LA FAMILIA

La familia es uno de los preceptos fundamentales de la fe Odinista vivida en comunidad. Ésta es la estructura que nos une con nuestros antepasados, garantizando el futuro de nuestra colectividad con los actos honorables del presente. Si queremos construir una sociedad estable, positiva y natural, es necesario cimentar, a la vez que proteger, todos los valores familiares como pilares esenciales de un orden justo. Nuestros antepasados así lo creían, honrando a la familia y al hogar como bases principales de nuestra religión autóctona. La unidad familiar fue quizás la primera organización humana conocida. En la medida que las distintas familias se hicieron más numerosas, aparecieron los clanes, los cuales dieron lugar a las tribus y éstas a los distintos reinos y posteriores naciones políticas contemporáneas. Por lo tanto, podemos considerar a la figura familiar como el germen de la cual surgen los diferentes pueblos que configuran nuestro espacio humano-cultural especifico. La familia es por lo tanto el origen de todo aquello que para nosotros significa comunidad; puesto que de ella emerge, dando identidad, a las distintas comunidades populares que configuran nuestro paisaje humano. En este mismo sentido, podemos concluir que el credo odinista es una visión espiritual eminentemente COMUNITARIA. No podemos vivir nuestra fe sino es en comunidad. El individuo, entendido como un ser totalmente autónomo e independiente de todo lo que le rodea, sin raíces ni dimensión trascendente precisa, no tiene sentido si no se integra en un colectivo humano con metas, creencias y valores claramente manifestados. La sociedad no es más que la extensión de la personalidad.

Pero aquí se hacer necesario una serie de puntualizaciones. Nuestra noción de “pueblo” (en cuanto a ente comunitario) no tiene nada que ver con el estadístico concepto de “población” (término no cualitativo sino cuantitativo). Para nosotros un pueblo es aquel que comparte un origen común en base a lazos de historia, sangre y cultura, manifestando una voluntad política de convivencia. Nada que ver con líneas universalistas, que no reconocen ni la identidad, y por lo tanto la diferenciación entre los diversos colectivos humanos; sino que exclusivamente atienden a un mundo globalizado y único, con una población igualmente única, definida como “la humanidad”. No podemos sino descubrir la deriva ideológica del cristianismo en estas posturas igualitarias y universalistas. Una explicación de lo real que exclusivamente deja margen para la existencia de un solitario dios, que aspira potencialmente a tener un único pueblo, precisamente “el pueblo de dios”. El igualitarismo humano zootécnico, surge también de una concepción religiosa que iguala a todos los hombres en base a una idéntica alma inmortal capaz de salvarse o condenarse: si todos los hombres son iguales ante dios, también lo serán ante el nuevo “estado providencia”, como creación de un monoteísmo secularizado. El igualitarismo y el universalismo, en cuanto a dogmas sociales contemporáneos, tienen su epicentro en la descomposición moral del cristianismo, cuyo poso pervive dentro del discurso ideológico de la modernidad.

Para nosotros la existencia de una estructura familia es una de las claves a la hora de poder desarrollar una aplicación religiosa efectiva acorde con las convicciones del Odinismo. Todo lo que atenta contra la institución familiar será desechado automáticamente por nuestra religión. La sociedad actual tiende a relativizar todo lo concerniente a las relaciones humanas, y la familia no es una excepción a esta regla. Creemos firmemente desde el Odinismo que el matrimonio, en cuanto a institución social y religiosa -creadora de una relación conyugal y familiar-, debe estar sustentada sobre el honor, el respeto y la fidelidad. Es totalmente incompatible con nuestros principios más sagrados y sublimes, toda superficialidad en relación a estas cuestiones tan importantes y vitales. El amor conyugal sería así, la plasmación afectiva de un compromiso basado precisamente en valores como el honor, el respeto y la fidelidad debidos. Nada que ver con esa pedante y patológica concepción del amor, relacionado con todo tipo de apegos malsanos y distintos desordenes emocionales, que trasforman al “enamorado” en un ridículo títere abocado a la desesperación, la sumisión, y finalmente a la desolación.

Siendo fieles a nuestra autentica tradición, entendemos la monogamia como el modelo de relación matrimonial inherente a nuestro ser cultural y religioso: el respeto mutuo entre los cónyuges y el deber para con nuestra estirpe, son piedras angulares del edificio familiar. En la antigüedad, y dentro de nuestros pueblos comunes, no existía tanto la poligamia como el concubinato (entendido como una forma inferior al matrimonio). Solamente, y por motivos en la mayoría de conveniencia política, reyes y emperadores tuvieron que poseer varias esposas, representando por ello la excepción a la regla que mantenía la figura de la “Domina” o la “Frau” en cuanto a esposa legítima, madre-continuadora del linaje familiar y señora del hogar. Para nosotros, la unión matrimonial entre los cónyuges obedece más a un sistema de orden religioso, que a un hecho estrictamente “natural” destinado a la procreación biológica. La “familia sacralizada” lo es, en la medida que ésta representa el sistema por el cual se trasmite la “fuerza mística” presente en la sangre heredada de nuestros antepasados primordiales, y que fluye por todos aquellos que formamos una misma gens.