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Moðirnætur. Noche de las madres.

003ad1df8704313a019a8f5efa3d65b3Mōdraniht, es un festival religioso Asatru que está asociado con el culto a las Matres y Matronas de los germanos del oeste, y que es el equivalente al Dísablót y al Disting ya conocidos de la Escandinavia pre-cristiana, cronológicamente debe ser visto como un nexo de unión entre estas formas germánicas de culto.

Moðirnætur o Noche de las Madres, es una ceremonia  familiar que celebramos en honor de nuestros ancestros difuntos, consistente en una noche de vigilia antes de la llegada del Yule, donde invocamos a las matronas naturales y a las diosas, y en la que se plantean los deseos para el próximo año. Las amas de casa disponían cena y bebida para las Tres Madres, dejando tres cuchillos y vajilla en la mesa para que éstas pudiesen comer. Guardianas de la sagrada llama de vida del recién nacido, eran conocidas con el nombre de Perchten, las luminosas, y según nos cuentan algunos viejos relatos, eran vistas por los niños en el silencio y la oscuridad de sus dormitorios. Ellos decían que unas señoras de blanco venían a su cama y que no les hablaban, solo les observaban. Eran las Madres que tejían el destino del mundo y eran llamadas por las madres para que otorgaran a sus hijos bienes materiales, protección y sabiduría en ceremonias cargadas de simbolismo y religiosidad que se encendían a lo largo de toda la noche. Un culto primordial a unas deidades femeninas que otorgaban dones, que velaban del clan familiar, de una región, de un niño y que eran invocadas en las frías noches cercanas al solsticio para obtener consejo.

Allí donde viven los descendientes de los germanos y echan raíces en la vasta Tierra, se ilumina el árbol de Navidad en el Solsticio de Invierno. El árbol siempre verde que florece luminosamente en el corazón de la noche sagrada, se ha convertido en el símbolo de la germanidad y el arquetipo de su presencia. El área de población se extiende lejos, por la ancha Europa y por el mundo entero. Los germanos portadores de arados irrumpieron en el caos de las tribus y los poblados extranjeros; pero en todas partes, en los bosques de Bohemia, en el España, en los poblados diseminados de los Cárpatos, en las estepas rusas y lejos en ultramar, resplandecen, por Navidad, las luces sobre el árbol que se ha convertido en el árbol germánico por excelencia.

Cuando un pueblo decide cambiar su lugar de asentamiento, como hicieron los godos, se lleva sus dioses domésticos para permanecer fiel a sí mismo; pueden ser la tierra del suelo natal sagrado, las columnas de la plaza mayor o las costumbres solemnes que expresan la sabiduría popular. Múltiples precursores y numerosas tradiciones equivalentes han adoptado el símbolo del árbol del mundo. Es el árbol-cumbre que los valientes vikingos se llevaron de su patria nórdica hasta Islandia, y más allá de los océanos hasta la lejana Vinland. La llama azul que hoy alumbramos sobre el árbol para todos los hermanos próximos y lejanos de la Tierra está íntimamente emparentada con la llama que se alumbraba antaño para la minne de los que estaban lejos, en el curso de peligrosas navegaciones, o que buscaban más allá de las Marcas nuevas tierras para hacer nacer en ellas la luz de la vida popular.

Es el mismo acontecimiento que se repite hoy, como en los tiempos antiguos. Alegres mensajeros surgidos de nuestra Historia antigua, antiguos autores nos hablan de la costumbre y de la creencia de nuestros antepasados, lo que nos emociona porque, tras el paso de los milenios, vive la misma sangre, la misma alma. Los pueblos germánicos han viajado hasta muy lejos y habían conquistado, gracias a sus espadas y a sus arados, nuevos territorios más allá de los límites del Imperio Romano. Allí conservaron fielmente lo que antes había nacido en su patria. Los anglos habían abandonado sus tierras de Holstein para convertirse en sedentarios en Gran Bretaña y hacerse finalmente cristianos; hacia el año 700 el cura cristiano Beda describía sus costumbres en Navidad:

“[…] Comenzó el año en la 8ª calendas de enero [25 de diciembre], en el que celebramos el nacimiento del Señor. Esa misma noche, que tenemos nosotros tan sagrada, la denominan por la palabra pagana “Modranicht”, es decir, “la noche de la madre”, porque (sospechamos) de las ceremonias que se desarrollaban durante toda la noche.

Este nombre de “noche de las madres”, que viene de la adolescencia de nuestro pueblo, nos recuerda nuestra propia infancia. Es la noche dedicada al misterio de la maternidad, dejando presentir esta gran experiencia del renacimiento del Sol saliendo del abismo del mundo, del seno maternal de todo ser. Si la madre del hijo constituye hoy, en gran parte, el objeto de la fiesta, es también una antigua herencia, pues la pareja con el hijo bajo el árbol del mundo es una representación que está estrechamente relacionada con aquellas costumbres de bendición de la noche de las madres. Pero el nombre es aún más significativo: a través de numerosas obras (nuestras costumbres populares y nuestras leyendas lo demuestran todavía hoy), sabemos que las tres madres forman parte de las figuras más familiares de nuestras creencias locales. En esa época, viajaban por el país, portadoras de la sabiduría femenina y de los bienes maternales, distribuyendo dones, dando buenos consejos a los hombres… sobre todo allí donde un niño dormía en una cuna.

Hace ya dos mil años, este pensamiento estaba tan profundamente anclado en nuestro pueblo, que hasta los germanos, convertidos en funcionarios romanos que gobernaban el Rhin, hicieron erigir piedras sagradas en honor de aquellas tres madres que protegían a los recién nacidos. Los romanos abandonaron el lugar y nuevos germanos llegaron. Mil años más tarde, continuaban conociendo a las tres madres. Las amas de casa consideraban un deber, las noches sagradas, poner la mesa y disponer comida y bebida, así como disponer tres cuchillos a fin de que las tres hermanas, como se las llamaba, pudieran saciarse. Piadosos zelotes las fustigaron, pero las hermanas maternales estaban demasiado fuertemente presentes en el corazón del pueblo que incluso se les erigió un monumento en la catedral de Worms, con los  nombres de Einbede, Waebede y Willibede.

Las leyendas germánicas y sus cuentos han conservado éstos rasgos aún más fielmente. Las sanas noches que ven nacer la nueva luz y el nuevo año les son también consagradas; se acercan a la cuna del recién nacido y le traen sus regalos. En Baviera se llaman las “grandes consejeras”, y más frecuentemente las “Perchten”, que significa luminosas porque ellas acompañan a la luz en su nacimiento. Son invitadas por los hombres y resultan ser amistosas y serviciales con los que son buenos. Aparecen en el cuento de la Bella Durmiente a la que hacen el don de la vida. A pesar de la mal influencia de la decimotercera hada, continúan siendo las más fuertes. En el viejo relato nórdico del “huésped de las Nornas”, las buenas hermanas alumbran la llama de vida del niño; se percibe de manera particularmente clara la relación profunda existente con nuestra luminosa fiesta de Navidad. Y como ellas se manifiestan desde los tiempos más antiguos bajo la forma del ternario sagrado, aportando al niño sus regalos, llenas de sabiduría, han podido transmitir gran parte de su carácter a los Magos de Oriente, de los que no se conocen ni el número ni el nombre, e incluso haber sido el origen de los innumerables juegos de los tres reyes.

Los mitos originales y las leyendas antiquísimas nos hablan de las tres madres que están sentadas al pie del árbol del mundo y tejen el porvenir. La noche de Navidad, que celebramos como hacían nuestros antepasados, les es consagrada. Como lo expresaba un gran poeta, para ver a estas madres, tendríamos que volvernos hacia nosotros mismos, a las raíces mismas de nuestra existencia popular que ha encontrado hoy un símbolo universal en el árbol radiante del mundo.

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