elemento de comparación. Su protagonista, Völundr, recibe en tres ocasiones la denominación de álfr, aunque reúne numerosas características tradicionalmente asociadas a los dvergar: es de pequeña estatura, extraordinario herrero, inmensamente rico, vengativo y está unido en matrimonio a una mujer perteneciente a otro grupo de seres sobrenaturales. La antigüedad de esta figura queda confirmada por su presencia en poemas anglosajones como el Deor y el Beowulf.
Sobre esta base, Ursula Dronke ha propuesto que los álfar fueron concebidos originalmente como maestros herreros y artesanos, función que solo más tarde habría pasado a los dvergar. No obstante, los testimonios analizados permiten otra interpretación igualmente posible. Desde la perspectiva de Snorri, los dvergar parecen constituir simplemente una categoría particular de álfar, concretamente los llamados álfar negros, cuyo rasgo distintivo sería precisamente su excepcional habilidad artesanal. Al igual que Völundr, estos herreros rara vez entregan voluntariamente el fruto de su trabajo y, por lo general, solo lo hacen cuando son obligados mediante amenazas o algún tipo de coacción, circunstancia que constituye uno de los rasgos más constantes de su representación en las fuentes.
El Hávamál y la transmisión de las runas
El Hávamál ofrece un nuevo testimonio en el que álfar y dvergar aparecen estrechamente relacionados. En la estrofa 143, Hár —es decir, Odín— enumera quién grabó las runas para cada uno de los grandes grupos de seres sobrenaturales:
Óðinn las grabó para los Æsir; Dáinn para los álfar; Dvalinn para los dvergar; y Ásviðr para los Jötnar.
A primera vista, esta distribución parece confirmar una separación nítida entre álfar y dvergar, semejante a la que presenta el Álvissmál. Sin embargo, el pasaje plantea algunas dificultades. En primer lugar, llama la atención la ausencia de los Vanir, circunstancia que podría indicar que, en este contexto, el término álfar los engloba o mantiene con ellos una relación especialmente estrecha.
Existe además otro detalle significativo. Dáinn, el personaje encargado de transmitir las runas a los álfar es también el nombre de un dvergr mencionado tanto en la Völuspá como en el Hyndluljóð, donde aparece junto a otro dvergr como forjador del jabalí de oro de Freyja. Esta coincidencia puede explicarse simplemente como una repetición de nombres, aunque también permite plantear la posibilidad de que un dvergr sea precisamente quien transmite las runas a los álfar. Sea cual sea la explicación, el episodio vuelve a mostrar que las fronteras entre ambos grupos no siempre aparecen claramente definidas.
La relación se hace aún más estrecha en la estrofa 160 del Hávamál, donde vuelve a mencionarse a un dvergr asociado directamente con los álfar:
Þat kann ek it fimmtánda, er gól Þjóðrørir, dvergr fyr Dellings durum; afl gól hann ásum, en álfum frama, hyggju Hroptatý.
«Conozco el decimoquinto canto, el que entonó Þjóðrørir, un dvergr, ante las puertas de Dellingr. Cantó fuerza para los Æsir, prosperidad para los álfar y sabiduría para Hroptatýr (Odín).» (Hávamál, 160).
El poema presenta aquí a Þjóðrørir como un dvergr poseedor de un profundo conocimiento mágico que distribuye distintos dones entre diversos seres sobrenaturales. A los Æsir les concede fuerza, atributo propio de los dioses guerreros; a Odín le otorga sabiduría, cualidad que define de manera particular a esta divinidad; y a los álfar les entrega frami, término cuyo significado puede oscilar entre «prosperidad», «prestigio» o «excelencia». En este contexto, la traducción «prosperidad» parece la más adecuada, ya que armoniza con otros testimonios que relacionan a los álfar con la fertilidad y la abundancia. Resulta igualmente llamativo que el dvergr distribuya estos dones entre otros seres sin reservar ninguno para sí mismo ni para los de su propia condición.
En conjunto, los testimonios de la poesía éddica ofrecen una imagen menos sistemática que la propuesta por Snorri. La única obra que establece una separación rigurosa entre álfar y dvergar es el Álvíssmál. En cambio, la Völuspá, la Völundarkviða y el Hávamál conservan una tradición mucho más flexible, en la que ambos grupos comparten nombres, funciones y atributos, hasta el punto de que sus límites aparecen con frecuencia difuminados. Frente a ello, la Edda de Snorri presenta una clasificación más ordenada al distinguir entre álfar de la luz y álfar oscuros o negros, identificando estos últimos con los dvergar.
Pese a todo, ninguna de estas fuentes aclara cuál era la función religiosa desempeñada por estos seres ni cuál fue su papel dentro del culto. Para responder a esa cuestión resulta necesario acudir a otro tipo de testimonios, especialmente las sagas y la poesía escáldica, donde se conservan referencias más explícitas a prácticas religiosas relacionadas con ellos.
- Vínculos religiosos
Las sagas proporcionan los testimonios más explícitos sobre la relación de los álfar con la práctica religiosa. Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la Kórmaks saga, una de las primeras Íslendingasögur, donde se narra cómo, para obtener la curación de una enfermedad, se aconseja realizar una ofrenda a los álfar:
«Hay una colina no muy lejos de aquí donde habitan los álfar. Debes tomar el toro que Kórmakr mató, rociar con su sangre la superficie de la colina y ofrecer a los álfar un banquete con su carne. Entonces recuperarás la salud.» (Kórmaks saga, cap. 22).
El episodio responde con claridad al principio del do ut des: el oferente entrega un don con la esperanza de recibir a cambio un beneficio, que en este caso consiste en la recuperación de la salud. Resulta significativo, además, que la saga no emplee el término blót, habitual para designar el sacrificio, sino veizla, palabra que significa «banquete» o «festín». El acento no recae, por tanto, sobre la destrucción ritual de la víctima, sino sobre la idea de compartir una comida con los destinatarios de la ofrenda y establecer con ellos una relación de reciprocidad.
Un segundo testimonio procede del poema Austrfaravísur, compuesto por el escaldo Sigvatr Þórðarson hacia el año 1020 y conservado en la Heimskringla de Snorri. Allí se menciona expresamente un álfablót, «sacrificio a los álfar», durante el cual el poeta cristiano y sus acompañantes son rechazados porque la ceremonia tenía un carácter estrictamente privado. El episodio resulta perfectamente verosímil, ya que transcurre en Suecia, territorio que en esa época seguía siendo oficialmente pagano, a diferencia del resto de Escandinavia.
Ambos testimonios discrepan, sin embargo, en el lugar donde se desarrolla el ritual. Mientras la Kórmaks saga sitúa la ofrenda sobre una colina, el poema de Sigvatr parece localizarla en el interior de una vivienda. John Lindow considera más fiable este último testimonio y rechaza explicar la diferencia únicamente mediante variaciones regionales, mientras que Terry Gunnell interpreta la celebración doméstica como un posible desarrollo tardío de la tradición.
La situación es muy distinta en el caso de los dvergar. Ninguna fuente menciona un supuesto dvergablót, ni existe noticia alguna de sacrificios ofrecidos a estos seres. Tampoco se conocen relatos en los que un antepasado venerado llegue a convertirse en dvergr, como sí ocurre con determinados álfar. El ejemplo más conocido es el del rey Óláfr Geirstaðaálfr, cuya presencia continúa favoreciendo la fertilidad y la prosperidad de su comunidad después de la muerte.
Los propios relatos mitológicos reflejan también una relación muy diferente entre los dvergar y los dioses. Como ha observado John Lindow, «el flujo de bienes va siempre de los enanos hacia los dioses, nunca en sentido inverso». Lo mismo sucede cuando los hombres obtienen objetos fabricados por ellos. Tales bienes rara vez son entregados de forma voluntaria o como consecuencia de un intercambio equilibrado; por el contrario, suelen obtenerse mediante amenazas, engaños o actos de violencia.
Las fornaldarsögur y las sagas caballerescas contienen algunos relatos en los que los dvergar aparecen como personajes más serviciales y amistosos. Sin embargo, la cronología tardía de estas obras y la influencia de la literatura continental obligan a utilizarlas con cautela cuando se pretende reconstruir antiguas creencias religiosas. Ello no impide que algunos de esos relatos conserven motivos plenamente compatibles con la tradición éddica y puedan aportar información de interés.
Un buen ejemplo lo ofrece el herrero Reginn, personaje estrechamente relacionado con los dvergar. Es él quien incita a Sigurðr a matar a su hermano Fáfnir, cuya avaricia termina transformándolo en un ormr, una serpiente o dragón guardián de tesoros. El mismo motivo reaparece en otros relatos donde objetos de extraordinario valor son arrebatados por la fuerza a los dvergar, como sucede en la Hervarar saga ok Heiðreks, donde el rey Sigrlami obtiene la espada Tyrfingr a cambio de perdonar la vida a sus forjadores, o en el conocido episodio de Andvari, despojado de su tesoro por Loki, historia que la Völsunga saga incorpora como origen de la maldición del tesoro de los Nibelungos.
La misma combinación de codicia y violencia aparece en el relato sobre el origen del hidromiel de la poesía conservado por Snorri. Según esta tradición, los dvergar Fjalarr y Galarr asesinan al sabio Kvasir para elaborar con su sangre el hidromiel que concede la inspiración poética. Más tarde matan también a un gigante y solo entregan el precioso licor como compensación cuando el hermano de la víctima amenaza con vengarse. Todos estos episodios resultan plenamente coherentes con la imagen de los dvergar como seres avaros y poco inclinados a la reciprocidad, muy distinta de la relación amistosa que las fuentes atribuyen habitualmente a los álfar, quienes aparecen compartiendo banquetes con los dioses y recibiendo sacrificios de los hombres.
- Etimología y onomástica
La etimología de los términos álfr y dvergr constituye una fuente complementaria de información, aunque su valor para reconstruir las creencias religiosas precristianas es necesariamente limitado. El significado originario de una palabra puede conservar indicios importantes sobre su evolución histórica, pero no permite afirmar que quienes la empleaban durante la Edad Media siguieran siendo conscientes de ese significado primitivo. Por ello, la evidencia lingüística solo adquiere pleno sentido cuando se interpreta conjuntamente con los testimonios literarios y arqueológicos.
La etimología de álfr ha sido objeto de numerosas propuestas. La explicación más aceptada relaciona el término con la raíz protoindoeuropea albho-, «blanco» o «brillante», de la que también proceden palabras latinas como albus. Si esta interpretación es correcta, el nombre de los álfar aludiría originalmente a seres luminosos, lo que encaja bien con la expresión ljósálfar, «álfar de la luz», empleada por Snorri. Sin embargo, este argumento no demuestra que todos los álfar fueran concebidos desde un principio como seres luminosos, pues la oposición entre ljósálfar y døkkálfar podría ser una elaboración relativamente tardía.
La etimología de dvergr resulta mucho más incierta. Se han propuesto diversas explicaciones, aunque ninguna ha alcanzado aceptación general. Algunas hipótesis relacionan el término con ideas de pequeñez o deformidad; otras lo vinculan al sueño, al engaño o incluso a estados alterados de conciencia. La ausencia de un consenso filológico impide utilizar la etimología como argumento decisivo para comprender la naturaleza de estos seres.
Mayor interés presenta la onomástica. Diversos nombres personales incorporan el elemento -álfr, circunstancia que indica el prestigio cultural de los álfar dentro de la sociedad escandinava. Entre ellos se encuentran antropónimos como Gandálfr, Vindálfr o Álfarr, pero también otros muy difundidos durante la Edad Media, como Álfgeirr, Álfhildr, Álfarr o Álfrekr. La frecuencia de estos nombres sugiere que la referencia a los álfar poseía connotaciones positivas y socialmente valoradas.
Por el contrario, los nombres formados con dvergr son extraordinariamente escasos. Esta diferencia resulta significativa, pues parece reflejar una valoración social distinta de ambos grupos. Mientras que la referencia a los álfar podía incorporarse con naturalidad a la identidad personal, la de los dvergar apenas dejó huella en la antroponimia escandinava.
La toponimia ofrece indicios similares. En distintas regiones de Escandinavia abundan los nombres de lugar derivados de álfr, algunos de ellos asociados a antiguas áreas de culto o a paisajes considerados especialmente significativos. Estos topónimos han sido utilizados con frecuencia como argumento para defender la existencia de un culto a los álfar anterior a la cristianización.
En cambio, los topónimos relacionados con dvergar son mucho menos numerosos y, cuando aparecen, suelen asociarse a accidentes geográficos como rocas, montañas, cuevas o formaciones pétreas. Esta distribución concuerda con la imagen transmitida por las fuentes literarias, que sitúan habitualmente a los dvergar en espacios subterráneos o vinculados a la piedra, mientras que los álfar mantienen una relación mucho más estrecha con los lugares habitados por los seres humanos y con la fertilidad del territorio.
Consideradas en conjunto, la etimología, la onomástica y la toponimia no permiten resolver definitivamente la relación entre álfar y dvergar, pero sí refuerzan una impresión ya sugerida por las fuentes literarias. Los álfar parecen haber ocupado una posición religiosa y social considerablemente más relevante, asociada al culto, a la fertilidad y a la protección de la comunidad. Los dvergar, por el contrario, aparecen vinculados sobre todo al mundo subterráneo, a la riqueza mineral y a la producción artesanal, desempeñando un papel mucho más restringido dentro del imaginario religioso escandinavo.
- Conclusiones
Las fuentes medievales muestran que la relación entre álfar y dvergar es mucho más compleja de lo que sugieren las clasificaciones tradicionales. Aunque los testimonios más tardíos, especialmente la Edda de Snorri, tienden a presentarlos como categorías bien diferenciadas, la poesía éddica y otros textos conservan una imagen considerablemente más flexible, en la que ambos grupos comparten nombres, funciones y atributos.
El análisis de conjunto permite sostener que la diferencia fundamental no reside tanto en su origen como en el tipo de relaciones que establecen con dioses y hombres. Los álfar aparecen integrados en una lógica de reciprocidad positiva: viven próximos al ámbito humano, participan del entorno de Freyr y de los Æsir, reciben sacrificios y son considerados capaces de conceder salud, fertilidad y prosperidad. Su vínculo con los hombres se construye mediante el intercambio ritual y la cooperación, lo que explica que puedan convertirse en destinatarios de culto.
Los dvergar, por el contrario, ocupan una posición muy distinta. Habitan en el mundo subterráneo, alejados de la comunidad humana; poseen riquezas, conocimientos y una extraordinaria habilidad artesanal, pero rara vez comparten voluntariamente aquello que producen. Sus dones suelen obtenerse mediante amenazas, engaños o violencia, razón por la cual Paul Acker los define acertadamente como «donantes reticentes». Esta forma de comportamiento los sitúa fuera de la lógica de la reciprocidad que caracteriza al culto religioso.
Esta interpretación no contradice la posibilidad de que álfar y dvergar procedan de una figura mítica común, como propuso Lotte Motz. Es posible que ambos grupos conserven aspectos diferentes de un antiguo maestro herrero vinculado a la tierra. En ese proceso de diferenciación, los dvergar habrían preservado principalmente la dimensión artesanal y minera de esa figura, mientras que los álfar mantuvieron su asociación con la fertilidad, la salud, las colinas sagradas y el ámbito de los Vanir, convirtiéndose así en receptores naturales del culto. La propia terminología parece conservar el recuerdo de esta función religiosa en topónimos suecos como älvstenar («piedras de los álfar») y älvkvarnar («molinos de los álfar»), tradicionalmente vinculados a lugares de ofrenda.
Ello no significa que los álfar sean siempre figuras benévolas. El caso de Völundr demuestra que también pueden actuar con extrema violencia. Sin embargo, esa violencia responde a una lógica de reciprocidad: devuelve el daño sufrido mediante una venganza terrible, pero motivada por una agresión previa. Los dvergar como Fjalarr y Galarr, en cambio, ejercen una violencia gratuita nacida de la codicia, rasgo que marca una diferencia significativa entre ambos grupos.
En consecuencia, la distinción entre álfar y dvergar se comprende mejor desde una perspectiva social que puramente ontológica. Los primeros representan una forma de relación basada en el intercambio, la cooperación y la integración dentro de la comunidad; los segundos encarnan una reciprocidad limitada o negativa, dominada por la acumulación y la retención de los bienes. Esta diferencia explica simultáneamente por qué los álfar reciben sacrificios, aparecen asociados a Freyr y a la prosperidad, y pueden integrarse simbólicamente en la comunidad humana, mientras que los dvergar, pese a su inmenso poder y saber, permanecen al margen del culto.
Las fuentes medievales no permiten establecer una separación absoluta entre álfar y dvergar. Por el contrario, muestran numerosos puntos de contacto que sugieren un origen o una evolución parcialmente compartidos. Sin embargo, también indican una diferencia significativa en el ámbito religioso: mientras los álfar aparecen como destinatarios de culto y vinculados a la fertilidad y la prosperidad, los dvergar permanecen al margen de esas prácticas. Esta parece ser la distinción más consistente que puede extraerse del conjunto de los testimonios conservados.
[1] Entendemos la religión como un conjunto de objetos, lugares y acciones separados de la vida cotidiana mediante los que una comunidad expresa y reproduce el orden social
[2] Los actos religiosos se utilizan con frecuencia para transformar las relaciones sociales, especialmente a través del ritual. Ahora bien, la reproducción de los vínculos sociales no significa que estos permanezcan inalterables.
[3] Tras llevar a cabo un análisis exhaustivo de los nombres de los dvergar, Polomé llegó a la conclusión de que la etimología aporta muy poca información para esclarecer su naturaleza o su origen histórico. En sus propias palabras, «no resulta de gran ayuda» (Polomé, 1997, p. 448). Esta valoración pone de manifiesto las limitaciones del método etimológico cuando se pretende reconstruir el significado religioso o mitológico de determinados seres a partir del origen de sus nombres. La evolución lingüística, los cambios semánticos acumulados a lo largo del tiempo y la escasez de testimonios hacen que, en este caso, la etimología solo pueda ofrecer indicios parciales y no explicaciones concluyentes.
