Nietzsche, precursor Odinista

«La caza salvaje» Franz von Stuck, 1889.

El filósofo Friedrich Nietzsche (1844–1900) fue un precursor del renacer Odinista moderno, que en pleno siglo XIX rompió con las ataduras que habían tenido a nuestra Europa y sus gentes amordazadas y adormecidas, si bien se especializó en el mito griego de Dionisios, la esencia que corre por dentro es inequívocamente Odinista, el filósofo que tenía como herramienta el martillo, se acercó casi sin sospecharlo al arquetipo de Wotan,  también se basó en el mito hiperbóreo. Abre el primer libro de El Anticristo con:
“Mirémonos de frente. Somos hiperbóreos, y sabemos bastante bien cuán aparte vivimos. «Ni por tierra ni por mar encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos,»
Píndaro ya sabía esto de nosotros. Más allá del septentrión, de los hielos, de la muerte, se encuentra nuestra vida, nuestra felicidad… Nosotros hemos descubierto la felicidad, conocemos el camino, hallamos la salida de muchos milenios de laberinto. ¿Quién más la encontró? ¿Acaso el hombre moderno? «Yo no sé ni salir ni entrar; yo soy todo lo que no sabe ni salir ni entrar», así suspira el hombre moderno… Estábamos aquejados de esta modernidad, de una paz pútrida, de un compromiso perezoso, de toda la virtuosidad impura del sí y del no modernos. Semejante tolerancia y amplitud de corazón, que lo perdona todo porque lo  comprende todo, es para nosotros viento de siroco.
Vale más vivir entre los hielos que entre las virtudes modernas y otros vientos meridionales… Fuimos bastante valerosos; no tuvimos clemencia ni para nosotros ni para los demás; pero por largo tiempo no sabíamos dónde nos conduciría nuestro valor. Nos volvimos sombríos, nos llamaron fatalistas. Nuestro fatum era la plenitud, la tensión, la hipertrofia de las fuerzas. Teníamos sed de rayos y de hechos; estábamos muy lejos de la felicidad de los débiles, de la abnegación, en nuestra atmósfera soplaba un huracán; nuestra naturaleza se oscurecía porque no hallábamos ninguna vía. Esta es la fórmula de nuestra felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta.
Nietzsche ha tenido un profundo efecto en el pensamiento occidental moderno. Su exaltación del lado dionisíaco de la vida (el oscuro, extático, orgiástico e irracional) a expensas del reino apolíneo de la razón y la luz reveló la influencia de Odín a pesar de la preferencia consciente de Nietzsche por el lenguaje mitológico de la antigua Grecia.
El cristianismo consumó la separación entre Dios y el mundo, devaluó las pulsiones naturales del hombre y puso al más acá en manos de la nada. La destrucción nietzscheana de los valores cristianos es, además, la destrucción de una religión que había aniquilado los valores tradicionales europeos. Nietzsche propugna un retorno a la religión étnica, que había colocado la autodeterminación en el centro de su filosofía y reconocido la tragicidad de la existencia humana.
En 1870 escribe:
“Todos los dioses deben morir, es el concepto alemán original que permea a la ciencia con toda su fuerza hasta ahora. La muerte de Sígurd, el descendiente de Odín, no podía conjurar la muerte de Balder, el hijo de Odín: a la muerte de Balder sigue la muerte de Odín y de todos los otros dioses (KSA 7; sept. 1870–enero 1971, 5[57], 107).”
“Hay que demostrar que en ellos existe una manifestación del mundo mucho más profunda que en nuestras desgarradas circunstancias, con una religión inoculada. Una de dos: o nosotros morimos a causa de esta religión, o esta religión muere a causa de nosotros. Yo creo en el concepto germánico original: todos los dioses deben morir» (KSA 7, 5[115], 124/125).
Con el fin de recuperar la santidad del cosmos y del mundo para el hombre, hablando en términos metafóricos Nietzsche tuvo que atacar y despedazar los conceptos morales judeo–cristianos, dados que devaluaban al mundo y eran contrarios a los instintos naturales del hombre.
¿Cómo veía Nietzsche al mundo?
“Este mundo es sagrado, eterno, inconmensurable: el todo y la unidad misma: ilimitado y, sin embargo, semejante a lo limitado; confiable en todas las cosas y, sin embargo, semejante a lo incierto; abarca todo en sí mismo, lo que brota hacia fuera y lo que se oculta hacia dentro; es, al mismo tiempo, una obra de la naturaleza de las cosas y la naturaleza de las cosas misma (Plinio, Naturalis historia, II, 1).”
Una característica clave de la filosofía de Nietzsche es su idea profética de un tipo de ser humano nuevo y más evolucionado, al que llamó el superhombre. Una característica clave de la filosofía de Nietzsche es su idea profética de un tipo de ser humano nuevo y más evolucionado, al que llamó el superhombre. Este es el tema de su libro más célebre “Así habló Zaratustra”. En este trabajo, Nietzsche eligió al antiguo profeta ario Zaratustra (Zoroastro) como su alter ego y portavoz de una filosofía radical en lugar de basarse en su propia herencia del norte. Según Jung, Nietzsche no estaba bien versado en la literatura germánica, pero la influencia de Odín está inequívocamente allí, bajo las máscaras de la influencia griega y persa.
En la primera parte de Así Habló Zaratustra hace una conexión explícita entre el hombre y el frenesí, que, como hemos visto, es el significado (wod-furor) del nombre Odín/Wotan:
«¿Dónde está el rayo para lamerte con su lengua?
¿Dónde está el frenesí con el que deberías ser inoculado?
He aquí, te enseño al hombre que vive:
es este relámpago, él es este frenesí. ”
La naturaleza estridente de Nietzsche, quien dijo que él filosofó con un martillo, es más cercana a la de Odín, el guerrero y sabio que la del dios griego Dionisio. Nietzsche parece haber eludido el nombre de su dios personal, como revela su poema «Al Dios desconocido»:
(1864, a los 20 años)
Antes de seguir mi camino
y de poner mis ojos hacia adelante,
alzo otra vez, solitario, mis manos
hacia Ti, al que me acojo,
al que en el más hondo fondo del corazón
consagré, solemne, altares
para que en todo tiempo tu voz,
una vez más, vuelva a llamarme.
Abrasase encima, inscrita hondo,
la palabra: Al Dios desconocido:
suyo soy, y siento los lazos
que en la lucha me abaten
y, si huir quiero,
me fuerzan al fin a su servicio.
Quiero conocerte, Desconocido,
tú, que ahondas en mi alma,
que surcas mi vida cual tormenta,
¡tú, inaprehensible, mi semejante!
¡Quiero conocerte, servirte quiero.
Jung también informa de una pesadilla poderosa e impactante que Nietzsche tuvo cuando tenía quince años. Estaba vagando solo por la noche en un bosque sombrío cuando un grito espeluznante de un asilo cercano lo aterrorizaba. Después de esto, se encontró con un cazador salvaje y extraño que hizo sonar su silbato con una fuerza tan aguda que Nietzsche cayó inconsciente. Jung interpreta este sueño como un encuentro con Odín. Fue Odín quien en el folklore germánico dirigió el espíritu de los muertos en la «caza salvaje» a través de los bosques por la noche. Nietzsche como un joven de 15 había encontrado al «Dios Desconocido» en la forma del Cazador Salvaje, pero nunca lo habría reconocido. A pesar de sus posteriores descripciones poéticas del «Dios Desconocido», su identidad permaneció obscurecida por las preocupaciones clasicistas de Nietzsche.
Al viento Mistral:
Viento mistral, cazador de nubes,
asesino de la melancolía, barredor del cielo,
rugiente, ¡cómo te amo!
¿No somos ambos los dones primogénitos
de un mismo regazo, predestinados
eternamente a la misma suerte?
En la filosofía poderosa y poética de Nietzsche e incluso en su descenso del genio a la locura final, podemos reconocer la huella divina de Odín. En el ditirambo conocido como El Lamento de Ariadna[incluído en Así Hablaba Zaratustra, IV], El Encantador, Nietzsche es completamente una víctima del dios cazador, por lo cual incluso la forzada auto-liberación de Zaratustra al final no cambia nada:
Dame amor… ¿quién me ama todavía? ¿Quién, aún, me da calor?
Tiéndeme manos ardientes, dale un brasero a mi corazón…
ofrécete, sí, entrégate a mí, ¡tú, el más cruel enemigo!
¿Huyó? Él mismo ha huido, mi único compañero,
mi gran enemigo, mi desconocido, ¡el Dios verdugo!
¡No! ¡Vuelve otra vez! ¡Con todos tus suplicios!
Vuelve a mí, ¡al último solitario!
Mis lágrimas, a torrentes,
discurren en cauce hacia Ti,
y encienden en mí el fuego
de mi corazón por Ti.
¡Oh, vuelve, mi Dios desconocido!
Mi dolor, mi última suerte, ¡mi felicidad!

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