El mito de la homosexualidad en Grecia

La Comunidad Odinista de España no mantiene sobre la homosexualidad una postura dogmática, apartando este tema de nuestra concepción religiosa, C.O.E. respeta la orientación sexual de cada persona  y nos oponemos a cualquier tipo de discriminación que pueda a tener lugar hacia a ellos, considerando esta faceta totalmente privada e inviolable de cada persona.
Este artículo pertenece a un hermano nuestro y cualquier manifestación aparecida en el mismo  no es compartida  necesariamente por C.O.E.
 

EL ORIGEN DEL MITO
La primera «coincidencia» que clama al cielo y que la gente pasa por alto porque las masas son demasiado perezosas como para cuestionarse algo salido de la sacrosanta TV, las infalibles revistas y los libros de texto oficiales, es que casi todos los «expertos» que han reclamado una extensión endémica de la pedofilia homosexual en Grecia… fueron o son homosexuales ellos mismos. Esto no es asunto baladí, ya que implica necesariamente que las perspectivas de tales autores están inevitablemente influenciadas por sus tendencias personales y por su deseo desesperado de legitimar su opción sexual minoritaria en un entorno «hostil»

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Hablamos, por ejemplo, de «expertos» de la talla de Walter Pater, Michel Foucault, John Boswell, John Winkler, David Halperin y Kenneth James Dover, quienes, al parecer, vivieron en sus mentes una serie de fantasías a costa de la historia griega. Quien lo empezó todo fue precisamente Walter Pater (1839-1894), profesor de Oxford. Por alguna extraña casualidad, él y todo su círculo de seguidores, eran homosexuales (por ejemplo, Pater fue profesor de Oscar Wilde, el conocido poeta inglés), y por tanto, no sorprende que extrapolase las relaciones sodomitas que mantenía con sus alumnos, a las relaciones de entrenamiento maestro-alumno en Grecia, y más cuando había sido abandonado por su mentor veterano, Benjamin Jowett, debido a un escandaloso  lío que Pater mantuvo con un tal William Money Hardinge, un estudiante de 19 años que había atraído hacia sí la atención pública de la facultad presumiendo de su homosexualidad. Probablemente el argumento más desviado y disparatado de Pater sea que el «amor platónico» no tenía nada que ver con Psiqué, sino que era algo puramente sexual.

El origen del mito de la homosexualidad griega y el «aprendizaje por pedofilia» se remonta a este hombre, Walter Pater, un profesor de Oxford conocido por su homosexualidad y por sus líos con alumnos, como por ejemplo William M. Hardinge o el famoso poeta Oscar Wilde. Esta camarilla de victorianos decadentes es la responsable de haber acomodado la historia griega a sus fantasías personales (es de esperar que, para un profesor que mantenía escarceos con sus propios alumnos, le viniese bien justificar que en la antigua Grecia las relaciones de maestro-alumno estaban teñidas de homosexualidad).

En sus escritos, dichos autores son prudentes, usando siempre frase cautas y ambiguas como «parece ser», «es posible», «tiene aspecto de», para crear el margen necesario en donde maniobrar con su propia visión, tendente siempre a ver fantasmas y signos homosexuales donde no los hay. Más adelante veremos bien hasta qué punto tales escritores fuerzan y manipulan las cosas para ver homosexualidad debajo de cada piedra, pero baste decir de momento que, sin excepción, los «argumentos» que manejan sólo persuaden a quienes de antemano desean ser persuadidos.

Desde que esos autores escribieron sus teorías, principalmente a finales del Siglo XIX nadie ha aportado nada nuevo, simplemente todas las revistas y todos los tentáculos de los medios de comunicación, muy volcados en derrocar cualquier cosa «tradicional», repitieron como discos rayados y parafrasearon lo que dichos autores habían escrito. Toda la información que plaga Internet, y que se limita a aseverar gratuitamente que «los griegos eran homosexuales», procede simplemente de gente que se limita a repetir lo que otros escribieron, y que realmente no llegan a conclusiones por su propio pie.

¿Dónde está, pues, el problema griego? El problema está en que:

 • Los griegos, particularmente los de herencia jonia (como los atenienses), quienes estaban más influidos por las costumbres orientales, tendían a «recluir» mucho a sus mujeres y apartarlas de la vida pública, suprimiendo la imagen femenina, cosa que fue bastante bien satirizada por el historiador Indro Montanelli. Esta situación no era panhelénica, ya que en la Esparta doria las mujeres tenían una libertad realmente notable, pero, en todo caso, los vínculos personales más fuertes solían darse entre hombres, como veremos más abajo.

• Los griegos ―y en esto coincidían todos― admiraban la belleza sin importar dónde se manifestase ésta, fuese en hombres o en mujeres, pero de ahí a que tradujesen siempre tal atracción en actos sexuales hay un buen trecho, como veremos después.

• En un pueblo que daba tanta importancia al entrenamiento deportivo, al combate y a la camaradería, era normal que, en el seno de aventuras y grandes batallas lejos del hogar, se forjasen vínculos extremadamente profundos entre hombres, vínculos raramente comprendidos por una sociedad pacifista, afeminada y sedentaria como la nuestra, pero que en todo caso no iban más allá de una sólida hermandad, la propia de toda männerbunde. A pesar de la enorme importancia que tenía la relación maestro-discípulo en Grecia, y de que, a no dudarlo, con el advenimiento de la decadencia algunas de estas relaciones quizás degeneraron en homosexualidad, enseguida veremos que no pocos Estados tomaron medidas para salvaguardar la sacralidad de esta institución educativa.

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• Hoy en día el ideal de belleza del imaginario colectivo es la mujer de treinta y tantos años (lo cual no convierte en lesbianas a todas las mujeres). En Grecia, el ideal de belleza era el muchacho que se hallaba entre la adolescencia y la madurez, ya que se consideraba que era el único tipo humano que combinaba una vida de violento ejercicio al aire libre, con la salud de la juventud y la fuerza de la masculinidad.

 • Los vocablos griegos para designar al maestro iniciador y al joven iniciado que aspiraba a convertirse en hombre, eran respectivamente erastes y eromenos, lo cual, traducido literalmente, sería algo así como «amante» y «amado». Sin embargo, como veremos enseguida, la mentalidad de la Antigüedad distinguía claramente entre el amor carnal y el amor platónico, y estas relaciones estaban fundamentadas en el segundo, considerado más elevado, más desinteresado, disociado de lo carnal, y más capaz de inculcar virtud y sabiduría. Y es que en Grecia se pensaba que un hombre joven necesitaba la tutela y el consejo de uno mayor para llegar a ser sabio en la vida o excelso en el deporte, en la caza y en el combate.

Si existía un lugar donde la conducta disonante del sodomita estaba mal vista, era sin duda en las asociaciones de cazadores y soldados del pasado remoto (llamadas männerbunden en alemán), donde el trabajo en equipo, la hermandad, el deber y la camaradería del honor predominaban sobre los instintos individuales, los cuales se descargaban en combate o con mujeres, a menudo capturadas y tomadas por la fuerza. El mejor documento para familiarizarse con la mentalidad, la psicología y el modo de vida de una männerbund del pasado, es sin duda la «Ilíada» de Homero, gran epopeya por excelencia del mundo griego, y donde se relatan tradiciones que se remontan al mismísimo Paleolítico.

Como ya se ha dejado claro, este artículo no tiene por objetivo negar que existía homosexualidad en Grecia ni que todos los factores expuestos se prestaban a devenir con el paso de los siglos ―especialmente bajo condiciones de decadencia y olvido de la tradición ancestral―, en relaciones sexuales entre hombres. Lo que sí se niega en este artículo es que estas relaciones fuesen endémicas, normales y socialmente aceptadas y «reguladas», o que tuviesen nada que ver con la tradición helénica originaria.

Dicho todo esto, comencemos a desmenuzar el mito.

 ALGUNOS APODOS PARA LOS HOMOSEXUALES EN GRECIA ―SOBRE LA IMPORTANCIA DE AIDÓS

eros-n-psyche-2-big.jpgLa mayor parte de sociedades humanas han proscrito y estigmatizado las prácticas sexuales estériles o aquellas que conllevaban riesgo de infecciones. La homosexualidad reúne ambas condiciones, ya que por un lado es incapaz de engendrar nueva vida, y por el otro, el orificio empleado no es precisamente la parte más limpia, sana o higiénica del cuerpo humano. En la Grecia antigua, que no era una excepción a esta regla general, no existían palabros modernos como «homosexual», «gay» o «heterosexual». Los «heteros» eran sencillamente la gente normal que cumplía con lo que era natural, y para los homosexuales se reservaban una serie de vocablos, generalmente de significado altamente infamante e indigno:

 – Euryproktos: culo abierto.

  Lakkoproktos: culo de pozo.

  Katapygon, kataproktos: homosexual pasivo.

 – Arsenokoitai: homosexual activo.

 – Marikas: el que salta arriba y abajo.

 – Androgynus: hombre-mujer, «travelo», afeminado, mariquita, ambiguo.

– Kinaidos (κιναίδος): Causador de vergüenza. Deriva de kineo (mover) y Aidos (vergüenza, diosa del pudor, el respeto, la modestia, la reverencia, diosa acompañante de Nemesis y castigadora de las transgresiones morales). «Aquel que acarrea la cólera de Aidos». Como veremos, el problema de Aidós es que siempre iba acompañada del cruel Némesis (Indignación), una divinidad vengadora que encaja bien en la noción de «karma» o de castigo por los pecados, y que revela que los griegos pensaban que todo aquel que hubiese incurrido en sodomía, tenía una espada de Damocles pendiendo pacientemente sobre su cabeza, para caer tarde o temprano. Pero el dato más relevador es que en el imaginario griego, Aidós iba asociada precisamente al ano:

 Cuando Zeus creó al ser humano y a sus propiedades del alma, las introdujo en cada ser humano. Sin embargo, dejó fuera a la VERGÜENZA (Aidós, reverencia, respeto, pudor, modestia). Puesto que no sabía dónde insertarla, ordenó que fuese insertada en el ano. La Vergüenza, sin embargo, se quejó de esto y se molestó, considerando que la petición de Zeus estaba por debajo de su dignidad. Puesto que se quejaba profusamente, la Vergüenza dijo: «accederé a ser insertada de este modo, sólo a condición de que, cuando entre algo después de mi, yo saldré inmediatamente». (Esopo, «Fábulas», 528).

Otro asunto aparte es que, en una cultura europea pagana donde cada actividad, cada oficio, cada momento de la vida, tiene su propio dios «patrón» o protector, uno esperaría encontrar ―particularmente en una sociedad donde supuestamente la homosexualidad campa a sus anchas―, una divinidad, un numen o un espíritu de algún tipo, que se ocupase de la homosexualidad, y no lo hay. O mejor dicho, sí lo hay: se trata de los sátiros, daimones degenerados que llevaban al cabo todas las perversiones imaginables para la mente humana, y que en Grecia no gozaban precisamente de buena fama. Pero esto se tratará más adelante. Por otro lado, en una civilización que concede estatus «regular» a la homosexualidad, y que la favorece por encima de la heterosexualidad, uno esperaría que el erotismo estuviese personificado en una divinidad representada por un muchacho joven, pero la realidad, de nuevo, no es tal: la diosa del amor, la traedora de Eros y de todas aquellas cosas que hacen perder la cabeza a los hombres, es Afrodita, el arquetipo de la hembra alfa.

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Afrodita.

 EL MITO DE LAYO COMO EJEMPLO DE AIDÓS EN ACCIÓN

El mito de Layo es un ejemplo perfecto de lo que pasa si se insulta aAidós atrayendo Hybris (o Hubris) y provocando la venganza de Némesis, según el concepto de la Hélade arcaica y clásica. Comenzaremos hablando sobre el primer kinaidos y pedófilo de la mitología griega, Layo, y veremos qué es lo que sucede tras su «pecado».

Layo (del griego Λάϊος o «zurdo»), era del linaje real de la ciudad de Tebas, pero cuando le correspondió ocupar el trono, sus primos lo usurparon y tuvo que exiliarse a Pisa, donde el rey Pélope (de cuyo nombre procede «Peloponeso») lo acogió como huésped. Pélope quiso que Layo le enseñase a su hijo Crisipo a conducir caballos, con lo cual le «asigna» al niño para formar una pareja maestro-alumno. Sin embargo, Layo profana la sacralidad y el carácter platónico de esa relación y abusa sexualmente del pobre chaval. Éste, por pura vergüenza (recordemos a Aidós) se termina suicidando. La inaudita transgresión de Layo acarrea sobre él la venganza divina y, del mismo modo que Aidós había hecho que Crisispo se suicidase, Némesis, acompañante de Aidós, se ocupará de castigar el pecado de Layo. Los dioses traman un plan para canalizar su cólera ante el crimen, a la vez que dan ejemplo para el resto de los mortales, castigando la perversión y maldiciendo a todo el linaje de Layo hasta que desaparezca en un baño de sangre.

La maldición comienza cuando los dioses mandan la Esfinge a Tebas. Este ser, con cuerpo de león, cabeza de mujer y alas de pájaro, se dedica a sembrar el terror por los campos tebanos, destruyendo las cosechas y estrangulando a todos los que son incapaces de resolver sus acertijos. Layo se termina casando con Yocasta, pero el oráculo de Delfos le advierte de que no tenga progenie, porque sería un varón, mataría a su padre y se casaría con su madre. Moira (el destino) no se puede evitar, así que la profecía se cumple: Edipo, quien había sido mandado lejos de su familia, mata a su padre sin saber quién era y, por haber salvado a Tebas de la esfinge, se casa con su madre, la reina Yocasta, haciéndose rey de Tebas hasta que, cuando finalmente se conocen los hechos, por vergüenza (Aidós y Némesis entran en acción), Yocasta se ahorca y Edipo se saca los ojos. En cuanto a los hijos que habían nacido de este casamiento incestuoso, dos de ellos, Etéocles y Polínices, se matan en combate el uno al otro, mientras que las hijas, Antígona e Ismele, son condenadas a muerte. La justicia está servida, por culpa de lo que Layo, su malvado abuelo, había hecho.

 La Esfinge y Edipo. Aunque tuvo éxito acabando con el monstruo y entronizándose como rey de Tebas, el héroe Edipo, por ser el hijo del kinaidos Layo, estaba maldecido por los dioses, y cuando supo que había matado a su padre y se había casado con su madre teniendo hijos con ella (algo así como el sacrilegio o Hubris absoluto), se sacó los ojos.

En lo que respecta al asunto de la homosexualidad en este mito, habría que hacerse varias preguntas.  ¿Por qué Crisipo se suicida si el sexo entre maestro y alumno era tan normal? ¿Por qué Zeus manda a la Esfinge a Tebas como castigo? ¿Por qué el linaje de Layo pasa a estar maldito? Este mito, claramente, fue ideado para prevenir contra la homosexualidad y contra quienes se alzan ingratos contra la hospitalidad de sus anfitriones, profanando suciamente la dignidad de criaturas inocentes. Y es que del mito de Layo y Edipo pueden sacarse bastantes moralejas. Por un lado, que la aberración siempre es castigada por los dioses tarde o temprano, téngase conocimiento de ella o no, y que Aidós siempre es seguida, tarde o temprano, por la venganza «kármica» de Némesis. Por otro lado, que los pecados de los padres se pagan, al menos, hasta la tercera generación. Y, por último, que los seres malignos y los monstruos (la Esfinge) son los hijos de la traición y de la aberración, creados por las transgresiones de los hombres, especialmente sexuales.

Cuando pensamos que este mito era una tradición pasada oralmente de generación a generación, y representada teatralmente año tras año en una civilización que concedía extrema importancia al estar en paz con los dioses, resulta difícil pensar que los griegos ―particularmente los tebanos, en cuya polis había tenido lugar el mito de Layo― se hiciesen kinaidos a escala masiva así como así, que es lo que pretenden dar a entender los adoctrinadores oficiales del Sistema actual.

Por esa razón, deberíamos ahora dirigir nuestra atención hacia la Banda Sagrada, un cuerpo de élite del ejército tebano formado por Epaminondas o Górgidas en el 378 AEC, que acabaría derrotando y ocupando la misma Esparta, y que, según ciertos autores, estaba formada por 150 «parejas homosexuales». Se cree que existe una alusión a la Banda Sagrada en el «Banquete» de Platón (178e), cuando se habla de la conveniencia de tener «un ejército de amantes y amados». Si examinamos la fuente original de la frase, nos encontramos con el griego «genesthai e stratopedon eraston te kai paidikon», en la que la palabra eromenos (muerdealmohadas según los escritores homosexuales modernos, alumno según el sentido común de cualquier persona normal que haya leído literatura griega) no aparece por ningún lado, sino que aparece paidikon, es decir, «muchacho». Lo que los pseudoexpertos han fallado en mencionar es que la innovación de Epaminondas consistió en modificar las tácticas de combate de su ejército. Antaño, los jóvenes (alumnos, fuerza, impulso) eran la línea frontal, y los veteranos (tutores, sabiduría, experiencia) la línea trasera. Lo que hizo Epaminondas fue mezclarlos por igual en todas las líneas, combinando a partes iguales la veteranía con el arrojo. Por lo demás, como en tantos otros casos, no existe absolutamente nada, salvo la mente de cada cual, que muestre homosexualidad en estas «parejas», que se equiparan con el binomio de combate de la Infantería Ligera de nuestros días, o con la ya mencionada institución de maestro-alumno, de carácter platónico.

Como confirmación, el año 338 AEC, tras la Batalla de Queronea, en la que aplastó la resistencia griega a su invasión, el rey Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, contemplaba sobre los campos los cuerpos sin vida de soldados tebanos que habían luchado heroicamente hasta la muerte. Tras mirarlos largo tiempo, exclamó «¡Que perezcan miserablemente quienes piensen que estos hombres hicieron o sufrieron cualquier cosa vergonzosa!».

Otra cita referente al caso de Layo la tenemos en las «Leyes» de Platón (836c), cuando el anciano ateniense, representante de las opiniones platónicas, habla de «la costumbre que estaba vigente antes de Layo y dice que es correcto no mantener relaciones carnales con jóvenes varones como si fueran mujeres, apoyándose en el testimonio de la naturaleza de los animales y mostrando que el macho no toca al macho con este fin porque eso no se adecua a la Naturaleza». Layo sería visto aquí, pues, como el que transtornó la ley natural contraviniendo a los dioses. El ateniense defiende la idea de que la ley no debe ser benevolente para con la homosexualidad, ya que ésta no inculca autocontrol en el alma del «activo» (a quien se acusa de lascivia) ni valor en el alma del «pasivo» (a quien se acusa de imitar antinaturalmente el papel femenino).

HOMOFOBIA EN LAS LEYES Y LA MORALIDAD GRIEGAS

images (8)En este apartado veremos una serie de citas que atestiguan una clara homofobia, certificando que hubo Estados griegos, y de los más importantes, que prohibieron la homosexualidad con penas durísimas.

En su «Contra Timarco», el orador Esquines (389-314 AEC) nos relata las famosas Leyes de Solón, entre las cuales hay una que nos interesa por su homofobia:

Si algún ateniense tiene etairese [compañía del mismo sexo], no se le permitirá:

-convertirse en uno de los nueve arcontes
– desempeñar el trabajo de sacerdote
– actuar como magistrado del Estado
– desempeñar cargo público alguno, ni en el hogar ni en el extranjero, ya sea por elección o por sorteo
– ser mandado como heraldo
– tomar parte en debates
– estar presente en los sacrificios públicos
– entrar en los límites de un espacio que ha sido purificado para la congregación del Pueblo
– si alguien que se ha involucrado en actividades sexuales ilegales como las descritas, o ejerce una de estas actividades, será ejecutado.

El discurso de Esquines toma tintes cada vez más «ultraderechistas» cuando invita a los jueces a recordar a sus antepasados atenienses, «severos hacia toda conducta vergonzosa», y que consideraban «preciada» la «pureza de sus hijos y sus conciudadanos».  Asimismo, elogia las radicales medidas espartanas contra la homosexualidad, mencionando el dicho según el cual «es bueno imitar la virtud, aunque sea en un extranjero».

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Esquines, uno de los Diez Oradores Áticos.

 Como se ve, esta ley de la «progresista» y «avanzada» democracia ateniense, hoy en día sería calificada de homófoba y fascista, y es una de las muchas razones por las cuales deberíamos mostrarnos irónicos cuando la democracia actual intenta ver sus raíces en Grecia: incluso Atenas, acaso el Estado griego más «liberal», sólo permitía votar exclusivamente a los ciudadanos, es decir, a varones mayores de edad descendientes de las familias autóctonas, que hubiesen superado durísimas pruebas físicas (estamos hablando de proezas deportivas que hoy no cumpliría ni el 1% de la población) y que estuviesen dispuestos a salvaguardar la integridad de la polisateniense con sus armas y con su sangre.

Por su parte, Demóstenes (384-322 AEC), un político y orador ateniense, enumera alguna medida homófoba similar en su «Contra Androcio» (30), cuando especifica que quienes hayan tomado parte en actos de sodomía «no tendrán el derecho a hablar [en público] ni a presentar un caso ante un juzgado».

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Demóstenes.

La conclusión derivada inevitablemente de estas citas es que a los homosexuales atenienses que eran reconocidos, se les privaba de asistir a eventos políticos, culturales, religiosos o populares de cualquier tipo, y se convertían en ciudadanos de segunda (metoikos).

El caso de Platón (427-347 AEC) por un lado porque siempre elogia las medidas espartanas (que, como veremos, eran homófobas, autoritarias y «fascistas») y, por otro, porque está todo el tiempo hablando sobre la importancia de la «continencia», la «abstinencia», la «moderación», el «autodominio» y la mesura; hasta tal punto otorga importancia al control de los instintos y del placer, que cualquiera hoy en día lo consideraría un «rancio» de la vida, y que aún se sigue considerando al «amor platónico» como un amor idílico, desprovisto de carácter sexual ―como podría serlo, por ejemplo, el expresado por el poeta renacentista Petrarca hacia una etérea «amada» que no parece de este mundo: se trataba de un amor ascético y ritual, que catalizaba la excelencia del espíritu y que no necesariamente coincidía con el amor físico.

Entrando ya en materia, abrimos las «Leyes» de Platón para encontrarnos con esto:

Cuando el varón se une con la mujer para procrear, el placer experimentado se supone debido a la naturaleza [kata physin], pero es contrario a la naturaleza [para physin] cuando un varón se aparea con un varón, o una mujer con una mujer, y aquellos culpables de tales enormidades están impulsados por su esclavitud al placer. Todos censuramos a los cretenses por haber inventado el mito de Ganímedes. (636c).

Más adelante, el anciano ateniense da dos posibles opciones para una legislación en sentido sexual:

Podríamos forzar una de dos en las prácticas amatorias: o que nadie ose tocar ninguna persona nacida de los nobles y libres excepto el marido a su propia esposa, ni a sembrar ninguna semilla profana o bastarda en concubinato, ni, contra la naturaleza, semilla estéril en varones ―o deberíamos extirpar totalmente el amor por varones. (841ce).

En «Fedro», Platón habla sobre cómo los homosexuales deben temer que se les descubra, cosa que no sería lo normal en una sociedad donde la homosexualidad es una «institución social», como declaran los ilusos autores homosexuales que hemos visto:

Tenéis miedo de la opinión pública, y teméis que si la gente se entera [de vuestro asunto amoroso], seréis repudiados. (231e).

Otra traducción reza: «Temes a la costumbre imperante, según la cual, si la gente se entera, caería sobre ti la infamia».

Por su parte, Plutarco, un autor ya posterior (46-120 EC), contrasta en su «Erótica» la unión «natural» entre hombre y mujer con la «unión con hombres, contraria a la Naturaleza», y unas líneas después dice de nuevo que quienes «cohabitan con hombres» lo hacen para physin, es decir, contra la Naturaleza (751ce).

Otro escritor ya de la época romana, Luciano de Samóstata (125-181 EC), en su obra «Erotes» («Amores»), tiene numerosas perlas homófobas, entre las que se pueden destacar algunas, aunque lo recomendable es leer la obra entera, que es un debate entre el amor por varones y el amor por mujeres, en el que el autor se posiciona claramente a favor del «divino Platón» y de la opción heterosexual:

Puesto que una cosa no puede nacer de una sola fuente, a cada especie ella [la «madre primordial»] la ha dotado de dos géneros, el macho, a quien ha dado el principio de la semilla, y la hembra, a la que ha moldeado como recipiente para dicha semilla. Ella los junta por medio del deseo, y une a ambos de acuerdo con la saludable necesidad, para que, permaneciendo en sus límites naturales, la mujer no pretenda haberse convertido en hombre, ni el hombre devenga indecentemente afeminado. Es así como las uniones de hombres con mujeres han perpetuado la raza humana hasta el día de hoy… (19).

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Gea (o Gaia) era la equivalente griega de la Terra (o Tellus) romana y la Erda germánica, y consorte de Urano, el gran progenitor celeste. Se la relacionaba con el matrimonio, los embarazos y la fertilidad de las mujeres. Seguramente Luciano de Samóstata se refiere a ella cuando habla de una «madre primordial».

 En el principio, cuando los hombres vivían imbuidos con sentimientos dignos de héroes, honraban aquella virtud que nos hace semejantes a los dioses; obedecían las leyes fijadas por la Naturaleza y, juntándose con una mujer de edad apropiada, padreaban niños virtuosos. Pero poco a poco la raza cayó desde esas alturas al abismo de la lujuria, y buscó placer por caminos nuevos y errantes. Finalmente, la concupiscencia, atravesando todas las barreras, transgredió las mismísimas leyes de la Naturaleza. Más aun, el primer hombre que miró a su semejante como si de una mujer se tratase, ¿podría haber sino recurrido a la violencia tiránica, o al engaño? Dos seres del mismo sexo se encontraron en una cama; cuando miraron el uno al otro, ninguno de los dos se sonrojó por lo que uno hizo al otro, o por lo que había sufrido que le hicieran. Sembrando su semilla (como dice el dicho) sobre rocas estériles, trocaron un ligero placer por una gran desgracia. (20).

Podríamos continuar diciendo que en no pocas comedias teatrales (como por ejemplo Aristófanes) se utiliza un lenguaje extremadamente soez para despreciar a los homosexuales, especialmente a los que toman el papel pasivo del kataproktos. Si la homosexualidad era una práctica «estándar» griega, esto implicaría que el comediante estaría burlándose de la peor manera de todo su público masculino.

Sin embargo, toda la homofobia que hemos visto en este apartado palidece ante las leyes de la que era, con diferencia, la más homófoba y religiosa de todas las polis griegas.

 ESPARTA

Las disposiciones espartanas sobre los placeres me parecen ser las más bellas existentes entre los hombres.

(Megilo, en las «Leyes» de Platón, 637a).

 El caso de Esparta es particularmente sangrante, porque existiendo evidencias sólidas de homofobia, algunos autores homosexuales han pretendido obviarlas para ver si colaba y, confiando ciegamente en la incultura de sus lectores, vendernos a Esparta como otro paraíso homosexual. Vayamos al grano, y para ello, saquemos un fragmento del Capítulo 14 del libro Esparta y su Ley:

 El ritmo de vida que llevaba el varón espartano era de una intensidad como para matar a una manada de rinocerontes, y ni siquiera las mujeres de Esparta hubiesen podido soportarlo. Así pues, el mundo de la milicia espartana era en sí mismo todo un universo —un universo de hombres. Por otro lado, la intensa relación afectiva, el culto a la virilidad y la camaradería que se daba entre los componentes del binomio, entre maestro-alumno, en la falange de combate y en toda la sociedad —y que los débiles de nuestros tiempos no entienden ni podrán entender jamás—, sirvió para alimentar en nuestros días el falso mito de la homosexualidad. Y esto a pesar de que los componentes del binomio eran considerados hermanos, pues a cada espartano le habían inculcado que cada varón de su generación era hermano suyo.

Sobre esto, escribió Jenofonte:

Si alguien, siendo un hombre honesto, admiraba el alma de un muchacho e intentaba hacer de él un amigo ideal sin reproche y asociarse con él, aprobaba, y creía en la excelencia de este tipo de entrenamiento. Pero si estaba claro que el motivo de la atracción era la belleza exterior del muchacho, prohibía la conexión como una abominación, y así erastes yeromenos [1] se abstenían de los muchachos no menos de lo que los padres se abstienen de relaciones carnales con sus hijos, o hermanos y hermanas entre ellos. («Constitución de los lacedemonios», II, 13).

Aquí hemos visto que tal relación entre hombre y adolescente en Esparta era del tipo maestro-alumno, fundada en el respeto y la admiración, y constituía un entrenamiento, un modo de aprender, una instrucción a su manera. La sacralidad de la relación maestro-alumno o instructor-aspirante, ha sido impugnada por el Sistema desde hace tiempo, igual que la camaradería. Y sin embargo, ambos tipos de relaciones son el fundamento de la unidad de los ejércitos. Hoy en día, los niños crecen a la sombra de la influencia femenina de las maestras, incluso hasta la adolescencia. Es difícil saber hasta qué punto la falta de influencia masculina limita sus voluntades y sus ambiciones, convirtiéndoles en seres mansos, maleables y manipulables, que es lo que al Sistema le conviene.

 Otros hablaron sobre la institución espartana del amor de maestro a discípulo, pero siempre dejaron claro que este amor era «casto». El romano Aelio dijo que si dos hombres espartanos «sucumbían a la tentación y se permitían relaciones carnales, debían redimir la afrenta al honor de Esparta yéndose al exilio o acabando sus propias vidas». Lo cual significaba básicamente que la pena por homosexualidad en Esparta era la muerte o el exilio (considerado en aquellos tiempos peor que la misma muerte).

 Tenemos otra muestra del carácter platónico de las relaciones maestro-alumno en Esparta en las «Disertaciones» de Máximo de Tiro (en torno a 180 EC), en las que escribe que «Cualquier varón espartano que admira a un muchacho laconio, lo admira únicamente como admiraría una estatua muy hermosa. Pues placeres carnales de este tipo son acarreados sobre ellos por Hubris y están prohibidos» (20e). Hubris o Hybris se consideraba un estado del alma o un demonio que precipitaba al hombre mortal hacia la soberbia, la prepotencia y la ignorancia para con los dioses y sus leyes, incitándole a cometer actos sacrílegos que atentan contra el orden natural. El mito de Layo y Edipo que vimos más arriba es quizás el ejemplo perfecto de «Hubris absoluto» (violar al hijo de un rey anfitrión, matar al padre, tener hijos con la madre) y de la relación kármica de este concepto de «pecado» o sacrilegio con Aidós y Némesis.

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SUPUESTAS PAREJAS HOMOSEXUALES Y EJEMPLOS EN LA MITOLOGÍA E HISTORIA DE GRECIA

 La mitología no hay que tomarla al pie de la letra porque no es «historia» propiamente dicha, pero lo que sí hay que hacer es concederle la importancia que se merece, porque en ella vienen plasmadas las creencias, la mentalidad y el bagaje de valores de toda una civilización, y nos ofrece la clave de su psicología, de su imaginario colectivo, de sus ideales y de sus sentimientos, es decir, de lo que realmente movía a aquellos individuos de antaño.

 Aquiles y Patroclo
Aquiles y Patroclo acaso son la «pareja homosexual» más conocida del mundo griego. Según las presiones del lobby gay estadounidense, estos dos hombres eran amantes homosexuales, y por tanto, sin ningún tipo de duda, se acostaban juntos y practicaban el noble, puro y respetable arte de hacer cola-cao.

Pues bien: una vez más creo que lo mejor será, como personas letradas y preocupadas que somos, comprobarlo de primera mano, remontándonos a las siempre verídicas y siempre respetables fuentes originales, escritas no por los mencionados homosexuales de Nueva York, sino por los griegos de la antigüedad. ¿Y qué mejor fuente que la mismísima «Ilíada» donde se narra la cólera de Aquiles contra Agamenón, por haberle robado éste a Briseida, su esclava favorita (cólera poco propia de un homosexual, ciertamente)? Veamos pues, sin más dilación, qué tiene que decirnos la «Ilíada» acerca de la «homosexualidad» de Aquiles y Patroclo. Nos vamos al Canto IX de susodicha obra.

Aquiles durmió en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que trajera de Lesbos: con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acostó junto a la pared opuesta, teniendo a su lado a Ifis, la de bella cintura, que le regalara Aquiles al tomar la excelsa Esciro, ciudad de Enieo. (657-668).

Después de leer «estas aladas palabras», nosotros, «con torva faz», les preguntamos a todos los que defienden la supuesta homosexualidad de Aquiles y Patroclo sin más prueba que sus propios delirios: ¿dónde, oh dónde, veis homosexualidad, almas cándidas? Si Aquiles y Patroclo eran amantes, ¿por qué se acuestan cada uno en el lado opuesto de la tienda… con una mujer cada uno? ¿Es que no deberían acostarse entre ellos? ¿Dónde veis que el «amor» de Aquiles y Patroclo sea algo sexual, más allá de una intensa amistad o amor platónico entre hermanos de armas?

Eso por no mencionar que el comportamiento de Aquiles en toda la saga de Troya es, hablando en plata, de macho alfa al cuadrado. Se precia de haber tomado, arrasado y saqueado numerosas ciudades, de matar a infinidad de hombres y de esclavizar y poseer a sus mujeres y a sus hijas. Monta en cólera cuando Agamenón se apropia de Briseida, su esclava favorita, y cuando los aqueos quieren que Aquiles vuelva a la lucha, no le tientan con jóvenes efebos (cosa que sería lo normal para un hombre que «se casa para procrear pero se lía con hombres para divertirse», como reclaman los homosexuales), sino con infinidad de esclavas hermosas, vírgenes y «expertas en intachables labores», además de otra serie de presentes materiales de gran valor que no vienen al caso. Patroclo, mayor que él, y más prudente que él, es meramente su maestro y su iniciador además de su amigo, y la actitud que tiene con Aquiles es como la de un hermano mayor. La intensidad de las aventuras vividas en torno a la guerra había forjado entre ellos un vínculo de camaradería y amistad especialmente intenso, cosa que queda muy clara cuando, a la muerte de Patroclo a manos del héroe troyano Héctor, Aquiles se hunde en la más tremenda desesperación. Se alega que la reacción de Aquiles es demasiado fuerte como para que se tratase de una relación de mera hermandad, pero más adelante en la «Ilíada», el rey Príamo coge tan tremenda aflicción cuando su hijo Héctor cae bajo la lanza de Aquiles, que se revuelca en los excrementos de los animales, cosa que demuestra cómo para los griegos el amor erótico nada tenía que ver con la desesperación por la pérdida de un ser querido.

 zeusZeus y Ganímedes

Según ciertos círculos, Zeus y Ganímedes son otra de las «parejas homosexuales por excelencia» del panorama olímpico. Veamos el mito detenidamente. Ganímedes era un príncipe troyano que, recién salido de la adolescencia, vivía una transitoria etapa de cazador-recolector en un entorno salvaje, cosa común en la Grecia tradicional (Esparta también tenía esta costumbre) como ritual de tránsito para marcar la llegada de la hombría. Impresionado por su porte, Zeus se convierte en águila y lo rapta en el monte Ida, llevándolo al Olimpo para ser el copero de los dioses.  

¿Qué significa «copero»? ¿Stripper? ¿Gogó? ¿Travelo a domicilio acaso? ¿Gigoló ambulante quizás? ¿Locuela de carnaval, tal vez?

No.

«Copero», como su propio nombre apropiadamente indica, significa el que sirve las copas. Y sólo a un iluso se le podría ocurrir que los dioses y diosas hubieran querido que un feo les repartiese el néctar. Que los dioses buscasen a un «camarero» lo más físicamente bello es bastante comprensible, ya que no eran los dueños de un tugurio barato, sino los reyes supremos del mismísimo Olimpo, y debemos recordar que, de todos los pueblos habidos, los griegos fueron con diferencia los que le concedían mayor importancia a la belleza física, relacionándola inevitablemente con la divinidad ―por lo cual el joven más bello del mundo debía, por fuerza, ascender a la patria de los dioses y ser inmortal a su lado como uno más [2].

 Lo que se pretende dejar claro con esto es que los autores que le colocan rápidamente la etiqueta de homosexual al mito de Ganímedes desde su apartamento urbano sofisticado y del Siglo XXI, están incurriendo en un error garrafal: juzgar un mito que tiene milenios de antigüedad siquiendo patrones psicológicos de la mentalidad moderna.

Veamos, por si acaso, qué dice Homero al respecto de Ganímedes:

… y éste dio el ser a tres hijos irreprensibles: Ilo, Asáraco y el deiforme Ganímedes, el más hermoso de los hombres, a quien arrebataron los dioses a causa de su belleza para que escanciara el néctar a Zeus y viviera con los inmortales. («Ilíada»)

Así, el prudente Zeus robó al rubio Ganímedes por su belleza, para que estuviera entre los inmortales y en la morada de Zeus escanciara a los dioses, ¡cosa admirable de ver! Ahora, honrado por los inmortales, saca el dulce néctar de una cratera de oro. («Himno a Afrodita»).

Que levante la mano el que, en vez de leer «escanciar néctar» y «sacar néctar de una crátera de oro», haya leído «poner el culo en pompa y untarse de vaselina para dejarse porculizar por todo el Olimpo». ¿Dónde, pues, están las señales de homosexualidad en este mito? En la mente de quienes se lo inventaron de la nada, y de quienes se han tragado la mentira a pies juntillas y sin hacer preguntas. Repito: Zeus lo hace copero, es decir, quien sirve las copas. Yo no he visto en el mito que Zeus cohabitase con él carnalmente ni una sola vez, ni que lo viole, ni que le acose, ni que se le caiga el jabón, ni que le ordene agarrarse los tobillos o subirse los calcetines, ni que lo mande rezar cara a La Meca, ni absolutamente nada por el estilo.

Los habrá que contesten, para justificarse o para darse importancia, que las señales están «ocultas» y «en clave simbólica». Es bien sabido que a los homosexuales les encanta la ambigüedad, puesto que enciende su imaginación ―pero la realidad es que la mitología griega es totalmente explícita cuando habla de estos temas: suele hablarse de «poseer», «subir al lecho», «unirse en el amor», etc., y cuando hay alguna duda, el hecho de que se hayan engendrado hijos la despeja de modo definitivo. En esta leyenda, como en tantos otros supuestos «mitos homosexuales» no tenemos absolutamente nada por el estilo. ¿Por qué iban los autores de tales mitos a cubrirlos de ambigüedad, y más si procedían de una sociedad en la que la homosexualidad «se aceptaba y se daba por hecho»?.

Por lo demás, y como veremos enseguida, Zeus es un dios que rapta, viola, se enrolla, etc., con docenas, por no decir cientos y miles (en la «Ilíada» casi da la sensación de que hay pocos soldados, reyes y héroes que no desciendan de él) de diosas y mujeres mortales, tras convertirse en toro, cisne, lluvia, rayo de sol, etc. En cada caso, acarrea los celos y la ira de Hera, su esposa, diosa del matrimonio monogámico que parece estar en conflicto con los insaciables impulsos poligámicos del omnipotente padre celeste procreador, cuyo comportamiento puede describirse quizás como «extremadamente heterosexual» o «de macho alfa».

 LA REALIDAD: MITOLOGÍA GRIEGA COMO APOLOGÍA DEL AMOR CREATIVO, O EL PODER DE LA PROCREACIÓN

Después de haber refutado el asunto de los «amantes masculinos», cabría mencionar a parejas heterosexuales famosas de la mitología griega para aclarar el comportamiento de los dioses y héroes, lo cual probablemente haga replantearnos cosas como la poligamia, puesto que los dioses y los héroes, más que una simple «pareja», solían tener todo un harén, con el objetivo de sembrar el mundo de hijos semidivinos.

 • Zeus  Hera, Leto, Deméter, Dione, Eris, Maya, Metis, Mnemósine, Selene, Temis, Europa, Alcmena, Dánae, Antíope, Calisto, Carme, Egina, Elara, Electra, Eurínome, Himalia, Ío, Lamia, Laodamía, Leda, Mera, Níobe, Olimpia, Pluto, Pirra, Táigete, Talía, Yodama, muchas más anónimas.

 • Ares – Afrodita (con quien significativamente engendró a Harmonía), Aérope, Agraulo (mujer a pesar de la resonancia del nombre), Altea, Astíoque, Atalanta, Cirene, Crisa, Demonice, Enio, Eos, Eritia, Estérope, Filómone, Rea Silvia (la madre de Rómulo y Remo, llamada Ilia en Grecia), Otrera, Pelopia, Protogenia, Tirine, Tritea y más anónimas. A diferencia del Marte romano, el Ares griego no era un dios de la virtud militar ni del frío valor del soldado, sino el dios de la carnicería, la matanza, la fuerza bruta, el saqueo, la rapiña y la violación, el dios de perder el control y buscar la confrontación ―en suma, el dios de la violencia pura, de una forma de guerra primitiva y barbárica. Sus epítetos («estrago de mortales», «manos ensangrentadas», «salteador de murallas», «homicida», «impetuoso», «brutal») hablan por sí solos. Significativamente, la única pareja capaz de equilibrar su ardor es Afrodita, la otra cara de la moneda. En la imagen, el llamado Ares de Ludovisi.

 • Poseidón – Agameda, Álope, Amimone, Anfítrite, Arne, Astipalea, Calírroe, Calquinia, Cánace, Celeno, Ceróesa, Ciona, Clito, Cloris, Córcira, Deméter, Etra, Euríale, Eurínome, Europa, Gea, Halia, Hipótoe, Ifimedia, Libia, Melia, Medusa, Melantea, Mitilene, Peribea, Quíone, Salamina, Satiria, Toosa, Tiro, más anónimas.

 • Apolo – Acanta, Arsínoe, Casandra, Calíope, Cirene, Corinis, Dafne, Dríope, Etusa, Hécuba, Leucótoe, Manto, Psámate, Quíone, Reo, Sinope, Terpsícore, Urania. Urania, una musa de la astrología y de las matemáticas, fue amante de Apolo, con quien engendró a Lino, un magnífico músico que le enseñó a Heracles a tocar la lira. (Desafortunadamente para él, Heracles era un alumno indisciplinado que tenía mejores cosas que hacer ―como dejar preñadas a las 50 doncellas téspides―, y mató a Lino golpeándole con una lira cuando éste lo reprendió). En el «Banquete» de Platón, algunos relacionan a «Afrodita Urania» (la que nació de la fuerza reproductiva de Urano vertida sobre el mar, diferenciada de la que nació de la unión de Zeus y Dione según otra versión) con el amor hacia lo masculino, especificando claramente que era un amor «por el alma» y que, además, era «libre de violencia». Esto excluiría una penetración fálica lujuriosa por un orificio como el ano, diseñado por la Naturaleza para evacuar desechos tóxicos e infecciosos, y residencia, según la moral helénica, de Aidós ―la vergüenza. Afrodita Urania sería, en suma, lo que entendemos por «amor platónico».

 • Hades: Perséfone, Mente, Leuce.

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«El rapto de Proserpina», de Bernini.

 • Heracles – Mégara, Ónfale, Deyanira, Yole, Mélite, Auge.  En un episodio, Heracles llega al palacio del rey Tespio, a quien el aspecto del héroe impresionó tanto que le ofreció a sus 50 hijas doncellas (los reyes eran polígamos y tenían todo un harén de esposas, con lo cual podían padrear decenas de hijos), llamadas las téspidas, para que les hiciera el amor y las dejase embarazadas, mientras durase la cacería del león de Citerón. En siete noches (según la versión, en una sola), las dejó embarazadas a todas (Policasta, Nike, Glicera, Graya, Lalage, Alcione, Neda, Maira, Fóloe, Clyte, Adesia, Septeria, Estéropa, Plinteria, Foronea, Dorichia, Faena, Ariona, Deidia, Brima, Cleodora, Altea, Euriganea, Agalis, Ardota, Inaca, Lica, Nausitoa, Esquimforia, Gigas, Jacinta, Leuke, Kérite, Eurifilia, Elocia, Glauca, Deidamia, Crisa, Lisa, Pirena, Oreada, Talasiana, Xuta, Trisaulea… Leda era la menor y, siendo prácticamente una niña, «temblaba y parecía que iba a desmayarse», con lo cual Policasta, la mayor, tomó su lugar y fue poseída de nuevo por el héroe) de hijos varones, quienes serían los heráclidas. Según la tradición griega, los heráclidas se asocian con los dorios, que conquistaron amplias porciones de Grecia arrasando las ciudades aqueas, y los reyes tanto de Esparta como de Macedonia remontaban su linaje a algún heráclida.

 • Teseo – Perigune (hija del bandido Sinis), Ariadna, Fedra (su hermana), Antíope (una amazona).

 • Perseo – Andrómeda.

 • Peleo – Tetis.

• Aquiles – Briseida, Diomeda, una serie de mujeres capturadas en poblaciones arrasadas por él.

 • Ulises – Penélope, Calipso, Circe, Calídice.

 • Agamenón – Clitemnestra, Criseida, Casandra. Aunque tuvo también a Briseida, cuando la devuelve a Aquiles presta solemne juramento de no haberla poseído sexualmente, según se narra en la «Ilíada».

 … y muchos, muchos más. Se me dirá que algunos de estos dioses y héroes tuvieron «amantes masculinos». Pido evidencias. Las mujeres mencionadas fueron físicamente poseídas en acto carnal por el dios o héroe correspondiente, y muchas de ellas engendraron hijos. Quiero evidencias en la mitología griega originaria, de que los dioses o héroes mantuvieron relaciones con varones que supusieran un paso más allá de una excelente amistad, camaradería o hermandad. Quiero «pruebas» de que Zeus poseyese sexualmente a Ganímedes, o de que Aquiles mantuviese sexo anal con Patroclo. [4]

Como ya hemos visto, esas pruebas no existen. Los famosos «amantes» son simplemente buenos amigos, unidos con vínculos muy fuertes de admiración, por experiencias profundas en combate o en aventuras, o por otros asuntos que nada tienen que ver con el amor erótico ―sino, a lo sumo, con el amor platónico―, y no hay absolutamente ninguna evidencia ni tan siquiera para suponer que había algo sexual de por medio, sino de que se trataba de un amor prácticamente equiparable al que media entre buenos hermanos.

 ASUNTO IRREFUTBLE #1: EL «BANQUETE» DE PLATÓN

El «Banquete» es un diálogo filosófico en el que diversos participantes rinden tributo a Eros, el dios del amor, en forma de discurso ensalzándolo y aportando la visión que cada cual tiene del amor, con lo cual es una fuente de primera mano para conocer la mentalidad ateniense de la época (estamos hablando, en todo caso, del Siglo IV AEC, una etapa ya decadente). Sin duda, todos los eruditos especialistas subvencionados que se dedican a dar conferencias y vivir del cuento, apoyados por un Sistema al que le interesa difundir la mentira, sacan siempre a colación el «Banquete» de Platón como ejemplo de que «la civilización griega era homosexual», basándose en algunas líneas halladas en ese libro.

Sin embargo, y desafortunadamente para los apóstoles de la homosexualidad griega, todo el mundo debería saber que los diálogos platónicos consistían a menudo en un debate que contrapone puntos de vista opuestos, representados por los participantes. La razón es que, para Platón, todas las partes debían estar presentes en un debate y tener la oportunidad de exponer y defender su punto de vista. Hay personajes que representan ideas contrarias a Sócrates, precisamente con el objetivo de contrastar opiniones distintas, y por ello mismo no pueden ni deben citarse al tuntún como si las hubiese pronunciado el mismo Platón. Por estas razones, en cada cita, es preciso especificar quién la ha pronunciado e indagar sobre el personaje, para saber si representa un punto de vista afín al platónico (del cual Sócrates y otros son portavoces) u opuesto.

De la intervención de Pausanias se puede decir que él mismo debate diversas aproximaciones al tema, y que nunca menciona el amor carnal homosexual. Podemos destacar una cita relativamente contundente:«Sería preciso, incluso, que hubiera una ley que prohibiera enamorarse de los mancebos» (Pausanias, 181d).

En otra cita, reflexiona sobre por qué la relación de maestro y alumno es necesaria y beneficiosa y no debería abolirse, diciendo que «uno puede contribuir en cuanto a inteligencia y virtud en general y el otro necesita hacer adquisiciones en cuanto a educación y saber en general». (Pausanias, 184d-e). En este caso, como en el espartano, se está hablando de una relación con vistas al perfeccionamiento personal y al «entrenamiento», en la que la sabiduría de un hombre maduro ayuda a un muchacho a convertirse en hombre y en la que, de nuevo, la interacción entre soplanucas y muerdealmohadas brilla por su ausencia.

Después de estas citas bastante vagas, entra en escena Aristófanes, un personaje que no debería caer bien al buen platónico, ya que en el diálogo de la «Nube», se burla abiertamente de Sócrates, y en el «Banquete», muestra una conducta excéntrica que acaso fue introducida por Platón como señal para dar a entender al lector que el punto de vista expresado por él no merece reverencia. Así, podemos leer:

…me dijo Aristodemo que debía hablar Aristófanes, pero que al sobrevenirle casualmente un hipo, bien por exceso de comida o por alguna otra causa, y no poder hablar, le dijo al médico Erixímaco, que estaba reclinado en el asiento de al lado:

―Erixímaco, justo es que me quites el hipo o hables por mí hasta que se me pase.

Y Erixímaco le respondió:

―Pues haré las dos cosas. Hablaré, en efecto, en tu lugar y tú, cuando se te haya pasado, en el mío. Pero mientras hablo, posiblemente reteniendo la respiración mucho tiempo se te quiera pasar el hipo; en caso contrario, haz gárgaras con agua. Pero si es realmente muy fuerte, coge algo con lo que puedas irritar la nariz y estornuda. Si haces esto una o dos veces, por muy fuerte que sea, se te pasará. (185c-d-e).

 Es tal el desconcierto que este pasaje siembra, que no pocos ríos de tinta han corrido especulando sobre su significado. Y es que la presentación que se hace de Aristófanes, que no puede hablar a causa de su hipo y debe cederle el turno a Erixímaco hasta que se le pase, es dudosa y algo cómica, por no hablar de que, en un acto ritualizado como lo era un diálogo filosófico, en el que cada intervención se consideraba rodeada de signos de los dioses para bien o para mal, el hipo de Aristófanes no constituye precisamente un buen augurio.

 Cuando finalmente termina su hipo y le toca hablar, Aristófanes desarrolla un extravagante discurso sobre el andrógino, un ser esférico con ocho patas y dos caras, que se desplazaba rodando por el suelo, que reunía las condiciones sexuales de tanto varón como hembra, aunque algunos eran varón por ambos lados o hembra por ambos lados. Según el disparatado razonamiento de Aristófanes, estos seres desafiaron a los dioses y Zeus los hizo partir por la mitad, de modo que, haciendo inverosímiles cabriolas argumentativas e inventándose toda una mitología para justificar que a dos hombres les guste irse a la cama y convertir un * en un O, Aristófanes ―el del hipo, el de las gárgaras y los estornudos, el que se burló de Sócrates― nos dice que:

En consecuencia [de la partición del «andrógino» originario], cuantos hombres son sección de aquel ser de sexo común que entonces se llamaba andrógino son aficionados a las mujeres, y pertenece también a este género la mayoría de los adúlteros; y proceden también de él cuantas mujeres, a su vez, son aficionadas a los hombres y adúlteras. Pero cuantas mujeres son sección de mujer, no prestan mucha atención a los hombres, sino que están más inclinadas a las mujeres, y de este género proceden también las lesbianas. Cuantos, por el contrario, son sección de varón, persiguen a los varones y, mientras son jóvenes, al ser rodajas de varón, aman a los hombres y se alegran de acostarse y abrazarse [5]; éstos son los mejores de entre los jóvenes y adolescentes, ya que son los más viriles por naturaleza. Algunos dicen que son unos desvergonzados, pero se equivocan. Pues no hacen esto por desvergüenza, sino por audacia, hombría y masculinidad, abrazando lo que es similar a ellos. (191de-192a).

 androginoPor la excentricidad de su propio discurso, no es de extrañar que Aristófanes ande incómodo, que en un momento dado ruegue «que no me interrumpa Erixímaco para burlarse de mi discurso» (193b) y que poco después, finalice su intervención poco menos que pidiendo clemencia:

 Éste, Erixímaco, es mi discurso sobre Eros, distinto, por cierto, al tuyo. No lo ridiculices, como te pedí, para que oigamos también qué va a decir cada uno de los restantes o, más bien, cada uno de los otros dos, pues quedan Agatón y Sócrates. (193de). A pesar de que Aristófanes sólo representa un punto de vista de tantos, de que no es presentado en modo alguno como alguien fiable y de que él mismo es consciente de que se lo deja a huevo a los demás para burlarse de su discurso, los autores pro-teoría homosexual citan sus palabras sin más, como si representase el punto de vista del mismísimo Platón.

Del homenaje de Agatón a Eros podría acaso distinguirse una cita, en la que dice que «respecto a la procreación de todos los seres vivos, ¿quién negará que es por habilidad de Eros por la que nacen y crecen todos los seres?» (197a), en la que, dejando caer que Eros es responsable de la procreación, deja también claro que el dios pertenece al ámbito del sexo heterosexual, que es el único capaz de engendrar nueva vida.

 Sin embargo, la joya del «Banquete» platónico es, sin lugar a dudas, y como siempre, la intervención de Sócrates, quien había sido el maestro de Platón. Sócrates cita el discurso que había escuchado años atrás de una mujer que él mismo considera como «sabia», diciendo a sus interlocutores: «Os contaré el discurso sobre Eros que oí un día de labios de una mujer de Mantinea, Diotima, que era sabia en éstas y otras muchas cosas». (Sócrates, 201d). Las palabras de Diotima, además de ser sumamente interesantes en cosas sobre el amor al margen del debate hetero vs. homo, contienen además una verdadera apología del amor heterosexual como acto creativo:

 ―¿De qué manera y en qué actividad se podría llamar amor al ardor y esfuerzo de los que lo persiguen? ¿Cuál es justamente esta acción especial? ¿Puedes decirla?

―Si pudiera ―dije yo―, no estaría admirándote, Diotima, por tu sabiduría, ni hubiera venido una y otra vez a ti para aprender precisamente estas cosas.

―Pues yo te lo diré ―dijo ella―. Esta acción especial es, efectivamente, una procreación en la belleza, tanto según el cuerpo como según el alma.

―Lo que realmente quieres decir ―dije yo― necesita adivinación, pues no lo entiendo.

―Pues te lo diré más claramente ―dijo ella―. Impulso creador, Sócrates, tienen, en efecto, todos los hombres, no sólo según el cuerpo, sino también según el alma, y cuando se encuentran en cierta edad, nuestra naturaleza desea procrear. Pero no puede procrear en lo feo, sino sólo en lo bello. La unión de hombre y mujer es, efectivamente, procreación, y es una obra divina, pues la fecundidad y la reproducción es lo que de inmortal existe en el ser vivo, que es mortal. (206bc).

 De momento, Sócrates ha elogiado la sabiduría de la señora, mientras que ella ha hecho un canto al amor heterosexual como «obra divina». Más adelante, se fija en la Naturaleza para sonsacar lecciones de conducta para los hombres civilizados:

 Si bien ―dijo― podía pensarse que los hombres hacen esto [los sacrificios asociados al apareamiento y el cuidado de la prole] por reflexión, respecto a los animales, sin embargo, ¿cuál podría ser la causa de semejantes disposiciones amorosas? ¿Puedes decírmela?

Y una vez más yo le decía que no sabía.

―¿Y piensas ―dijo ella― llegar a ser experto algún día en las cosas del amor, si no entiendes esto?

―Pues por eso precisamente, querida Diotima, como te dije antes, he venido a ti, consciente de que necesito maestros. Dime, por tanto, la causa de esto y de todo lo demás relacionado con las cosas del amor.

―Pues bien ―dijo―, si crees que el amor es por naturaleza amor de lo que repetidamente hemos convenido, no te extrañes, ya que en este caso, y por la misma razón que en el anterior, la naturaleza mortal busca, en la medida de lo posible, existir siempre y ser inmortal. Pero sólo puede serlo de esta manera: por medio de la procreación, porque siempre deja otro ser nuevo en lugar del viejo. (207bcd).

 Por si no ha quedado clara la actitud de Sócrates con Diotima cuando ante sus discípulos se refiere a ella como «sabia», cuando elogia «su sabiduría» ante ella, cuando admite que ella tiene más conocimiento que él mismo o cuando dice que «ha acudido a ella consciente de que necesita maestros», valga el cierre que hace cuando reconoce que quedó «lleno de admiración» (208b), llamándola en persona«sapientísima Diotima» (ídem) y dirigiéndose de nuevo  a sus discípulos diciéndoles «Esto, Fedro, y demás amigos, dijo Diotima, y yo quedé convencido». (212b).

 Por tanto, tenemos a un lado a Aristófanes, un personaje que no puede hablar cuando le corresponde por tener hipo (comer y/o beber demasiado rápido) que es conocido por haberse burlado de Sócrates en el pasado y que hace una enrevesada defensa de la homosexualidad… y a otro lado tenemos a Diotima, una mujer que el mismísimo Sócrates llama «sapientísima» y que hace un genial tributo a Eros ensalzando la unión de hombre y mujer como acto generador de nueva vida, y dejando claro que en el poder de procreación de tal unión radica su superioridad respecto a cualquier otra forma de amor. A estas alturas, no cabe duda de que Sócrates no está precisamente en la acera de enfrente. De hecho, el narrador nos muestra la incomodidad de Aristófanes cuando Sócrates concluyó su elogio a la heterosexualidad:

 Cuando Sócrates hubo dicho esto, me contó Aristodemo que los demás le elogiaron, pero que Aristófanes [repetimos: el único que había defendido la homosexualidad] intentó decir algo, puesto que Sócrates al hablar le había mencionado a propósito de su discurso. Mas de pronto la puerta del patio fue golpeada y se produjo un gran ruido como de participantes en una fiesta, y se oyó el sonido de una flautista. (212c).

 Efectivamente, «Aristófanes intentó decir algo», pero como no podía ser de otro modo, una vez más la Providencia, asociada en los tiempos paganos con la voluntad de los dioses, interrumpe sus palabras: «No mucho después se oyó en el patio la voz de Alcibíades, fuertemente borracho» (212d). Ahora hace su aparición uno de los personajes que constituye la guinda final del pastel platónico del «Banquete», introduciéndose del siguiente modo:

 Salud, caballeros. ¿Acogéis como compañero de bebida a un hombre que está totalmente borracho? (…) ¿Os burláis de mí porque estoy borracho? Pues, aunque os riáis, yo sé bien que digo la verdad. (212e-213a).

 Alcibíades relata cómo en el pasado le tiró los trastos a Sócrates, cómo en un momento dado se le declaró y cómo poco menos que se le tira al cuello al filósofo, siendo rechazado por él. Alcibíades parece estar, en efecto, «enamorado» de Sócrates, aunque, como él mismo bien dice, «comparar el discurso de un hombre bebido con los discursos de hombres serenos no sería equitativo» (214c):

 Me levanté, pues, sin dejarle decir ya nada, lo envolví con mi manto ―pues era invierno―, me eché debajo del viejo capote de ese viejo hombre, aquí presente, y ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y maravilloso estuve así tendido toda la noche. En esto tampoco, Sócrates, dirás que miento. Pero, a pesar de hacer yo todo esto, él salió completamente victorioso, me despreció, se burló de mi belleza y me afrentó; y eso que en este tema, al menos, creía yo que era algo, ¡oh jueces! ―pues jueces sois de la arrogancia de Sócrates. Así, pues, sabed bien, por los dioses y por las diosas, que me levanté después de haber dormido con Sócrates no de otra manera que si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor. (219bcd).

A Alcibíades lo han insertado en el diálogo porque es sabido que los borrachos nunca mienten [6], y así queda clara la acción de Sócrates de rechazar a un hombre aunque éste sea muy bello y muy prestigioso. Acto seguido, Alcibíades elogia la indiferencia de Sócrates, su valor en combate, su dureza, su carácter espartano, su resistencia al frío y al alcohol, y su sabiduría. Todos estos elogios (incluyéndose como elogio el que Sócrates lo rechazase, dejando claro que no es homosexual) intentan, como se ha dicho, tener el «certificado de verosimilitud» que otorga el haber sido pronunciados por un hombre que, por estar borracho, se presupone dice la verdad.

 En suma, Sócrates tenía a Alcibíades en la palma de su mano y hubiera podido liarse con él (cosa que, en todo caso, excluiría, por respeto a Aidós, penetración de ningún tipo), pero desgraciadamente para los homosexuales modernos, lo rechaza desdeñosamente.

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ASUNTO IRREFUTABLE #2: LAS VASIJAS HOMOERÓTICAS

 Esta imagen es una favorita de los autores volcados en representarnos a Grecia como una «civilización homosexual», o al menos una civilización donde las prácticas homosexuales estaban plenamente aceptadas y formaban parte del paisaje cotidiano. Indudablemente, hay vasijas procedentes de la antigüedad griega que representan escenas claramente homosexuales.

Se han encontrado docenas de miles de vasijas (sólo en la provincia de Ática, tenemos ¡más de 80.000!), y, de todas ellas, las vasijas con un claro contenido homoerótico son… ¡sólo 30! Y eso siendo muy generosos. Estamos hablando de en torno a un 0.03% del total de vasijas encontradas. ¿Acaso no deberían ser más, si supuestamente estamos hablando de una cultura donde la homosexualidad pedofílica era el pan nuestro de cada día?

 Deberíamos finalizar dejando claro que la inmensa mayoría (estamos hablando de más de un 99%) de esculturas, vasijas, mosaicos, figurillas, frescos, etc., de la Grecia antigua que sí representan amor erótico, lo hacen siempre representando relaciones sexuales entre hombre y mujer. Pero resulta que incluso aunque tuviésemos escenas homosexuales gratuitas, también en el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela hay escenas de hombres incurriendo en sodomía, y a nadie se le ocurriría pensar que eso convierte en homosexual a toda la civilización católica gótica o barroca, puesto que esas escenas de sodomía forman parte de representaciones de los diversos pecados, con la intención de estigmatizarlos. Así pues, deberíamos acaso preguntarnos si, por ventura, de ese 0,03% de vasijas con temática clara o vaga o subjetivamente homoerótica, no habría un porcentaje importante destinado precisamente a criticar la homosexualidad o ridiculizarla ―como queda claro en el mencionado asunto de los sátiros, quienes eran los máximos exponentes de la homosexualidad además de infinidad de depravaciones sexuales, y que no gozaban precisamente de buena reputación.

 lesbosSOBRE EL «LESBIANISMO»

Probablemente, de todas las mentiras sobre homosexualidad, la de Safo de Lesbos sea la más sangrante, ya que el nombre de su isla natal ha sido utilizado para designar a las mujeres homosexuales, las lesbianas. Safo de Lesbos (siglos VII-VI AEC) es seguramente la mejor poetisa de todos los tiempos (Platón la llamó «la décima musa»). Heredera de deudas, decidió fundar una academia donde acudían muchachas jóvenes de toda Grecia a aprender poesía, música, danza, buenas maneras, ritualismo religioso y en general lo que caracterizaba a una mujer completa que aspiraba a casarse con un hombre noble y fundar su propia familia. Del mismo modo que Esparta tenía sus ageilai u hordas, donde los muchachos aprendían poco a poco a ser hombres bajo el maestrazgo de un iniciador, Lesbos tenía la academia sáfica para las señoritas de buena familia.

 Las muchachas de la academia sáfica se hacían llamar «servidoras de las musas». Las musas eran 9 deidades femeninas que acompañaban a Apolo en el monte Helicón, y que se consideraban responsables de la inspiración de los artistas. Los escultores griegos conocían bien la morfopsicología (leer el carácter de un individuo por sus rasgos físicos) y por tanto no sólo esculpían estatuas de cuerpos bellos, sino cuerpos bellos necesariamente portadores de un alma bella. Quien esculpió a la musa de esta imagen, sin duda representó de una forma maravillosa la personificación de la bondad, la salud, la serenidad y la belleza.

La obra de Safo nos ha llegado muy fragmentada (sólo tenemos un poema completo, recogido por Dioniso de Halicarnaso, y el resto de su obra tiene demasiados huecos para hasta a menudo saber siquiera de qué se habla, ya no digamos intentar vislumbrar homosexualidad), pero consta sobre todo de himnos y elogios a las muchachas que ella ha instruido y que han completado su educación, entrando en la edad adulta y marchándose del idílico mundo de la academia para desposarse con un hombre. Este género poético recibía el nombre de epithalamia, «canciones de matrimonio», que hablaban sobre la belleza de una doncella que estaba a punto de convertirse en esposa y madre. De ese modo, por los fuertes vínculos construidos entre ella y sus discípulas ―a las que ha enseñado todo lo que saben― Safo se llena de tristeza por la pérdida de quienes eran prácticamente sus hijas, pero no tenemos absolutamente nada que dé a entender una relación más allá de un intenso afecto, totalmente desprovisto de carga sexual. Incluso tenemos unos conocidos versos, dedicados a una de sus muchachas, que abandona la academia porque viene a buscarla su prometido para llevarla a su casa y convertirla en mujer:

Semejante a los dioses me parece
ese hombre
 que ahora se sienta frente a ti
y tu dulce voz a su lado escucha
mientras tu le hablas

Pero el hecho más incómodo en la vida de Safo es que, aparte de ser madre (tenía una hija llamada Cleis) y además de ser esposa, murió suicidada por amor… hacia un hombre, un marino de nombre Faón que, al parecer, no la correspondía con la misma intensidad. El lector ha leído bien: la «mayor lesbiana de todos los tiempos», la «madre fundadora del lesbianismo», se suicidó por amor… hacia un hombre.

Otro asunto bastante revelador, y que viene a heterosexualizar cada vez más la academia de Safo, es que las discípulas de Lesbos fueron las que desarrollaron el culto religioso a Adonis, un héroe mitológico que personificaba la belleza del hombre joven y que aun hoy día se emplea para designar a un hombre extremadamente bello. No deja de ser incómodo para los mitólogos homosexuales modernos que el supuesto epicentro del «lesbianismo» griego rindiese culto a una figura que representaba el máximo extremo alcanzable por la belleza masculina.

Todo esto por no hablar de que, a juzgar por los versos de Safo, su academia estaba muy lejos de ser un paraíso de las camioneras tatuadas, con piercings y con corte de pelo de marine matatalibanes que hoy decoran el panorama «lésbico», ya que era un reducto de feminidad idílica, incorrupta y pura, en el que la llegada de un hombre viene a señalarles a las chicas que la adolescencia ha terminado y que ahora deben poner al servicio de su estirpe toda la feminidad cultivada.

¿De dónde viene, pues, lo de «lesbiana», si no hay nada que sugiera entre estas muchachas una relación más allá de una gran hermandad? Viene, de nuevo, del círculo homosexual de Oxford liderado por Walter Pater y, más recientemente, de autoproclamados «especialistas en sexualidad griega» como el francés Yves Battistini (1922-2009). Este «especialista», como ejemplo del colmo de la manipulación, se encontró con un verso que rezaba προς δ’αλλον τινα χασκει («pros d’allon tina haskei»). Esto, traducido como es debido, viene a ser «hacia otra persona ríe». Sin embargo, este falsificador premeditado lo tradujo como «pero el objeto de su pasión es otra cosa, una muchacha».

 Lesbia, pero no lesbiana: Safo de Lesbos se suicidó por un hombre, lo cual es quizás el acto más extremo que puede llevarse al cabo por amor.

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VOCABULARIO ACTUAL

El vocabulario moderno concerniente a la homosexualidad está fundamentado en:

«Gay» significa (más bien significaba) en inglés, «alegre».

«Lesbiana» ya hemos visto que hace referencia a la isla griega de Lesbos, donde enseñaba Safo y, como he explicado, esa mujer de «lesbiana» tenía más bien poco.

«Pederastia» procede de Paiderastia, ni siquiera significaba pedofilia, sino el maestrazgo de un muchacho. Del mismo modo, erastes y eromenos deberían traducirse como «amante» y «amado» sólo si se especifica de algún modo que estamos hablando de un amor platónico y, por tanto, casto.

Por estos motivos, las conductas sexuales entre personas del mismo sexo deberían llamarse sencillamente «homosexuales», ya sean masculinas o femeninas.

  [1] Erastes y eromenos generalmente son traducidos como «amantes» y «amados», o «pretendientes» y «pretendidos», pero realmente se debería buscar vocablos mejores, ya que hoy en día esas palabras van asociadas a la homosexualidad, y una mínima atención prestada a los escritos griegos revela que no era así. «Maestro» y «alumno» serían equivalentes mucho más fieles al contexto moderno. Hay que replantearse la traducción por el sencillo motivo de que no sé qué clase de relación homosexual es aquella en la que están proscritas las «relaciones carnales». El carácter de «amante» y «amado» debería quedar, pues, como de amor puramente platónico, en una relación enmarcada por la admiración, el respeto, la veneración y la hermandad, totalmente desprovista de tintes eróticos tal y como los entendemos en los tiempos modernos.

 [2] Ganímedes ha pervivido hasta nuestros días en el Zodíaco, como Acuario.

 [3] Al sureste del Estado espartano, en la ciudad de Amicla, había un túmulo (al estilo de las estructuras funerarias erigidas en las antiguas culturas centroeuropeas) que era la tumba de Jacinto, y donde los espartanos llevaban al cabo las Jacintas, típicas festividades de tres días de duración, en las que se celebraba la muerte y resurrección de un ídolo religioso.

 [4] Esto también se aplica en el caso heterosexual: no hay prueba de que Artemisa, la diosa virgen, tuviese jamás relaciones físicas con Orión, sino de que eran buenos compañeros de caza y estaban unidos por un vínculo platónico.

 [5] Obsérvese que no se habla aquí de «relaciones carnales» ni de «posesión» de ningún tipo. A pesar de que sí entraría en la categoría de sexo, el «acostarse y abrazarse» excluye la penetración por respeto a Aidós y a la revancha de Némesis, (cosa que reconocen hasta autores homosexuales tan sectarios y disparatados en sus aseveraciones como K. J. Dover o Karola Reinsberg, quienes dejan claro que la penetración anal no formaba parte de las relaciones supuestamente homosexuales de la antigua Grecia porque estaba mal vista ―con lo cual habría que preguntarse qué clase de «paraíso gay» era Grecia si no se contemplaba la penetración anal salvo como sacrilegio). Aristófanes, pues, sería, sin duda alguna, y siempre según el «Banquete», pro-homosexual (en todo caso pro-bisexual, ya que los griegos se casaban y tenían hijos), pero ciertamente un homosexual muy light para hoy día.

 [6] De hecho, se cita un proverbio griego, según el cual «vino y niños dicen siempre la verdad», en sintonía con el refrán español «los borrachos y los niños nunca mienten». Esta idea viene a reforzar aun más la sinceridad desmedida de Alcibíades.

J.M.P.

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