Las Valkyrias

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En su origen, la palabra Valkyrja (en plural Valkyrjur), aludía a una criatura sobrenatural. Se decía que la Valkyrja descendía al mundo para elegir (del verbo kjosa y del adverbio kyrja) a los guerreros de la élite que habita en el Valhalla de Odin y que caerían en el campo de batalla, a fin de librar el gran combate apocalíptico del Ragnarök, la consumación-del-destino-de-los-poderes-supremos, que marcará el fin de los tiempos antes de la regeneración universal. En los relatos que aluden a la entrada de los indoeuropeos al norte de Europa, cuatro milenios antes de nuestra era, los rasgos de las Valkyrias toman tintes guerreros. Aparecen armadas, interesadas por la batalla, manipulando la espada, cerca del héroe ganador, guardando con su protegido relaciones amorosas o de tipo erótico. Pero en otros poemas, aparecen relacionadas con amores infelices que las llevaban al suicidio sagrado (Brynhildr) o que las asocian a una suerte deplorable (Gudrun). Descubrimos a Brynhildr o Sigrdrifa, literalmente, “la que entrena para la victoria”, inculcando a Sigurdr las grandes “runas”, no exactamente los signos de la escritura germana antigua, sino los “secretos sagrados” que esconden las mismas, según la etimología del termino runar.

La canción de la lanza Darraðarlióð, incluida dentro de la Saga de Nial, aparecen unas doncellas llegadas a lomos de sus caballos que tejen una tela justo antes de la cruenta batalla de Clontarf, en la que morirán los dos príncipes contendientes, un irlandés y un escandinavo. Se nos habla de doce valquirias que montan a pelo sus caballos voladores, y las piezas del telar son huesos, espadas y calaveras sangrientas. Hasta aquí, nuestra imagen habitual de estas criaturas es válida, si bien a veces preferimos no imaginárnoslas como horribles criaturas ensangrentadas. Su asociación con Odín está clara, también en lo macabro de su carácter y apariencia.El nombre de las valquirias, significa «La que Elige los Muertos del Combate», donde la raíz val- se refiere a tales difuntos y aparece también en Valhala o en uno de los nombres de Odín, Valföðr, «Padre de los Muertos en Combate». Originalmente fueron simples espíritus fúnebres, y el Darraðarlióð nos ofrece una buena idea al respecto; después, seguramente en paralelo con la creación del concepto de Valhala y de la idílica vida guerrera de los einherjar, las valquirias fueron adoptando un rostro más afable como acompañantes de los guerreros muertos, como nos cuenta Snorri:

Hay otras [diosas] que sirven en la Valhala, llevan bebida y se ocupan de preparar las mesas y las jarras. Se llaman valquirias; las envía Odín a las batallas, y eligen a los hombres destinados a morir, y deciden la victoria. Guð y Róta y Norn, y la más joven, llamada Skuld, cabalgan también para elegir a los muertos y gobernar las batallas.

Snorri nos ofrece aquí los nombres de algunas valquirias, pero hay muchos más. El Discurso de Grímnir nos proporciona otros; veamos la estrofa 36 de este poema, con los nombres en español:

Blandedora y Niebla quiero que me traigan el cuerno,
Tiempo de Lanzas y Agitadora,
Batalla y Poderosa, Estruendo, Inmovilizadora,
Estrépito y Lanza Filosa;
Destructora de Escudos y Consejera de la Tregua
sirven cerveza a los einherjar.

* El término inglés glosaba diversos vocablos latinos relativos a diosas relacionadas con la muerte, como Bellona, Erinias, Parcas. Es de los pocos casos en que podemos comprobar directamente que una creencia del paganismo anglosajón coincidía en lo esencial con lo escandinavo.

Los nombres de valquirias que conocemos son muchos más, pero éstos nos servirán de ejemplo para explicar el carácter fundamentalmente guerrero de estas doncellas. Los guerreros, auténticos novios de la muerte, se unen sexualmente a las valquirias, causantes últimas de su caída, en esos hieros gamos que encontramos repetidamente y al que Gro Steinsland dedicó uno de los libros más sugerentes publicados en muchos años sobre los mitos nórdicos. Si existen en la Escandinavia medieval tantos nombres femeninos que contienen elementos presentes en los de valquirias son por esa asociación de lucha, muerte y unión sexual. El hecho de que hubiera nombres de mujer formados con elementos básicos en los apelativos de las fúnebres doncellas guerreras, como Hild, «Batalla», Gun o Gúð, «Combate», Sig, «Victoria», etc., indica que la creencia en estas figuras era antiquísima en todo el mundo germánico. También en español tenemos nombres de ésos, aunque Gunilda, Brunilda, Hüdegarda, Hildegunda, Hilda y demás no sean ya demasiado frecuentes.

Si bien formaban parte del abigarrado grupo de las disas, su culto debía de estar limitado a los guerreros, y podemos imaginar que el combatiente realizaba alguna clase de sacrificio previo a la contienda a fin de conseguir que las valquirias se olvidasen de él. Las asistentes especiales de Odín, las valkirias o mujeres guerreras, eran o bien sus hijas, como es el caso de Brunnhild (Brunhilde o Brunilda), o descendientes de reyes mortales, mujeres que tenían el privilegio de permanecer inmortales e invulnerables mientras obedecieran implícitamente a los dioses y permanecieran vírgenes. Ellas y sus caballos eran las personificaciones de las nubes, y sus relucientes armas las de los relámpagos. Los antiguos imaginaban que descendían en picado a la orden de Valfather, para escoger entre los caídos en batalla a los héroes dignos de disfrutar de los placeres del Valhalla y lo suficientemente valientes como para prestar ayuda a los dioses cuando la Gran Batalla tuviera lugar. Estas doncellas eran representadas como jóvenes y bellas, con brazos resplandecientemente blancos y cabellos dorados y sueltos. Vestían cascos de plata o de oro y corseletes rojos como la sangre y, portando lanzas y escudos resplandecientes, cargaban audazmente a través del fragor de la batalla sobre sus briosos corceles blancos. Estos caballos galopaban a través de los dominios del aire y sobre el palpitante Bifröst, llevando no sólo a sus hermosas jinetes, sino también a los héroes caídos que, tras haber recibido el beso de la muerte de las valkirias, eran transportados inmediatamente al Valhalla. Ya que los corceles de las valkirias eran las personificaciones de las nubes, era natural pensar que el blanco hielo y el rocía caían sobre la tierra desde sus brillantes crines mientras surcaban el aire velozmente de acá para allá. Consiguientemente, eran muy venerados y respetados, ya que la gente atribuía su influencia benéfica a gran parte de la fertilidad de la tierra, la armonía de los valles y las montañas, el esplendor de los pinos y el sustento de las praderas. La misión de las valkirias no sólo se limitaba a los campos de batalla sobre la tierra, pues a menudo también cabalgaban sobre el mar, asiendo a los vikingos muertos en los buques de guerra que se hundían.

Se suponía que las valquirias realizaban vuelos frecuentes a la tierra con plumajes de cisne, que ellas se quitaban al llegar a un río apartado, para poder disfrutar de un baño. Cualquier mortal que las sorprendiera de este modo y obtuviera su plumaje, podía evitar que abandonaran la Tierra e incluso podía obligar a estas orgullosas guerreras a casarse con ellos si ése era su deseo. Se dice que tres valquirias, Olrun, Alvit y Svanhvit, estaban jugando en una ocasión en las aguas, cuando los tres hermanos Egil, Slagfinn y Völund o Wayland el herrero, se aparecieron de repente ante ellas y, cogiendo sus plumajes de cisne, los jóvenes las obligaron a permanecer en la Tierra y a convertirse en sus esposas durante nueve años, pero al finalizar ese período, recuperando sus plumajes, o rompiéndose el hechizo de alguna otra manera, lograron escapar. Los hermanos sintieron profundamente la pérdida de sus esposas y dos de ellos, Egil y Slagfinn, tras ponerse su calzado de nieve, se fueron en busca de sus amadas, desapareciendo en las frías y nebulosas regiones del Norte. El tercer hermano, Völund, sin embargo, permaneció en casa, sabiendo que cualquier búsqueda sería inútil y encontró consuelo contemplando un anillo que Alvit le había entregado como prueba de su amor y guardó constantemente la esperanza de que algún día regresara. Ya que era un herrero muy hábil y podía fabricar los más delicados ornamentos de plata y oro, al igual que armas mágicas que ningún golpe podía partir, empleó su tiempo libre en fabricar setecientos anillos exactos al que su mujer le había regalado. Una vez terminados, los ató uno con otro. Pero una noche, tras regresar de la caza, encontró que alguien se había llevado uno de los anillos, dejando los otros intactos y sus esperanzas se vieron renovadas, ya que se dijo a sí mismo que su esposa había estado allí y pronto regresaría para quedarse. La misma noche, sin embargo, fue sorprendido mientras dormía y atado y hecho prisionero de Nidud, rey de Suecia, que se hizo con su espada, una selecta arma con poderes mágicos que guardaba para uso propio y con el anillo de amor hecho de puro oro del Rin, que posteriormente le dio a su única hija, Bodvild. Mientas, el infeliz Völund fue conducido cautivo hasta una isla cercana donde, tras ser desjarreteado para que no pudiese escapar, el rey le puso a forjar armas y ornamentos continuamente para su uso. También le exigió construir un intrincado laberinto, e incluso hoy en día, en Islandia, los laberintos se conocen como “casas de Völund”.

La rabia y la desesperación de Völund crecía con cada nuevo insulto que le profería Nidud y empleaba noche y día para pensar en un modo de vengarse. Tampoco se olvidó de planear su escapatoria y durante los descansos entre trabajo y trabajo fabricó un par de alas similares a aquellas que su esposa había utilizado para escapar como valkiria, que él pretendía ponerse tan pronto como su venganza hubiese sido realizada. Un día el rey fue a visitar a su prisionero y le trajo la espada que le había robado para que la reparara. Sin embargo, Völund la sustituyó astutamente por otra arma tan exactamente igual a la espada mágica como para engañar al rey cuando viniese a reclamarla. Unos pocos días más tarde, Völund atrajo a los hijos del rey a su herrería y los mató, tras lo cual fabricó ingeniosamente vasos de beber a partir de sus cráneos y joyas a partir de sus ojos y dientes, entregándoselos a sus padres y hermana. La familia real no sospechó de dónde procedían, por lo que estos regales fueron aceptados con gozo. Mientras que los pobres jóvenes, se cree que fueron arrastrados al mar y ahogados. Algún tiempo después, Bodvild, deseando tener su anillo arreglado, también visitó la cabaña del herrero, donde, mientras esperaba, bebió confiadamente de una droga mágica que la sumió en el sueño y la dejó a merced de Völund. Habiendo concluido su último acto de venganza, Völund se puso inmediatamente las alas que había estado preparando para este día y, cogiendo su espada y su anillo, alzó lentamente el vuelo. Dirigiéndose hacia el palacio, se posó fuera de alcance y le relató sus crímenes a Nidud. El rey, fuera de sí de rabia, llamó a Egil, hermano de Völund, que también había caído en su poder y le ordenó que utilizara sus maravillosas dotes de arquero para abatir al insolente pájaro. Obedeciendo una señal de Völund, Egil apuntó hacia una protuberancia bajo su ala, donde se ocultaba una vejiga llena de sangre de los jóvenes príncipes y el herrero escapó volando triunfante e ileso, declarando que Odín le entregaría su espada a Sigmund, una predicción que se vio debidamente cumplida. Völund se dirigió entonces a Alfheim, donde, si la leyenda está en lo cierto, encontró a su amada esposa, siendo por siempre feliz junto a ella hasta el ocaso de los dioses. Pero incluso en Alfheim este diestro herrero siguió ejerciendo su oficio, y varias armaduras impenetrables, que se dice que él fabricó, son descritas en poemas heroicos posteriores. Además de Balmung y Joyeuse, las célebres espadas de Sigmund y Carlomagno, se dice que también forjó a Miming para su hijo Heime y muchas otras espadas famosas. Brunnhild. La historia de Brunnhild se encuentra de muchas formas. Algunas versiones describen a la heroína como la hija de un rey al que Odín retuvo para que le sirviera en su grupo de valkirias, otras como la líder de las valkirias e hija del mismo Odín. En la historia de Richard Wagner, “El Anillo de los Nibelungos”, el gran músico presenta una concepción particularmente atractiva, aunque no obstante más moderna, de la jefa de las valkirias y su desobediencia cuando Odín le ordenó que trajera al joven Sigmund al lado de su amada Sieglinde, para llevarle hasta el Palacio de los Benditos.